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El pasatiempo más endiablado de la posguerra: Conchita Montes

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Que tiene que ser de mujeres

Por Aguilar y Cabrerizo, autores del libro

Llevamos ya varios años dando vueltas alrededor de La Codorniz. A la revista del pájaro reservamos el espacio de honor de la mesilla de noche, pero entre sus páginas, como en la película aquella de Woody Allen, también escondemos otras cosas como Cucú, Don José y Don Venerando. Y es que cualquier cosa en la que escriban nuestros humoristas preferidos nos parece siempre bien.

Una de esas tardes que dedicamos a buscar niños abandonados en los contenedores de basura del Madrid castizo recibimos la llamada inesperada de Lorena Carbajo, empeñada en poner en pie Bala Perdida con bien de versos, bien de novela canalla y cuarto y mitad de ensayo erudito.

Conchita Montes—¿Aguilar y Cabrerizo?

—Servidores.

—¿Tenéis algún ensayo erudito por ahí?

—Ahora mismo, no. Es que estábamos buscando… Bueno, que estábamos haciendo otra cosa.

—¿Y cuando acabéis con lo que tenéis entre manos?

—Eso sí. ¿Para cuándo?

—Para ya, como es costumbre.

—Si no nos echamos la siesta, llegamos.

—Pero una cosa sí que os digo…

—A ver.

—Que tiene que ser de mujeres.

Nos acordamos de Ángeles Villarta, que fue fundadora de Don Venerando y que está a punto de cumplir ciento cinco años. También de Remedios Orad, aunque algunos afirman que ésta es sólo un seudónimo de Jorge Llopis. Nos quedaban la exquisita Baronesa Albertanom de plume tras el que no se esconde ningún hombre, sino la escritora Mercedes Ballesteros— y la creadora del «Damero Maldito», el pasatiempo más endiablado de la posguerra: Conchita Montes.

Un objetivo que presentaba un reto de calado. Y es que raro es encontrar una sola línea dedicada a Conchita que no esté devorada por la oronda figura de Edgar Neville. Y puede que no les falte razón a estos estudiosos más sesudos que nosotros, pues Neville ejerció de pigmalión e introductor en el Hollywood de 1936. Pero es que además de eso Conchita fue actriz cinematográfica, empresaria e intérprete teatral, escritora con cuentagotas, cultivadora de la amistad como una más de las Bellas Artes, crítica cinematográfica durante la República, frecuentadora de grandes talentos —de Cocteau a Chaplin, de Ortega a Lacan—, traductora prolífica y gran lectora, viajera, curiosa, independiente… Y todo ello en unos años que tampoco daban demasiado margen para una mujer libre. Qué duda íbamos a tener. Su novelesca vida iba a dar para un libro apasionante. Nos abalanzamos hacia el teléfono sin dudarlo:

—¿Está Lorena? Que se ponga.

—¿Ya?

—Que hemos pensado que Conchita Montes.

—Pues bien, ¿no? ¿Y el título?

—«Una actriz ante el espejo».

—Mejor «una mujer ante el espejo».

—A mandar. ¿Has pensado en alguien para el prólogo?

—Marina… Marina Díaz. ¿Qué os parece?

—Superior.

—Pues, hala, a escribir.

Dicho y hecho. A estas alturas, podemos confirmar que no nos equivocamos: la redacción ha sido un paseo cuajado de hallazgos deslumbrantes. Claro que ninguno de ellos ha sido un niño abandonado en un contenedor. Pero es que en esta vida no se puede tener todo.


Conchita Montes. Una mujer ante el espejo está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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