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El viaje de Ida Fink

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I

Se detuvo en la ventana y pensó: ojalá caiga una estrella. Era supersticiosa, todos lo eran por aquel entonces, cada uno de una forma muy personal, solo por él conocida. Poseía un bagaje considerable de tabúes propios, aunque entre ellos no había estrellas fugaces. Era una creencia demasiado romántica, demasiado difícil de cumplir. Sin embargo, ese atardecer pensó: ojalá caiga una estrella. Aunque era otoño tardío y, como es sabido, las estrellas solo caen en verano. Pese a todo observaba obstinadamente el cielo; durante un instante vio un destello en el horizonte que se apagó inmediatamente. Debía de haber sido alguien que, descuidadamente, había encendido la luz de la casa sin antes correr las cortinas. Aquel relámpago en la oscuridad no había sido la estrella esperada, pero pudo haberlo sido, por eso lo tomó por una buena señal.

En la maleta dispuesta para el viaje se hallaba la herradura, más exactamente solo su mitad, lo cual —según se creía— invalidaba la eficacia de su actuación. Eso no le importó. Encontró la herradura rota en el preciso momento en el que su padre le mostraba el camino hacia la cabaña de un campesino donde iba a pasar la noche al lado de su hermana. Esto fue suficiente. Creyó en la media herradura y la estrella imaginada.

Aquel otoño maduro reinaba en el gueto un silencio mortal. Las estrechas y empinadas callejuelas de la parte más humilde de la ciudad, cubiertas de adoquines, permanecían vacías de día y solo al anochecer resonaban con los pasos cansinos de aquellos que volvían del trabajo en las canteras. El número de quienes retornaban a pasar la noche disminuía bruscamente y todos eran conscientes de que el próximo transporte —una caravana de camiones que saldría de la plaza delante de los baños municipales— sería el más pequeño y, a la vez, el último. Era ya tarde, era necesario apresurarse. Podemos decir que los papeles llegaron en el último momento cuando, tras meses de espera, ya habían per-
dido la esperanza de recibirlos.

Por la noche ellas y el padre se escabulleron del gueto. Esperaron en la callejuela próxima al monasterio que dividía la ciudad en dos mundos. Los fornidos troncos de los castaños les servían de protección. La persona de confianza que había traído los papeles les entregó una Kennkarte [tarjeta de identidad] y dos partidas de nacimiento nuevecitas que olían a tinta fresca. «¿Y la otra Kennkarte? ¿Para la hija menor?», preguntó el padre. La persona de confianza explicó que en la foto de Elżbieta no se veía la oreja izquierda, tal y como exigían las autoridades, y que eso había decidido la suerte del documento que, sin la evidencia del órgano auditivo izquierdo, solo despertaría sospechas.

«Es mejor no tener la Kennkarte que falsificarla de forma chapucera», añadió. Eso tal vez fuese razonable, pero resultaba inquietante. El pelo de Elżbieta era oscuro y su tez morena. Antes decían que parecía italiana.

No sabían qué decirle a aquella persona de confianza que, además, afirmaba que conseguir los documentos había costado no solamente gran cantidad de dinero y tiempo, sino también hacer frente a muchas dificultades y mucho valor, y que había que estar contentos con lo logrado.
En el monasterio dobló la campana invitando a la oración de la noche. Esa campana fina, argéntea les era muy familiar. La oían antaño cada noche en su casa del río que estaba cerca del callejón
del monasterio. Ahora el espacio que los separaba de la antigua casa, del río y del jardín, parecía enorme.
Sabían también que, después de la campanada, sonaría el órgano.

—Qué le vamos a hacer —dijo el padre—. Pero tampoco estas partidas de nacimiento… Demasiado nuevas, poco auténticas… ¿Cree usted que les servirán de algo?

—Sí, doctor —replicó la persona de confianza—, las partidas de nacimiento no son para enseñarlas. Si necesitan hacerlo, eso querrá decir que las cosas ya están muy mal.

El padre no respondió: sacó del bolsillo un sobre con dinero. En el monasterio sonaba ya el órgano. La persona de confianza se santiguó, dibujó el signo de la cruz en la frente de ambas muchachas, extrajo de su bolso dos imágenes de hojalata de la Virgen y se las colgó del cuello.

***


Fragmento de El viaje. Puedes encontrarlo —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

Sobre la autora

El viaje Ida FinkIda Fink (1921-2011) nació en Zbaraz (actualmente, Ucrania). Su padre era médico y su madre, profesora en una escuela. Con el inicio de la II Guerra Mundial, tuvo que interrumpir sus estudios musicales en el conservatorio de Lwów.

En 1941 fue confinada en el gueto de Zbaraz y allí permaneció un año hasta que consiguió escapar junto con su hermana, huida que se narra en este libro. En 1957 abandonó Polonia y se estableció en Israel donde trabajó como bibliotecaria y como investigadora en el instituto Yad Vashem para el estudio de la Shoah recogiendo testimonios de otros supervivientes.

Ida Fink es una autora tardía: el libro con el que se dio a conocer, Un pedacito de tiempo y otros relatos (editado en España por Confluencias), se publicó en 1983. Después publicaría su única novela, El viaje (1990), y un segundo libro de relatos: Huellas (Errata Naturae).

Su prosa se centra, casi exclusivamente, en el tema de la Shoah. La autora recibió numerosos galardones, entre ellos, el premio Anna Frank de Literatura (1985),  el Yad Vashem (1995), el Moravia (1996) y el Sapir (2007).

La novela El viaje fue llevada al cine por Pierre Koralnik en 2002 y en 2008 el director de cine Uri Barbash dirigió la película Spring 1941 basada en varios relatos de la autora. Sus libros han sido traducidos a numerosas lenguas.

1 Comentario

  1. […] Os presentamos la continuación del viaje que os ofrecimos anteriormente. Si por fuerza mayor no pudieron disfrutar de este contenido no se preocupen, pueden rescatar dicha lectura aquí […]

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