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En Boston los anarquistas no lanzaban bombas

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Los anglosajones han gustado siempre de compararse con las culturas clásicas, y a finales del siglo XIX Boston era la Atenas de los Estados Unidos. Henry James describía a las señoritas de la ciudad debatiendo sobre oscuros problemas filosóficos mientras tomaban el té y se lamentaban de la vida frívola e insignificante que llevaban sus compañeras de Nueva York. Sophie Raffalovich, que escribiría en 1880 un artículo impagable sobre The Boston Anarchists, se sorprendía de que en esta ciudad intelectual par excellence los anarquistas no lanzaran bombas, se opusieran a la violencia, citasen con frecuencia a Auguste Compte en sus artículos y dominasen la obra de Spencer. En lo que respecta a esto último, buena parte de su fama se debía a un solo hombre: Benjamin R. Tucker (1854-1939), más conocido como el editor de la legendaria revista Liberty, libertario, individualista, periodista, economista incluso, si se quiere, pero también escritor gigante y polemista implacable, amigo de Walt Whitman y defensor de Oscar Wilde y los derechos de los homosexuales en el crepúsculo del siglo XIX.

Libertad indivudualSe debe a Benjamin Tucker, casi en solitario, el nacimiento de una tendencia individualista en el anarquismo que sobreviviría hasta nuestros días. Sin embargo, sus ideas no germinaron en el vacío: en buena medida eran la llama que nacía de la fricción entre la sociedad americana, tradicional en el mejor sentido de la palabra, es decir, privada, independiente, con amplios espacios por colmatar en el Oeste, salvaje y recelosa del Estado, por un lado, y la nueva sociedad estatal y capitalista que irradiaba desde los grandes centros fabriles y burocráticos con sus ejércitos de obreros y soldados. Así se justifica que uno de los mejores libros sobre esta cuestión se titule reveladoramente The American as Anarchist, o que las ideas de Tucker no sólo no cayeran en saco roto sino que fueran leídas por decenas de miles de suscriptores de Liberty y abrazadas por una importante sección del movimiento obrero americano.

A lo largo del siglo, millones de kilómetros cuadrados del continente, previamente virgen o poblado por los indios, sería conquistado en su totalidad por el pico y la pala de los pioneros, removido hasta las entrañas por compañías mineras y petrolíferas y conectado de una costa a otra por multitud de líneas de ferrocarril. No es muy difícil imaginarse la clase de gente que prosperaba en un medio hostil y agreste como aquél. Incluso en época colonial, muchos emigrantes llegaban como sirvientes y, al expirar su contrato, escapaban de sus amos para ocupar un lote de tierra. Los capitalistas se quejaban de que los obreros eran indóciles, pedían salarios demasiado altos o se largaban a otro lado. Si el ideal jeffersoniano de una república de granjeros independientes había florecido en las condiciones apacibles de la costa Este, debía ponerse a prueba también en el vasto medio hostil del Oeste. La frontera erosionó definitivamente las costumbres antiguas y disfuncionales heredadas de Europa; el pionero no necesitaba ejércitos permanentes, iglesias establecidas ni aristócratas que cobraran rentas sobre la tierra. Lejos de la policía y de la justicia del Estado, la práctica del vigilantismo y la vida de frontera inclinaban al pionero de forma natural hacia un modo primitivo del anarquismo, dado que no podía ver en el Estado más que una fuente de restricciones e impuestos parasitarios que no contribuían en nada a su bienestar. En este punto cobra todo su significado histórico la sentencia de Tucker —curiosamente pronunciada en 1886, cuando se colonizaba la última frontera—, según la cual «los anarquistas son demócratas jeffersonianos hasta sus últimas consecuencias y sin miedo de éstas, para quienes el mejor gobierno es el que menos gobierna, y el que menos gobierna el que no lo hace en absoluto». Los anarquistas individualistas se proponían, en efecto, solucionar el problema social por medios autóctonos, es decir, rescatando lo mejor de la tradición antiestatal de Thomas Jefferson y Thomas Paine.

De hecho, Benjamin Tucker pasaría buena parte de su juventud temprana fogueándose en organizaciones abolicionistas, movimientos por el sufragio femenino, por la jornada de ocho horas e incluso vinculado con el radicalismo religioso. Su primer contacto con el anarquismo tendría lugar con tan solo dieciocho años a través de una organización radical conocida como la New England Labor Reform League de Boston, que frecuentaban tipos ilustres que se revelarían como sus grandes maestros: Josiah Warren, William B. Greene y Lysander Spooner. Por influencia de Greene llegaría a los libros de Proudhon, a quien admiraría siempre y reconocería como el hombre que le enseñó todo; y sería bajo su égida que en 1874 emprendería un viaje a París para recopilar y tocar con sus propias manos los manuscritos de Proudhon, que traduciría por primera vez a lengua inglesa.

Este es el comienzo del prólogo que Víctor Olcina escribió para Libertad individual y otros escritos, de Benjamin R. Tucker.


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