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Por qué huelen así los libros. El efecto Proust

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Un recuerdo feliz: el olor de los libros nuevos

…todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.

Sin duda, el recuerdo más feliz de mi niñez está ligado al olor de los libros nuevos. Nos avisaban, al comienzo de cada curso, unos días antes, de que ya habían llegado los libros de texto. Se ocupaba la directora, mi señorita, de todo. No éramos más de 40 en total en toda la escuela. Estaba ella, Virginia, y luego otra maestra o maestro que enviaba cada año el Ministerio. No solían repetir; una escuela en mitad de la nada, en un pueblo por el que, cuando caía la tarde, pasaban cientos de cabras para recogerse en los corrales de las casas. Lo mismo los caballos y los burros y las mulas. No había librerías. Había bares y tiendas de comestibles. Y una biblioteca ambulante que consiguió mi señorita de la Diputación de Ciudad Real.

Cuando por fin llegaban los libros de texto, que teníamos que comprarnos sí o sí (esto ha cambiado bien poco), nos avisaban para que fuéramos a por ellos a la escuela. Hacíamos entonces el camino inverso al que hacían las cabras por la tarde; el Colegio Público Cardenal Cisneros estaba a las afueras, casi en los prados. Acudíamos a primera hora, saludando a las mujeres que barrían, a uno y otro lado de la calle, las cagarrutas que había dejado el turno matinal de cabras. Cada cual se ocupaba del trocito de calle que ocupaba la fachada de su casa. Había quien levantaba las que se quedaban pegadas al suelo raspando con la zapatilla. Era un poco desagradable el tener que saludarlas a todas. Algunas estaban de muy mal humor siempre, gruñendo, refunfuñando. Digo de las mujeres, no de las cabras. Podían pararte para regañarte por algo. También podían llegar a hablar con tu madre para que luego te regañara ella todavía más, por ejemplo, si habías sido capaz de pasar por delante de su casa una mañana sin dar los buenos días.

Ya en la escuela, entrábamos en el aula donde mi señorita había colocado cada uno de los preciados montones que correspondían a cada uno y cada una de nosotras. Entrábamos por turnos o por cursos. Mi hermana pequeña era la única alumna del suyo. Lo vivió como un pozo de soledad impracticable que le gustaba recrear de vez en cuando. Su amiga María del Prado, un año mayor que ella, compartía curso con José Ángel, el gurriato. Nosotras éramos 5 niñas y un niño, Andrés. Andrés solo estaba interesado en aprender matemáticas, me decía, porque era lo único que le serviría para ayudar en el bar que regentaban sus padres. Lo demás no vale para nada, me decía, intrigante, como si él supiera algo sobre por qué nos hacían ir al colegio que yo desconocía. Algo importante y decisivo no al alcance de cualquiera. Aunque sacaba muy malas notas se creía y se comportaba como alguien inteligente y cabal. Me gustaba jugar con él. Y eso que una vez se escondió para verme hacer pis. Qué vergüenza.

El día que íbamos a por los libros, cuando ya era inminente el comienzo del curso, era para mí una fiesta. Me levantaba ya de la cama feliz, exultante, pensando en todos esos libros nuevos, en el papel, la tinta, los dibujos, en su olor, sobre todo ese olor del principio, cuando aún no los habíamos pintado ni manoseado, qué olor más rico, qué bien, cómo me deleitaba, en un aparte, cuando nadie me veía, oliéndolos, mmm, qué delicia… por fin comenzaba la escuela. Mi hermano Alfonso, que detestaba el colegio con entusiasmo y convicción, reprobaba mi actitud, no podía encajar que a una niña pequeña pudiera gustarle tanto ir a la escuela, los niños y las niñas tenían que querer jugar y divertirse, incluso hacer alguna gamberrada. Él era un maestro haciendo gamberradas. Llegó a encerrar a mi madre en una habitación para que no le diera un guantazo por una trastada anterior. Era tremendo.

El caso es que yo prefería los libros. De algún modo, sentía que eran para mí un lugar más seguro, más cierto y acogedor. Ese olor era capaz de hacerme olvidar las penas y los tormentos; no tuve una infancia feliz, tenía la piel muy fina.

El olor a libro viejo

Todo esto viene, en realidad, a cuento por cómo olía un libro que devoré por fin durante estos días de encierro. Buscando qué leer entre los libros de casa, di con uno que compré hace qué sé yo, años y años, en alguna feria o mercadillo de libros de segunda mano. Cuando tenía menos dinero todavía del que tengo ahora compraba los libros en sitios así.

Se trata de Kon-tiki y yode Erik Hesselberg. Esta edición de 1989:

Cubierta de Kon-tiki y yo Detalle del interior

Es un libro delicioso. De esos con su historia y un autor que te tiene que caer bien (no como Proust, por ejemplo, que debía ser un tipo algo insoportable, me parece). Digo que cae bien por dibujos —y sus notas— como éste:

Me parto de la risa por lo refea que saca a su hija, pobre (él)

O estos otros:

Lo mejor que pude, expliqué a aquellos carabineros que mi amigo llevaba un rifle para «cazar» orquídeas y no para cazar al Presidente de la República. 

Ojalá me lea alguna editora o editor valiente y con recursos, porque es una pena que esta historia no se pueda leer en castellano traducida del noruego; esto es una traducción de la traducción inglesa del texto original de Hesselberg. Las ilustraciones, añado, por insistir un poco más, los hizo casi todas este hombre —muy divertido y mejor persona— durante aquel viaje épico y único. Ya os podíais animar; es una de esas historias que te reconcilian con el mundo, que te ponen de buen humor, tan repleta como está de buena gente y felices acontecimientos.

Pero que por qué hablar de este libro ahora. Pues porque huele fatal. Por el contraste. Su olor, brusco, rancio, un punto amargo y viejo, me recordó a aquel otro olor de mi infancia feliz. Por qué huelen tan mal los libros, al cabo.

Por qué huelen así los libros

Leo que se trata de la descomposición química de compuestos dentro del papel: la celulosa y la lignina, entre otras sustancias químicas. El olor del libro viejuno se deriva de esta degradación química. La lignina, además, es la causa de que acabe amarilleando el papel según va cumpliendo años; las reacciones de oxidación hacen que se descomponga en ácidos, que luego coadyuvan a romper la celulosa. A esta descomposición se le llama «hidrólisis ácida», y produce una amplia gama de compuestos orgánicos volátiles y olorosos: el tolueno y el etilbenceno, que tienen por lo visto un olor dulce; la vanilina, que huele parecido a la vainilla; el benzaldehído y el furfural, que huelen a almendras, y el  etilhexanol, que despide un aroma foral.

«No te acostarás sin saber una cosa más», me dije. Y me acordé de mi magdalena, de aquellos días de infancia, de mis primeros libros, de mi señorita, y qué sé yo de cuántas cosas más.

 

 

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