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Enric Satué, Aldo Manuzio, Siruela y nuestro Festina Lente

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Festina Lente. El adagio

«Aldo esta erigiendo una biblioteca cuyas fronteras son las fronteras de la tierra».

Nos llegaba estos días a nuestro pequeño a la par que coqueto almacén Festina lente (Apresúrate despacio), librito (103 mm x 149 mm) que ve la luz tras alguna peripecia que nos encantaría contar, pero que no nos dejan.

Festina Lente (adagio latino comentado por Erasmo de Rotterdam y que es, en parte importante, un elogio al trabajo de un editor que sentó cátedra, Aldo Manuzio) espera ser un homenaje al libro y al proceso editorial desde sus inicios humanistas en el Renacimiento (en el formato en que lo conocemos actualmente, impreso en papel). En él, Erasmo cuenta su propia experiencia trabajando codo a codo con Aldo en Venecia durante nueve meses: «Al mismo tiempo fuimos arrastrados por mi gran temeridad los dos, yo a escribir, Aldo a imprimir.»

Además, después de 500 años de escrito, la traducción del texto no la realizó ni un escritor, ni un editor ni un traductor académico sino don José Campos, fundador de la librería Viridiana de Valencia (que ahora, a través de su hija Cristina, lleva 52 años abierta) para celebrar el aniversario de la misma y difundirlo de manera no venal. La reproducción del texto en esta edición también ha querido ser parte de esa conmemoración.

Extracto de la cartita que hemos enviado distribuidora y editor
estos días a algunas libreras y libreros. Ellas y ellos saben

Enric Satué, en Arte en la tipografía y tipografía en el arte (Siruela, 2007), libro que guardo como un tesoro pero que cuesta la vida leer, apunto, como han usado un papel satinado, con brillos que se le claman a una como alfileres en los  ojos, Siruela, para qué quieres un imperio si luego te salen libros así, que por fuera muy bonitos, y un gran interés, etc., pero que luego por dentro esos destellos, el infierno en la tierra, en fin, digo, Satué, sobre Aldo Manuzio:

En 1494 Aldo abrió su taller de tipografía en Venecia, junto a los doscientos talleres que había en funcionamiento en la rica ciudad de los canales, y pronto sobresalió como el  mejor impresor de cuantos se disputaban tan caro honor en la cultivada capital de Véneto. A los dos años puso en circulación el libro Sobre el Etna de Pietro Bembo, con una tipografía diseñada para la ocasión que, desde entonces, da nombre a uno de los tipos todavía presentes en los catálogos actuales (por ejemplo, el de Adobe). Tres años después marcó un hito no superado aún con la edición del libro ilustrado Hypnerotomachia Poliphili, y dos años después, en 1501, lanzó al mercado su gloriosa y pionera colección de bolsillo, de la que editó cincuenta títulos y en la que incluyó un invento aldino vigente desde entonces en todas las tipografías: el diseño de la cursiva (también llamada, en su honor, aldina).

Fue Manuzio, además de impresor, librero y editor. Muy disfrutable, y además en papel para leer bien, sin sufrir daño, otro libro de Satué, El diseño de libros del pasado, del presente, y tal vez del futuro. La huella de Aldo Manuzio (Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1996), donde trata de esa triple faceta:

Sin ser editor, aquel profesor de griego llegó a ser uno de los mejores de la historia, y sin ser tipógrafo, uno de los más decisivos. Para completar como se merece el trazado de su figura se verá de qué modo, sin ser para nada librero, también en este campo ha dejado pruebas de su increíble perspicacia. Sobre todo si tomamos como arquetipo de editor-librero a quien tiene habilidades reconocidas para comercializar con éxito una mercancía delicada y caprichosa, tremendamente difícil, como es el libro.

Le debemos también a Aldo la edición más conocida de los Adagios de Erasmo de Rotterdan, entre los que se encuentra nuestro Festina Lente«una reflexión moral acerca de la importancia de la moderación a partir de ejemplos históricos y literarios, un manual de comportamiento para la educación de las autoridades políticas, una invectiva en contra de los malos impresores, y un análisis de las implicaciones de la escritura jeroglífica o emblemática. Estos dos últimos aspectos son importantes, porque Festina Lente también es, sobre todo, un elogio a la figura de Aldo Manuzio como impresor» (Rodrigo Cordero, en el prólogo).

Publica Libros de la resistencia; traducción de José Campos.

Para abrir boca

Os dejamos algún párrafo que ha tenido a bien seleccionar su editor.

Pues el mismo símbolo que en otro tiempo agradó a Tito Vespaciano, Festina lente, es ahora famosa marca de impresor, conocida y apreciada en cualquier parte de la tierra donde hay hombres que conocen y aprecian la literatura clásica. No creo que este símbolo fuese tan ilustre cuando, esculpido para los negocios en la moneda imperial, era manoseado como ahora, cuando entre toda la gente y más allá de los límites de la cristiandad, al mismo tiempo que los diversos libros en ambas lenguas, se propaga, se conoce, se ensalza por todos aquellos para quienes los estudios clásicos son sagrados, especialmente para aquellos que, hastiados de esta bárbara y grosera enseñanza, aspiran a la verdadera y antigua erudición; para restituir la cual parece nacido este varón y por el destino, por así decirlo, creado y enviado; pues él tiene este único y ardiente deseo que persigue infatigablemente, por el cual no rehúye trabajo alguno: restituir plenamente para las personas interesadas los textos fundamentales, íntegros, puros y auténticos. […]

Trabajo hercúleo, ¡por Hércules!, y digno de un espíritu regio; las grandes creaciones sumidas casi en ruina total restituirlas al mundo, investigar lo que está desaparecido, descubrir lo que está escondido, dar vida a lo destruido, completar lo fragmentario, corregir lo dañado de mil formas, principalmente por culpa de aquellos ramplones impresores para quienes el pequeño lucro de un poco de oro es más importante que la buena literatura en su conjunto.

[…] quien las letras salva de la ruina, pues esto es más difícil que crearlas, edifica en primer lugar una obra sagrada e inmortal no tan solo para interés de un solo país sino de toda la humanidad y de todos los tiempos. Finalmente, en otros tiempos, esto era tarea de los nobles, entre los cuales pertenece a Ptolomeo la gloria más eximia; aunque su biblioteca se encerraba entre paredes domésticas y reducidas. Aldo esta erigiendo una biblioteca cuyas fronteras son las fronteras de la tierra.

Aquí Erasmo cuenta en primera persona su experiencia escribiendo el libro en compañía del editor y con la colaboración de los intelectuales que lo rodeaban:

Me permito decir bien alto mis propias experiencias. Cuando en Italia, yo, un holandés, edité mi obra de Adagios, cuantos eruditos allí había me ofrecían de buen grado los libros de autores todavía no divulgados por la imprenta que sospechaban podría yo utilizar. Aldo me hizo totalmente partícipe del tesoro de su biblioteca. Lo mismo hicieron Juan Lascaris, Bautista Egnatius, Marco Masurus, fray Urbano. Recibí ayuda de algunos que no había conocido personalmente y aun no de nombre. A Venecia solo llevaba conmigo la confusa y desordenada materia de mi futura obra y esto de autores publicados hasta entonces. Al mismo tiempo fuimos arrastrados por mi gran temeridad los dos, yo a escribir, Aldo a imprimir. El trabajo completo estuvo realizado más o menos en nueve meses y en el transcurso de este tiempo empezaron mis dolores por los nefastos cálculos que hasta entonces no había advertido. Así, pues, imagínate qué gran parte hubiera perdido de mi trabajo si los eruditos no me hubiesen provisto de libros manuscritos.


Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— Festina lente (Apresúrate despacio) en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

«Aldo esta erigiendo una biblioteca cuyas fronteras son las fronteras de la tierra».

Festina lente (Apresúrate despacio) es un proverbio latino comentado por Erasmo de Rotterdam pero también es, sobre todo, un elogio a la figura de Aldo Manuzio como impresor, quien había co-
menzado a utilizar dicho proverbio, junto con
el grabado de la figura de un delfín en-
roscándose en un ancla, como
marca de la calidad y
de la autentici-
dad de sus
libros.
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Me permito decir bien alto mis propias experiencias. Cuando en Italia, yo, un holandés, edité mi obra de Adagios, cuantos eruditos allí había me ofrecían de buen grado los libros de autores todavía no divulgados por la imprenta que sospechaban podría yo utilizar. Aldo me hizo totalmente partícipe del tesoro de su biblioteca. Lo mismo hicieron Juan Lascaris, Bautista Egnatius, Marco Masurus, fray Urbano. Recibí ayuda de algunos que no había conocido personalmente y aun no de nombre. A Venecia solo llevaba conmigo la confusa y desordenada materia de mi futura obra y esto de autores publicados hasta entonces. Al mismo tiempo fuimos arrastrados por mi gran temeridad los dos, yo a escribir, Aldo a imprimir. El trabajo completo estuvo realizado más o menos en nueve meses y en el transcurso de este tiempo empezaron mis dolores por los nefastos cálculos que hasta entonces no había advertido. Así, pues, imagínate qué gran parte hubiera perdido de mi trabajo si los eruditos no me hubiesen provisto de libros manuscritos.

 Erasmo de Rotterdam

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