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Sobre la convivencia. Por Pablo Messiez

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«Hay una oculta comunicación
en todo lo que es próximo».

Eduardo Chillida

Por Pablo Messiez

El tiempo que estemos juntos nace de la invitación que me hiciera en 2017 Lluís Pasqual (en ese momento director del Teatre Lliure) a escribir y dirigir un montaje para la Kompanyia Lliure (conformada por cuatro actrices y cuatro actores jóvenes).

Por esos días, me encontraba leyendo los Escritos de Eduardo Chillida y sin duda fue esa lectura la que organizó todo el proceso creativo convirtiéndolo
en una experiencia con una metodología totalmente nueva para mí, y que me acompañaría desde entonces.

Es una coincidencia curiosa que los libros que más influencia han tenido en mi trabajo sean libros de notas. Encuentro en las de Bresson sobre el cinematógrafo, las de Valéry sobre poesía o las de Chillida sobre su trabajo, ideas mucho más estimulantes para pensar el teatro, que en la mayoría de los libros sobre actuación que he leído.

El tiempo que estemos juntos Hay algo muy poderoso en esas frases cortas, destiladas después de años de prácticas, que dialogan unas con otras, repitiéndose, confirmándose y también contradiciéndose a veces, dejando espacio para que sea quien lee él/ la que arme sentidos. En ese espacio, en el blanco del papel entre las notas, la lectura deviene diálogo.

En una de sus notas, Chillida se pregunta: «¿No es el programar una manera de quitar al presente su más alta misión?». Teniendo en cuenta que el presente es el espacio/tiempo en el que el teatro acontece, ¿no debería el misterio del presente organizar, no solo la escena, sino los procesos de
un montaje teatral?

Lo primero que le pedí a Lluís fue la posibilidad de hacer un taller para conocer a los chicos y chicas de la Kompanyia. Nunca he podido escribir sin saber para quién(es) serían las palabras, así que el fin de esos diez días de trabajo fue ese: saber algo acerca de quiénes podíamos ser. En esos días, el trabajo tuvo que ver con entrenar los materiales que consideraba pertinentes por ser inherentes a la teatralidad: el tiempo, el espacio, la mirada, la presencia/ausencia, la encarnación, la evocación, etcétera.

Terminé esas jornadas de trabajo diciendo (y creyendo) que en unos meses enviaría el texto de la obra, para que cuando nos juntáramos a ensayar, un mes y medio antes del estreno, ya pudiéramos trabajar con el texto aprendido de memoria.

Para ese entonces, y a raíz de conocer a la Kompanyia y su diversidad de estilos, ya tenía claro que el procedimiento sobre el que trabajaría sería el de la superposición. La posibilidad de la simultaneidad, irreproducible en papel, me aseguraba un punto de partida que necesitaba del presente para poder existir. Y teniendo en cuenta que la obra debía ser estrenada en un espacio con tres frentes, la multiplicidad de puntos de vista sumada a la multiplicidad de acciones superpuestas harían que se hiciera prácticamente
imposible predecir los sentidos que aparecerían según se viera una cosa, o la otra, desde un sitio o el otro. Es decir, que el dispositivo era ideal para no pretender programar ninguna lectura determinada.

Tenía entonces el procedimiento que organizaría los textos, pero me faltaban los textos. Y leí entonces en Chillida: «Creo que a poetas y artistas
les nace muerto todo aquello que saben hacer». Y me pregunté cómo sería hacer de algo que ya hice –escribir una obra– algo que no sé hacer. Y entonces decidí sencillamente no escribir la obra, sino dejar que se fuera escribiendo según trabajaba con los actores y actrices. No me interesaba un proceso de «creación colectiva» a partir de improvisaciones. Básicamente porque siempre he odiado las improvisaciones (tal vez por mi
incapacidad para improvisar). Pero sí un trabajo con textos escritos previamente por mí, en el que las escenas no estuvieran armadas de antemano.

Entonces me puse a escribir estos pre-textos. A escribir sin plan. A escribir sin saber de qué iba la obra. A escribir como quien quiere enterarse de algo mientras escribe. Y empezaron a salir unos textos (bastantes oscuros), y algunos diálogos.

En ese proceso tuve claro que los diálogos terminarían contando la historia de un amor. Y decidí quiénes serían el actor y la actriz que la encarnarían. Pero en cuanto a los textos sueltos (pequeños monólogos, poemas, relatos) me parecía que casi todos podían funcionar en cualquiera de los/as otros/as seis intérpretes.

Entonces se los envié y les pedí que eligieran el o los textos que más les gustaran sin importar si todos elegían el mismo o si nadie elegía ninguno.
Me interesaba mucho que en la elección estuviera muy presente el deseo de cada uno/a de decir eso. Una vez que los hubieran elegido, debían aprenderlos de memoria. (Bueno, a decir verdad, algún texto sí que fue asignado por mí a su intérprete. Pero fueron los menos.)

Y así empezamos el primer día de ensayos, con unos textos sueltos y unos diálogos. Y como si la obra hubiera estado esperándonos en algún sitio, los textos se fueron acomodando, y El tiempo que estemos juntos fue apareciendo.

Cada día, probábamos combinaciones de los monólogos, y luego yo me iba a escribir las escenas nexo que fueran necesarias para el relato. Como la obra debía estrenarse en catalán (y para ello teníamos la suerte de poder contar con la maestría y la celeridad de Marc Artigau), cada noche le enviaba a Marc escenas nuevas para traducir y al día siguiente las probábamos en el ensayo. También íbamos probando cómo funcionaba la superposición de unas escenas con otras, y de qué modo podían aparecer nuevos sentidos producto de ese encuentro imprevisto entre las dos escenas.

Así, la obra se nos fue revelando. Así nos fuimos enterando de cuál era la lógica de cada personaje y de ambas situaciones. Por el sentido que nacía del montaje de textos.

Claro que nada de esto hubiera sido posible sin contar con la confianza ciega de todo el equipo, que se lanzó a la aventura de montar una obra sin saber cuál sería. Aunque en realidad, ¿cuándo sabemos cuál será? Volviendo a Chillida: «Nunca se sabe bastante, de ahí que también en lo conocido se halle lo desconocido y su llamada».

Ahora que ya existe y que ya la he visto unas cuantas veces puedo decir que El tiempo que estemos juntos es una obra sobre la convivencia. Sobre la necesidad de estar con otros/as para poder nombrar. Aunque, más que esto, ojalá la obra pueda ser para alguien a la vez contestación y pregunta, como escribió Chillida.


Este es el prólogo de El tiempo que estemos juntos  que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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