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Escribir es el deseo desesperado de arrojar un poco de luz. Por Eduardo Jordá

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El 28 de marzo de 1939, en la página 4 del ABC madrileño —el que se publicaba en la zona republicana—, apareció un breve aviso en la sección de «Anuncios por Palabras»: «10.000 pesetas necesito: doy sólida garantía. Teléfono 13823. Antonio». Ese día, el 28 de marzo, el frente republicano se había desintegrado por completo y el coronel Prada, a la una de la tarde, había rendido el Ejército del Centro a los franquistas en la Ciudad Universitaria. La República había dejado de existir (al día siguiente, el ABC madrileño traía en la primera página una foto gigantesca de Franco). Y lo peor de todo es que un decreto franquista de diciembre de 1938 había estipulado que todos los billetes emitidos por el bando republicano carecían de valor. Eran «dinero rojo» y por lo tanto no servían para nada. Pero allí estaba el ignoto Antonio pidiendo un préstamo de 10.000 pesetas del bando republicano, con su sólida garantía, el mismo día en que las 10.000 pesetas perdían de golpe todo su valor. A su alrededor todo era oscuridad, pero aquel hombre seguía empeñado en creer que aún había luz.

Publicar un libro de artículos que se escribieron hace mucho tiempo —y en periódicos mayoritariamente locales o «de provincias»— se parece al hecho inaudito de pedir un préstamo en un dinero que ya no vale nada. ¿A quién le pueden interesar estos artículos que hablan de un café de Coímbra o de un poeta inglés muy poco conocido que murió durante la Gran Guerra? ¿A quién le importa que una mujer llamada Natasha Sthempel le llevara naranjas al poeta Mandelstam en su exilio de Voronezh? ¿Quién puede perder el tiempo leyendo la historia de los dos meses que el pintor Sargent pasó en un caserón de Valldemossa, en Mallorca, acompañado por dos solteronas? ¿Y a quién le importa un poema sobre unos bueyes que se publicó en The Times el día de Nochebuena de 1915? Pero uno piensa en aquel enigmático Antonio que pedía un préstamo en un dinero que ya no valía nada. Y entonces uno sabe que siempre habrá un lector como Antonio —o Antonia— dispuesto a leer estos artículos que pueden parecer billetes que ya han perdido todo su valor. La prensa local tiene estas ventajas. Puedes hablar de lo que quieras porque no aspiras a cambiar el mundo ni a redimir a la humanidad. Te conformas con que te lean algunos viejos conocidos de tus padres o algún camarada del colegio que aún se acuerda de ti cuando os cruzáis por la calle.

Soy eso que suele llamarse un «escritor de provincias», así que el eco que pueda tener lo que escribo -si es que lo tiene- suele ser muy limitado. Hubo un tiempo en que eso me molestaba, aunque ahora casi lo prefiero así. Supongo que por eso empiezo este libro citando el Diário de Coimbra y lo termino citando un poema de un poeta —Edward Thomas— que muy poca gente conoce fuera de Inglaterra. El poema se llama Fuera, en la oscuridad, que es justamente el título que he querido ponerle a este libro. Y para cerrarlo, he incluido una traducción mía de ese poema, Out in the Dark, porque Edward Thomas lo escribió el día de Nochebuena de 1916, pocos días antes de partir con su unidad de artillería al frente de Francia, de donde nunca regresaría. El 9 de abril de 1917, al amanecer del primer día de la batalla de Arras, Thomas murió cuando un proyectil impactó contra su batería. Pero antes de partir hacia el frente, Thomas vivía con su mujer —la gran Helen— y sus tres hijos en una casita ruinosa de Epping Forest. La estufa de parafina no funcionaba, hacía mucho frío, llovía y llovía sin parar, y el día de Nochebuena, su hija pequeña le dijo que tenía miedo de entrar en la sala de su casa porque estaba a oscuras. Thomas cogió a su hija de la mano, la llevó hasta la sala y le hizo ver que no tenía ningún motivo para sentir miedo. Y luego escribió el poema, que terminaba con esta estrofa:

Qué débil y pequeña es esta luz,
y todo el universo a nuestra vista,
y el amor y los gozos,
frente al poder,
si no puedes amarla, de la noche.

Para mí, escribir —cuando uno es un verdadero escritor y no un simple diletante o un pomposo literato— es mirar lo que ocurre «ahí fuera» en el mismo momento en que «ahí fuera» reina una oscuridad tan densa que parece que no vaya a disiparse jamás. Escribir es el deseo desesperado de arrojar un poco de luz que nos ayude a encontrar acomodo en este mundo. Escribir es intentar convencer a nuestra hija de que no tenga miedo aunque todo esté oscuro dentro de la casa (y peor aún, dentro de uno mismo). Escribir es atreverse a mirar la oscuridad cuando uno sabe que va a partir en muy pocos días hacia el corazón mismo de esa oscuridad. Escribir es pedir un préstamo de 10.000 pesetas que ya no valen nada dando la sólida garantía de uno mismo. Y escribir, en fin, es hacer creer que unos bueyes se arrodillan en el establo cuando llega la Nochebuena —como hacía Thomas Hardy en su poema—, sabiendo que nada de eso es verdad, pero deseando que fuera cierto porque necesitamos creer en algo que nos ayude a caminar entre las sombras. Escribir es eso. Escribir no puede ser nada más que eso.

He organizado este libro como un año que empieza y termina según las fechas marcadas por el calendario. El primer artículo se inicia en el Café Santa Cruz de Coimbra en un primero de enero y el último evoca un aburrido día de Navidad en el que mi hija estaba sentada a mi lado leyendo un cuento. En el primero de estos artículos mi hija tenía 15 años, y en el último era una niña que acababa de aprender a leer —igual que la hija de Edward Thomas—, pero no me preocupa en absoluto el aparente desorden temporal porque prefiero que este libro tenga un orden interno mucho más profundo. Podría haber ordenado estos artículos por orden cronológico, tal como fueron escritos —entre el año 2004 y el muy reciente 2019—, pero he preferido crear un tiempo distinto, mucho más caprichoso y mucho más personal (¿qué transcurso del tiempo no es una caprichosa ficción personal cuando uno recuerda lo que le ha pasado?), así que he formado un año completo, con sus estaciones y sus ritmos, empezando por el comienzo del año y terminando por una -o varias, mejor dicho- evocaciones de la Navidad.

Algunos de estos artículos los escribí en el 584 de West Louther, en Carlisle, en el centro de Pensilvania, en el otoño-invierno de 2012. Los demás están escritos en Sevilla, aunque unos pocos fueron escritos en la casa de mis padres, en Mallorca. Todos estos artículos aparecieron originalmente en el Diario de Mallorca y en otros periódicos del grupo Prensa Ibérica. Dos artículos (Elogio de las bibliotecas y El taxi de Mr. Reid) aparecieron en la revista Clarín de Oviedo gracias a la generosidad de José Luis García Martín. Marselona apareció en el ABC Cultural como homenaje a Juan Marsé. Y por último, Los bueyes fue una Tercera inspirada en el poema de Thomas Hardy que se publicó en el ABC en la Nochebuena de 2016.

Pocos podrían urdir tan bella fantasía
en estos años. Sin embargo siento
que si alguien nos dijera en Nochebuena: «Ven
a ver cómo los bueyes se arrodillan
en el corral a solas, junto a aquel
valle que nuestra infancia frecuentaba»,
yo me iría con él por la penumbra,
con la esperanza de poderlos ver.

No creo que haya mucha diferencia entre este deseo formulado por Thomas Hardy —esa «bella fantasía»— y el préstamo desesperado que pidió aquel olvidado Antonio en los últimos días de nuestra guerra civil.

«Con la esperanza de poderlos ver».

Así sea.

E.J.

 


Este texto es el que abre el libro de Eduardo Jordá que acaba de publicar Newcastle. Puedes encontrarlo —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

Fuera, en la oscuridad —un título tomado de un poema de Edward Thomas— reúne varios artículos y ensayos dispersos publicados por Eduardo Jordá a lo largo de estos últimos quince años. Los temas son variados. Un día de año nuevo en Coimbra; una evocación de la mujer —Natasha Shtempel— que inspiró a Osip Mandelstam el que quizá sea el mejor poema del siglo XX; una evocación de Bob Dylan mientras traquetea un tren de mercancías; un hotel perdido en la Aquitania francesa; una despedida a James Salter en el día de su muerte; un campo de fútbol que se asoma a un acantilado en la costa más agreste de Portugal; una reflexión sobre Tintín después de un ataque yihadista en París; un breve ensayo sobre las letras del rock, con mención especial a Ray Davies, de los Kinks; un breve ensayo sobre las máquinas de escribir; una evocación navideña de «Los bueyes» de Thomas Hardy

Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956) ha escrito un poco de todo: poesía (Pero sucede, 2010), libros de viajes (Norte Grande, 2002), relatos (Yo vi a Nick Drake, 2014) y novelas (Pregúntale a la noche, 2007). Su último libro es Pájaros que se quedan (RBA), un libro de viajes que relata su estancia durante un semestre en una pequeña ciudad de Pensilvania.

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