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El pájaro impostor Viñals y la paradoja que arrastra el poeta

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Comenzar por el principio, eso pretende este texto: comenzar por 9788494122835 Entrevistalas primeras palabras del poeta; leer, de nuevo, su primer libro; viajar hasta las primeras palabras que ofrece José Viñals en Entrevista con el pájaro y comenzar allí: «Toda respuesta es una impostura». Curiosamente, esta frase, que es el comienzo del poemario y se significa como clave del discurso desplegado en los versos de Entrevista con el pájaro, aparece delante de la introducción del hijo, Gabriel Viñals, un atrevimiento que pensamos afortunado, un atrevimiento que es una licencia; una licencia que cae en gracia ya que implica el cariño del hijo hacia el padre. Y esas primeras palabras del poeta, decíamos, están en el espacio que se suele reservar a una cita: Entrevista con el pájaro comienza, y comienza antes, nos pone en guardia. Comienza con una aseveración que anuncia que se darán respuestas pero que deberán tomarse con cuidado, con actitud crítica, con escepticismo. Buen comienzo para un libro de poesía: comienza alertando.

Las secciones, en las que el poeta divide y agrupa las distintas partes del poema, se señalan con números romanos y reciben una entradilla similar en ese sitio que indicábamos que está comúnmente reservado a las citas. No sólo eso: vienen con un antetítulo a dicha entradilla, siempre el mismo. Éste, reza: El impostor. El impostor, a pesar de vivir en la impostura, o precisamente porque vive en la impostura, será el que responda, sí, es el que responde y da varias posibilidades a su respuesta; observaremos que, debido a la aparición repetitiva del impostor, el libro no volverá a comenzar con cada sección sino que afinará su respuesta, añadirá algo a ella, complicándola. Y, en esos versos que son entradillas a la sección en los que el impostor habla, se insiste de distintas maneras que la respuesta será, certeramente, una impostura, una en la que tanto el responder como el no responder será precipitado o momentáneo, erróneo en cualquier caso. Así, las entradillas dicen: «Debe el hombre elegir entre perderse y salvarse; pero si elige está perdido», «Si avanzamos dos pasos en la tragedia cuando sólo uno es necesario, caemos en la risa; pero si avanzamos tres, caemos en el tedio; pero si no avanzamos, caemos en el vacío» o «Todas las disyuntivas son falsas porque tienden a ocultarnos la mitad de la verdad». Después, cada sección desarrolla, primero en prosa poética y luego en un verso que parece aquella primera prosa poética descompuesta, la respuesta del pájaro-impostor, respuesta del que evita responder; evasiva que es respuesta.

Pero vayamos paso a paso, parte a parte. Esa evasiva que da por respuesta el joven argentino que es José Viñals en Entrevista con el pájaro es, como ya apuntara Jason Wilson a la introducción de Poesía reunida (Ayuntamiento de Jaén, Jaén, 1995), de corte rimbaudiano, de denuncia existencial y vital. Momentos iniciales del poema como «Oh, Amada, me he vuelto niño y como si fuera tu hijo entre tus muslos; he aborrecido el sol que te quemaba la cintura, abominado tu desnudez de aceite combativo, tus ganas incestuosas contra mi vida, oh Hermana, oh Frescura» (en III) o «Echaría a freír mi corazón en vivo sobre el aceite y […] lo arrojaría al festín de los mendigos, de los violentos, de la pareja enamorada ebria de desdicha y que engendra por miedo a despertar bajo el gran cáncer de la risa» (en IV) nos recuerdan al poeta de los famosos versos del comienzo de Una temporada en el Infierno: «Antes, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones, en que todos los vinos corrían. / Una tarde, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié» (trad. Miguel Casado). Ser un poeta rimbaudiano a la manera de Viñals significa tener un ojo excepcionalmente certero, vivaz e inclemente en el que si «palabra, voz, poema» es la «pequeña casa contra los miedos de la noche» (en I), esta voz, estas voces serán «voces impuras, voces tristes, voces que escarban en la basura» y el poeta será como el «centinela amordazado» que «mira impotente las crueldades del alba»; esas voces son, en definitiva, «gargantas que vomitan la ceniza del hueso» (en II). Así, con acritud y sin paños calientes, ese pájaro-poeta, ese impostor-poeta, juzga al mundo y se juzga a sí mismo: «Vuelva usted a su escoria gramatical, señor yo-mismo. […] Viene usted perfumado de nociones sagradas, como un marica del espíritu» (en V) y, en un momento anterior del mismo poema, «no buscas otra cosa que indulgencia y aplausos; vete al demonio, a los salones; alquílate de enano malabarista, santo asqueroso con tu llaga y tu perro».

pajaros-viñals

La enumeración, forma predilecta para el modo de construir el poema de Viñals, forma predilecta para injuriar en ese sentido rimbaudiano, señala e insiste en que todo merece desconfianza y el poeta especialmente, porque se instaura a sí mismo como chamán de la tribu: «Una mentira enana cabalga sobre la nuca del maestro. La lengua embaucadora del poeta lleva una incrustación de pedrería insustancial y mueve grandes humos elogiosos. Habla el poeta con palabras de un pueblo que no habla y abre su colección de raras cajas fraudulentas importadas de las naciones mágicas, sus ciegas cajas circuncisas por el desgaste de los siglos. / Y luego el tedio, el heroísmo, las castraciones esponjosas, la voz profética del que anuncia venganzas, derrumbamientos y fatigas» (en VI). En las enumeraciones, despliega una riqueza metafórica que nos recuerda al mejor Saint-John Perse (¿hay un Perse malo?), uno de los poetas de cabecera de Viñals, que escribiría en Anábasis: «Y el hombre entusiasmado con un vino, llevando su corazón fiero y rumoroso como un pastel de moscas negras, se pone a decir cosas como éstas: “… Rosas, delicia púrpura: tierra vasta para mi deseo, ¿y quién le pondrá límites esta tarde?…” Y Fulano, hijo de Mengano, hombre pobre, / entra en poder de los signos y de los sueños» (trad. Enrique Moreno Castillo). Sí, el pájaro, el impostor, el que habla y nos describe la labor del poeta y el mundo, no se guarda nada para sí, habla con visiones; el pájaro viñaliano es un pájaro cruel que desprecia a los tibios y a los hipócritas, desprecia «la autodeglutición de la mentira caída en trampa simple por un reemplazo de palabras» (en I), e insiste: «Estoy resuelto a decir todo lo que se me pase por la cabeza: / Náusea, / vómito; / y, muy curiosamente, la palabra perla. / ¿Qué ostra extraña, estreñida, engendró este perfecto pedocablo?» (en XVI). El poeta del poema que, aunque a veces se identifica con el pájaro-impostor, muchas veces lo denuncia (denuncia su fingimiento, el engaño del que hace gala), adivina que se encuentra asomado a la duda de su existencia, una vida de esencia dificultosa, en la que su papel en este mundo incierto es burdo: «Mi cabeza, pervertida por los deseos, se humilla sin escándalo y mi lengua, prolija como una alfombra de palacio, viene a servir de estercolero celebratorio, de crónica asquerosa para el pájaro-rey, defenestrado de su imperial, futuro y dulce sino sobre las frentes de diamante, cuando el día en penumbras, lleno de edades y de ruinas, se coma lentamente su mano de langosta» (en XIII).

El poema avanza y vamos adivinando que el poeta acepta el lugar que, por su labor, ostenta. El lugar que acepta es la paradoja de su labor y de su ser: «He acatado las voces. Soy miserable y bobo, tengo un lugar en el festín de la inmundicia» (en XXIV); ese es el lugar que comparte con el pájaro, con el impostor, que como el poeta, son figuras bruñidas de voces. El poeta, y he aquí su paradoja, después de recoger las voces, voces que no le pertenecen, puebla el poema con su presencia ya que «camina por la página como un rey sin alcurnia, escribe puntuaciones con un bastón hereditario y se sienta a peer sobre los márgenes» (en XXIV); poeta que a veces se refleja en el mismo pájaro que desprecia, ya que es «Dios-pájaro ululante de ciega llaga hiende los robledales y se estrella en el cielo; su voz queda temblando como un coágulo de tinta congelada bajo la rotativa que no imprime la página del alba, como un cangrejo a quien aplasta la llanta matutina del carro de basuras» (en XXIV). Así, el desperdicio, la náusea, el vómito; acaso el vómito, dentro el amplio imaginario viñaliano, sea la imagen más certera para el poeta que queda recogido en el pájaro, en el impostor; vómito que viene tras la embriaguez, ya sea de palabra, de bebida o de silencio: «Esto culmina siento la embriaguez del silencio viene el pá- jaro ya con lodo en la garganta cae como una cabeza de cordero» (en XXV).

foto-Jose-VinalsLa «pequeña casa contra los miedos de la noche» (en I) se transforma y ahora es «pajarera del miedo», es una «habitación desmesurada» y el poeta, o el pájaro, o el impostor o, puede que el poeta-pájaro-impostor, tiene «plomo en los ojos» y marcha «como un ciego palpando / el rostro de la que amo / la jaula de los hijos / Y la mentira y la inmundicia y la luz alquilada» (en XXIII). Mediante la metáfora poderosa, el poeta insiste, y de forzar, de insistir, el poema se concentra, y acaba siendo un solo verso, «Uva a medio morder voy entre el vómito y el pánico» (en XXVI), para que luego finalice con un último poema algo más largo, pero igualmente en descomposición (o montado con escombros), un poema que termina con tres versos que son seis, con dos poemas que es uno, con casi dos jaikus que, en un decir parecido y semejante, en un decir que puede(n) ser cualquiera de las tres voces (pájaro/impostor/poeta), quedan enfrentados en un nacimiento que es fin, fin del libro que acaso sea también un aviso, el último, tal vez también un quejido para, eliotianamente, acabar sin estruendo (en XXIX):

Amor voy a nacer    Voy a nacer amor
caigo en tu pecho     caigo de huesos
me arrodillo              agonizo

Se me permitirá una última consideración a este librito ya que, si bien es cierto que Entrevista con el pájaro tuvo una merecida e importante repercusión en su momento, por alguna razón este poeta ha pasado relativamente desapercibido para el conjunto de nuestra poesía en castellano a pesar de haber sido reconocido con varios premios, y de haber publicado en editoriales con una visibilidad importante. Tal vez se deba a aquello que han apuntado ya Andrés Fisher y Benito del Pliego en la introducción que realizaran a la antología de la poesía de Viñals, Caballo en el umbral (Editora general de Extremadura, Mérida, 2010), esto es, que al salirse de un lugar acotado, un país, la persona se convierte en un desplazado, en un outsider. Se vuelve incómodo para las literaturas nacionales, difícil de clasificar y autosuficiente al mismo tiempo, se convierte en un extranjero y se le confunde con lo que Perse llamaría un «príncipe del exilio», esos «no necesitan de mi canto». Un extranjero, como advierte Perse, habita su nombre, es «Huésped precario en el confín de nuestras ciudades», sobre la mesa «pone confesión», su palabra «no tiene curso» y «lleva al oído del Poniente una caracola sin memoria» (en Exilio, trad. Enrique Moreno Castillo). A la postre, un poeta como Viñals, puede que por escurridizo y por independiente a raíz de su extranjería, no ha alcanzado la fama que, en nuestra opinión, su poesía merece. Y la reclamamos.Viñals ha desarrollado una amplia propuesta poética y merecería estar entre los más complejos y sagaces poetas hispanohablantes de su siglo, entre aquellos que pensamos deslumbrantes, interesantes y novedosos; merece estar junto a Antonio Gamoneda, junto a César Vallejo, junto a José-Miguel Ullán, junto a Aníbal Nuñez, junto a esos poetas que transitaron la oscuridad para encontrar luego, como el mismo Viñals dice en este poemario, esa «alianza fugaz y putativa» que sólo consigue el poeta, el verdadero poeta, en el poema. Pero por alguna razón no está junto a ellos, y esa razón, la que sea, es, necesariamente, injusta.


[Este texto fue publicado en El Cuaderno #70. Si desea recibir en su domicilio por correo postal la edición impresa de El Cuaderno, puede suscribirse (12 números, edición digital incluida) por 30 €, o solicitándolo a pedidos@trea.es19]

1 Comentario

  1. […] AQUÍ para leer toda la reseña. Es FABULOSA. […]

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