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El fracaso es lo que da sabor al éxito

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El fill del xofer, de Jordi Amat

El fill del xofer ha llegado a su décima edición en catalán, que es la que yo tengo, así que puede decirse que es todo un fenómeno editorial, pues lo ha logrado entre noviembre de 2020 y abril de 2021 y no descarto que pronto lleguen la undécima y las siguientes. Aun si asumimos que comprar libros es más catalán y español que leer libros eso son muchos lectores. Muchos de ellos llevan meses diciendo en todas partes que el libro es una maravilla, así que no me quedó más remedio que comprarlo. Y por supuesto leerlo.

Es una pena que su autor no pusiera la «nota del autor» antes de empezar el libro y no al final. Ahí están todos los problemas del libro. Tal vez si la hubiera leído antes no hubiera seguido, pero no nos engañemos: soy catalán y una vez comprado no me hubiera quedado más remedio que leerlo para no tirar el dinero. Saca Amat a pasear a Carrére y a Capote, nada menos. Incluso habla «del Smith de Capote». Dice que el reto era ir más allá de la anécdota para construir una narración, aunque la contrapartida era sumergirse en lo turbio, en la maldad, y que eso podría provocar un embrutecimiento en él mismo y en el lector. Pide perdón porque es consciente de que este libro provoca sufrimiento. Y remata a gol cuando dice que ha estado dos años haciendo decenas de entrevistas y leyendo muchos libros. No sé ni por dónde empezar.

El Smith de Capote es Perry Smith, uno de los dos asesinos de A sangre fría. El otro es Dick Hickock. Si todo el mundo recuerda a Perry Smith es por el perturbador proceso de identificación que Capote sintió con él. Hickock era un psicopatilla vulgar, como Quintà, pero Smith era otra cosa. Su padre lo había abandonado, como había hecho el padre de Capote con él. Su madre alcohólica se había suicidado, como había hecho la madre alcohólica de Capote. Smith, escribía, dibujaba y tocaba la guitarra. Smith era una persona real y Capote lo convirtió en uno de los más grandes personajes de la literatura norteamericana de todos los tiempos, en palabras de Norman Mailer. Justo lo que Amat con Quintà no logra. En cuanto a lo que ha sufrido escribiendo sobre un malvado recordemos que A sangre fría machacó la mente de Capote, que fue cuesta abajo y sin frenos desde que la terminó, envuelto en ansiolíticos, alcohol y cocaína. Puso toda la carne en el asador.

¿Qué es lo que llama la atención de Amat en Quintà? ¿El que coma como un cerdo? Quintà mete la mano en el plato del resto de los comensales, se bebe la sopa —hasta cuatro platos— a gollete y en una escena hilarante se bebe litros de refresco en la redacción de El Observador y acaba eructando como un león. Cielo Santo, este es el verdadero rostro del mal. Ojalá una escena de El Hundimiento en la que Hitler bebe litros de Fanta para acabar eructando como un verraco ante sus atónitos seguidores. Parece que lo que escandaliza a Amat del personaje es que no sepa usar los cubiertos, como sí saben Pujol, Prenafeta y tanta gente de bien ¿Cómo ha podido llegar tan lejos un hombre que se toma la sopa sin cuchara?

Si volvemos a Capote, ahora no como autor de no ficción, sino como escritor sureño, tal vez podamos entender mejor el punto de vista de Amat. Los escritores sureños, Faulkner y sus sobrinos —McCullers, O’Connor, Williams, Capote—, eran conscientes de que su sociedad estaba enferma por el racismo y el odio y los ecos de la guerra que la arrasó seguían estando muy presentes casi cien años después, pero para criticarla eligieron un camino oblicuo, con la exageración, lo grotesco, lo inverosímil. El Sur que describen dista mucho de ser real, pero esa distorsión explica el profundo desgarro que sufre. El mérito de Ve y pon un centinela, de Harper Lee, es dejar atrás el Gótico Sureño y trazar un retrato honesto de unas personas que no son monstruos ni fenómenos de feria. Amat cree que retratar a Quintà puede explicar las fallas de nuestra sociedad; es decir, Gótico Catalán.

No pretendo que Amat sea Capote, más faltaría, pero si Capote fue un joven escritor sureño que acabó haciendo saltar la banca del Nuevo Periodismo sin saberlo, creo que Amat, mientras pretendía hacer un libro de no ficción ha acabado haciendo Gótico Sureño, que es el abuelo gringo del Realismo Mágico. Era demasiado difícil para él encarar que el mundo al que pertenece tiene personajes como ese señor del consejo editorial de Plaza y Janés y militante de Convergència que sin decirle nada a nadie saca las galeradas del libro Banca Catalana, más que un banco, más que una crisis, de Siscu Baigés, Jaume Reixach y Enric González y se las lleva al partido y al abogado de Pujol, para que sepan qué es lo que tienen que denunciar antes de que el libro se publique. Tal vez ese señor no le moleste porque sabe usar el tenedor del pescado. Tampoco dice ni una sola palabra acerca de que esos tres periodistas siguen vetados en los medios públicos catalanes, en esa Corporació que Pujol puso en marcha y para la que reclutó a Quintà como director de la televisión. Porque para mí esa es la pregunta: ¿Por qué Pujol le encargó a un hombre que no había trabajado en televisión ni como meritorio poner en marcha su televisión?

Esa es la pregunta que Amat no responde y es la que retrata más a Pujol que a Quintà, y por otro lado es la pregunta que vale la pena contestar, porque sin esa decisión Quintà no sería más que un canalla cualquiera, un resto de serie, el maltratador de tres al cuarto, el oficinista gris que mete mano en el metro, el vecino del quinto que trabaja en un banco y ve porno con enanos con la camiseta del Barça puesta y no la encarnación del mal o el símbolo de todo lo que no funciona en nuestro mundo. No, eso más bien lo son el señor que pasa un libro de su propia editorial bajo mano para que lo demanden, el banquero que pone su banco al servicio de su ambición política o el aventurero que trafica con divisas en Tánger en el pozo de los años cincuenta. Quintà no es más que un pobre tipo, un desgraciado, al final un asesino y un suicida, pero de eso está el mundo lleno.

El problema de Amat es el del portero que no sale en el córner o sale y se arrepiente. Ni ensayo ni reportaje, ni crónica ni novela. Después, el estilo: tal vez por tratar de dotar de ritmo a la prosa adopta las frases cortas, el énfasis, y el resultado es, como dice Berta Delgado, el de un tío que se pone a conducir y no sabe manejar el embrague. He leído otras cosas de Amat y no están así escritas, así que me temo que esto es el intento de darle ritmo y aire de novela de intriga, o de periodismo. Hay otras maneras de hacerlo, y de hecho el libro empieza con una de ellas: por medio de escenas. Esto ya lo dijo Tom Wolfe, pero él, Talese o Thompson —y Pla— ya lo hacían antes de que él lo dijera. El éxito de La izquierda exquisita radica en una escena; la del tío de los Panteras Negras saliendo de detrás del piano de cola de Leonard Bernstein en su lujoso ático de Manhatthan. Amat empieza con el velatorio y entierro de Pla, pero luego se desentiende de este recurso y narra todo con plano general, como con prisa, y es una verdadera pena, porque estoy seguro de que en esas decenas de entrevistas que tuvo que hacer hay contada más de una escena aprovechable que explicaría mejor al personaje que páginas y páginas de prosa sincopada.

En resumen y para el cierre, El fill del xofer es un libro ambicioso, pero esa ambición no está al alcance de su autor, un biógrafo, ensayista y articulista, pero no un novelista. Por otro lado, como dijo Capote, el fracaso es lo que da sabor al éxito.

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