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El tiempo era infinito. Por Concha Quirós

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Estaba estos días acordándome de un escritor que se murió y que era insoportable. Que ya sé que es bastante común ser escritor e insoportable, es solo que este era especialmente insoportable. De verdad. Insufrible. Muy desagradable, glotón, torpe en sus maneras, soberbio, hiriente, amargo. No recuerdo, en vida de él, haberle oído a nadie nada bueno sobre su persona. Sí todo lo contrario. Era de esas personas con las que pasas un rato y luego tienes que desahogarte de alguna forma. Y la cosa es que cuando se murió… Fue como despertarse en un universo paralelo. Había un montón de mensajes elogiosos, que si qué majo era, que si cuánto me enseñó, que si Fulanito hizo esto, que si dijo aquello. Yo flipaba en colores. Me callaba, claro, que el hombre tenía familia, en fin. Me llamó muchísimo la atención el fenómeno; no lo comprendí.

Llevo un rato largo mirando a la pantalla, intentando coger el tono. Cómo cuento esto.

El pasado día 24 de febrero nos comunicaron que Concha Quirós, alma de la librería Cervantes de Oviedo, había fallecido.

Sé que quiero escribir sobre Concha y sé también que, por una vez, siquiera esta vez, me gustaría saber hacerlo, estar a la altura. Que no se perdieran estas lineas entre tanto lugar común, poder decir algo diferente, ser capaz de trascender, de contar la pena y la pérdida, llorar de una vez como es debido y que el mundo cambie de alguna forma, que signifique algo importante que ya no esté. Que todo el mundo lo sepa, que se detengan quienes la conocieron y quienes no y lo piensen, despacio, que ya no está Concha. Conchita. A mí no me gustaba Conchita. El diminutivo, a mis ojos, le restaba importancia. Yo le decía Concha. Y creo que a ella le gustaba más, pero no lo sé seguro. No la conocía tanto. Pero la quería. Le tenía un cariño que yo no sé. Lo que sé es que llevo estos días con un nudo ahí, en la garganta, queriendo llorar y hacer algo, pero a ver qué haces. No se puede hacer nada. Esto es lo peor. No me va a volver a llamar por teléfono para que vaya a verla, a mandarme fotos con cómo ha colocado mis libros, para que lo vea, que no me lo dice por decir. Y lo sabe la chiquita que lo lleva, se lo puedes preguntar cómo están tus libros. Como no vienes pues no los ves. Y yo le daba las gracias, gracias, Concha, no te haces una idea de lo importante que es para mí que me des cuartelillo. Y lo pensaba, en lo rica que tenía que ser su vida, que si hacía así conmigo, que apenas soy nadie, esto es así, era porque pasaba los días de esa manera, llamando a unas y a otros, organizando, proponiendo, animando. Lo más bonito, al menos para mí, era cómo te levantaba el ánimo. Hablabas con ella un rato y ya te había cambiado el humor. Te insuflaba el entusiasmo, las ganas, el no sé cómo pero todo es ponerse. El tiempo era infinito. Todo era posible.

¿Y ahora qué vamos a hacer, por dónde se sigue?¿Hacemos como si nada?

Lo que quiero decir, también, es que todos los mensajes que se han ido dejando sobre Concha y su labor son verdaderos. Era una persona de la que se hablaba bien y con frecuencia, además. Entendedme. No es que la conociera mucho. Ni creo que ella a mí me tuviera en más consideración que a otras tantas distribuidoras, editoras, etc. No es eso. Es que de verdad era un persona adorable y buena, eficiente, capaz, generosa. Una persona que nos hace falta, me parece. Te voy a echar de menos, Concha. Mucho.

concha quirós

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