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El viaje continúa

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Os presentamos la continuación del viaje que os ofrecimos anteriormente. Si por fuerza mayor no pudieron disfrutar de este contenido no se preocupen, pueden rescatar dicha lectura aquí

***

Entonces ninguno de nosotros pensaba en el viaje y, sin embargo, el instante de su verdadero comienzo va asociado al traqueteo de las ruedas del tren y al silbido de la locomotora surcando la quietud de la noche.

Hasta hacía poco, nadie entre nosotros sabía que las voces de la estación del ferrocarril, distante tres kilómetros, se oían tan nítidamente en la ciudad, ya que los trenes solían llegar y partir de día.

Los nuevos tiempos trajeron partidas nocturnas, no incluidas en ningún directorio de viajes, y el silencio de la noche hizo resaltar aquellos silbidos y el sordo traqueteo, casi subterráneo, de las ruedas. En cada ocasión, esperábamos la señal en el porche de la casa.

Ocurrió por primera vez a principios de primavera; nosotros permanecíamos inmóviles entre el balbuceo estrepitoso de las crecidas aguas —precisamente aquella noche rompieron los hielos del río— con los abrigos empapados de haber estado echados sobre la tierra; no nos atrevíamos a entrar en casa, sentarnos a la mesa, acostarnos en la cama, volver a los quehaceres de cada día.

Entonces, repentinamente, nos sorprendió el silbido. Escuchamos en silencio cómo se iba debilitando, acallando, y cómo junto a él se apaciguaba el fragor de la tierra.

Cuando Ida Fink retornó el silencio supimos ya que el tren había tomado velocidad y se había sumido en el bosque. Aquella noche se llevaron a los ancianos, los enfermos y los inválidos.

Después, ya conscientemente, en el porche, esperábamos el pitido y las vibraciones que venían por el lado del río, que ya no se oía; tanto en primavera tardía como después en pleno verano, el río fluía pausado y callado. Solo se escuchaba el croar de las ranas y el susurro de los olmos en la orilla.

A finales de verano estuvimos allí por última vez. En el cenador de las lilas, las puertas del palomar golpeaban movidas por el viento y la escalera blanca que la tía había olvidado guardar en el interior, o al menos tirar al suelo, permanecía apoyada contra la pared.

Acurrucados en el escondite oíamos los estridentes «raus» [fuera] y «loos» [en marcha], y pasos pesados, ruidosos y, entre ellos, el trote diminuto de la tía Sabina y de su hija Berta. Se las llevaron al amanecer.

¿Por qué, al correr detrás de nosotras, giraron súbitamente hacia el cenador de las lilas con su palomar sin palomas oculto en su vientre liliáceo?

Nadie responderá a esta pregunta. Tampoco sé por qué no seguí a Natan a la Ostbahn; cogí la pala —mi útil de trabajo— para arrojarla inmediatamente a un rincón y en vez de dirigirme a la Ostbahn corrí hacia el cuchitril, aunque sabía que lo era solo de nombre, no tenía puertas y estaba abierto para cualquiera; era, pues, un hueco totalmente inadecuado como escondrijo.

En mi huida vi al tío arrastrando un manzano medio seco del jardín y observé cómo con este esqueleto de árbol tapaba el hueco de la puerta. Antes de arrastrarme hacia el interior miré hacia atrás: el jardín envuelto en luces y sombras, húmedo de rocío, todo reluciente.

Esta vez rodearon la ciudad por sorpresa, utilizando una técnica de asedio diferente a la acostumbrada; entraron por los campos, los pastizales y los jardines, astutamente, por sorpresa, cortando de este modo los caminos de salvación hacia el campo y el bosque.

El padre contaba después que le había despertado el ladrido del perro, así que se levantó y se acercó a la ventana. El perro estaba delante de su casita con la cabeza erguida y emitía ladridos cortos y alarmantes.
El paisaje, detrás de la ventana, permanecía silencioso y tranquilo, el mismo de siempre: un patio plano, sin misterios, iluminado con el primer sol; más abajo, el frutal aún sumido en la sombra profunda y, encima del frutal, la empinada ladera de la colina del castillo.

El perro dejó de ladrar, se metió en su casita y ya nada perturbó el silencio, pero mi padre no se movió, permanecía como clavado; contaba después que la inquietud crecía en él violentamente, aparentemente sin razón; decía que temía apartarse de la ventana para no perder el instante en que se desvelara la causa de su inquietud, recorría con la mirada el paisaje buscando algo.

Era la hora del primer trino de los pájaros, el cielo adquirió un tono rosado. Tras verificar el patio descendió la mirada entre los árboles frutales, que seguían inmóviles entre la alta hierba, como pintados; ningún aviso, ninguna señal, nada…

Quizá solo —contaba— la rama torcida del guindo junto al sendero, quizá únicamente ella… Porque pensó de repente que asemejaba un brazo que impedía el paso de los intrusos. Pero jamás fue así. Después, por el caminito entre las grosellas, alcanzó la orilla del río y saltó con la mirada hacia arriba, hacia la colina del castillo, y vio que estaba sembrada de enormes hormigas en movimiento. Era la hilera del Einsatzkommando que se deslizaba por la empinada ladera hacia el río y los jardines. Entonces su grito nos despertó a todos.

Se acercaron sin el menor murmullo, la hierba amortiguaba sus pasos. Solo cuando irrumpieron en el patio resonaron sobre la dura piedra y, después, en la escalera del porche; más tarde se aplacaron. Surgieron desde el interior de la casa dos breves alaridos, el estrépito de los cristales rotos y un portazo; creíamos que, tras haber registrado la casa, se irían; pero no, sus pasos retornaron al patio, sus voces ordenaron a Agafia abrir las leñeras y los cobertizos; se acercaban hacia nosotros, protegidos por un árbol casi seco y, cuando se adentraron en el último hueco, ya los teníamos sobre nuestras cabezas; habría bastado una mirada a ese suelo, hecho de tablas de madera torpemente unidas, para vernos
sentados sobre la paja.

Uno de ellos saltó desde un alto escalón y se detuvo ante el manzano semiseco, otro preguntó: «Was ist denn dort? ¿Qué pasa ahí?», y entonces apareció entre las ramas del árbol una mano blanca y estrecha y un trozo del brazo vestido de uniforme. La tía Stefania acercó el dedo a los labios como si temiera que alguno de nosotros dejara escapar un grito, y así lo mantuvo aún mucho tiempo después de que se hubieran ido. Al partir, se fijaron en la escalera apoyada en el palomar.

Aún desconocíamos el sino de Natan, creíamos que estaba trabajando a buen recaudo en la construcción de la vía del ferrocarril, pero al mediodía llegó Agafia e inclinada sobre la rendija del suelo nos lo dijo. Apenas había logrado cruzar nuestra silenciosa callejuela. Fue sorprendido de manera apacible, con palabras suaves, komm, komm, du Kleiner, [ven, ven pequeño] dijo él saliendo de la esquina de la casa, y Agafia, que no sabía alemán, lo repetía claramente, komm, komm, du Kleiner, tal como se lo había relatado un testigo ocular en el momento de la detención.

No había noticias sobre el padre. Se enfundó con gesto brusco el brazalete con la palabra Arzt [médico] y salió de casa por última vez al amanecer; exclamó que iba al ambulatorio; tenía el rostro crispado: no había miedo en él, tan solo ira.

El tiempo transcurría en medio de un gran silencio, sin pasos, sin voces, salvo cuando se oía la ahogada voz de Agafia atravesando la hendidura, informándonos de lo que acontecía en la ciudad.

Sus informaciones solo se referían a la dimensión de los sucesos y esta vez, ella, que con tanto placer salpicaba cada noticia con detalles, se limitó a dos palabras, como si lo que había visto u oído hubiera aniquilado su habilidad narrativa. «Una multitud» susurraba en la rendija y se alejaba para volver una hora más tarde y repetir las mismas palabras.

Así, el día de la Aktion1 más larga y terrible transcurría en silencio. Solo una vez, al anochecer, nos llegó la voz de la vecina llamando a su hermano: «Wojciech, ¿dónde te metes?» y, en respuesta, la voz de Wojciech desde muy lejos, desde el río: «Enseguida… Ahora voy…»; a buen seguro yacía debajo del álamo como solíamos hacer en el pasado. Solo esas dos voces.

Creíamos que, después del ocaso, Agafia nos dejaría salir del cuchitril, pero no lo hizo; la Aktion, comenzada al amanecer, continuaba aún. Era ya de noche cuando abandonamos el refugio.

El patio, por la mañana blanco de sol naciente, ahora lo estaba por la luna. En el porche esperaba el padre con el rostro agitado, furioso. Después, hacia la mitad de la noche, contaría cómo había sobrevivido. Cómo lo habían capturado y cómo escapó.

Cómo la mujer de un amigo, apoyando los brazos sobre el marco de la puerta de ese modo tan significativo que no necesita palabras, le impidió la entrada. Cómo una pareja de viejecitos que eran pacientes suyos lo ocultó en su desván. Todo esto lo contaría por la noche.

Permanecemos en el porche. La calle resuena con el paso jadeante de aquellos que se salvaron, pero los pasos de quienes corren no se detienen ante nuestra casa. Lo sabemos: no volverán la tía Sabina ni su hija Berta, no volverá el primo Natan. No los esperamos, solo nos quedará de ellos la última señal que nos enviarán, el silbido y el traqueteo que dentro de unos instantes resonará en la oscuridad. «Una multitud», repite Agafia, y reza una letanía de nombres.

Muy entrada la noche, padre entró en nuestro cuarto; estábamos acostadas sobre las camas hechas, con la ropa de calle puesta.

La noche era ventosa; detrás de la ventana, en el cenador de las lilas, golpeaban las puertas del palomar.
—Niñas —dijo—, tenemos que escapar. Rápidamente. En más de una ocasión habíamos hablado de escapar, pero solo eran palabras. Esta vez —lo noté claramente— la decisión había sido tomada.

***


Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— El viaje en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

El viaje Ida Fink

Otoño de 1942, dos jóvenes hermanas deciden huir del gueto de su ciudad natal en los confines orientales de la Polonia ocupada por los nazis. Tras hacerse con documentos falsos, que ocultan su condición de judías, consiguen ser aceptadas como voluntarias para trabajar en la Alemania nazi. Inician así un largo viaje, el más importante de sus vidas, que las llevará hasta la frontera con Francia.

En su peligrosa y escalofriante huida se verán obligadas a cambiar constantemente de identidad, a reencarnarse una y otra vez en nuevos personajes. Todo ello en medio de un ambiente hostil, poblado de agentes de la Gestapo, confidentes y chantajistas, donde los gestos de ayuda y amabilidad son esporádicos y escasos.

Basada en su propia peripecia vital, pero narrada desde la perspectiva de un tiempo distante a los hechos, esta novela ofrece una visión claramente femenina y muy alejada de los cánones e imágenes habituales que dominan la literatura del Holocausto o Shoá.

Su estilo, lleno de contención y sutileza, convierte este testimonio en un viaje intimista al interior del horror, en el cual la tensión no para de crecer a medida que cambian los paisajes, el entorno, los personajes; un relato en el que los acontecimientos se suceden como secuencias de cine o como escenas contempladas desde la ventanilla de un tren en constante movimiento.

Sobre la autora

Ida Fink (1921-2011) nació en Zbaraz (actualmente, Ucrania). Su padre era médico y su madre, profesora en una escuela. Con el inicio de la II Guerra Mundial, tuvo que interrumpir sus estudios musicales en el conservatorio de Lwów. En 1941 fue confinada en el gueto de Zbaraz y allí permaneció un año hasta que consiguió escapar junto con su hermana, huida que se narra en este libro. En 1957 abandonó Polonia y se estableció en Israel donde trabajó como bibliotecaria y como investigadora en el instituto Yad Vashem para el estudio de la Shoah recogiendo testimonios de otros supervivientes.

Ida Fink es una autora tardía: el libro con el que se dio a conocer, Un pedacito de tiempo y otros relatos (editado en España por Confluencias), se publicó en 1983. Después publicaría su única novela, El viaje (1990), y un segundo libro de relatos: Huellas (Errata Naturae).

Su prosa se centra, casi exclusivamente, en el tema de la Shoah. La autora recibió numerosos galardones, entre ellos, el premio Anna Frank de Literatura (1985), el Yad Vashem (1995), el Moravia (1996) y el Sapir (2007). La novela El viaje fue llevada al cine por Pierre Koralnik en 2002 y en 2008 el director de cine Uri Barbash dirigió la película Spring 1941 basada en varios relatos de la autora. Sus libros han sido traducidos a numerosas lenguas.

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