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El dolor como motor de progreso

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Manual del perfecto enfermo

Un pueblo sano no hace más que derecho civil, nada más; y por eso, los pueblos enfermos, los que están delicados, para engañarse a sí propios y darse la ilusión de la salud, caen en el exceso de las leyes, en la apoteosis burocrática y del expediente, creyendo fortalecerse y abrigarse, como el enfermo testarudo y terco que, rechazando a los médicos y tirando las medicinas, se quiere remediar diciendo a sus criados: «Fulano, tráigame usted otra manta; que se callen los niños; que no entre nadie. . .».

Las sensaciones de sentido orgánico pasan inadvertidas para la mayoría de los hombres, que tienen, a lo más, una vaga idea de su estómago cuando el agua les cae como una piedra o cuando el pan se les va por otro sitio. Mientras nosotros no nos sepamos, nadie podrá sabernos lo suficiente.

Así como el hijo educa a la madre, según la admirable y profunda observación de Michelet, el perfecto enfermo es el que hace a su médico. Un buen doctor, por extraño y extraordinario que parezca todo esto, es el resultado de los mejores y más magníficos casos clínicos que puedan darse. Las enfermedades que han padecido los mismos médicos son las mejor tratadas y conocidas, y aquellas donde se encuentran los más provechosos estudios para la especie; hasta que las han padecido esos ilustres enfermos, no las ha padecido nadie,  y a ellos les cabe la gloria del descubrimiento y descripción de esas Américas de dolor.

La mayoría de los enfermos están atacados de una enfermedad en su cultura. No se conocen por dentro, no saben de sí mismos una palabra, y cuando creen saber algo propio, están acrecentando su mal, como el neurasténico que escribe el diario de su dolencia.

La equivocación de considerar el dolor como algo negativo, como algo que no es nuestro ni natural, nos lleva a errores mayores en todos los órdenes de la vida. Uno, sobre todo, es considerar el placer como algo positivo y consciente, sin parar mientes en que estamos de continuo dándonos trazas para conseguirlo, sin satisfacernos por completo.

[…]

El dolor y la belleza se ofrecían divorciados y no podían considerarse concurrentes a un fin cualquiera. Todas las obras del entendimiento humano consideradas bellas llevan, sin embargo, el sello del dolor, y por esa ejecutoria las diputamos humanas. Las mismas bellezas naturales, donde el hombre no pone más que su presencia, sujeta por la admiración del fenómeno, tienen ese dolor para que las admiremos; se lo ponemos nosotros mismos.

Y no puede haber nada sublime sin que sea un peligro para el hombre, si lo toca con la punta de los dedos: el sol, el mar, la montaña, el fuego. La belleza encierra algo más, y por encerrarlo es por lo que la consideramos sin dolor alguno en su seno; la belleza es un aviso para la salud y la sanidad, así como la fealdad y lo deforme es una prevención y una advertencia para el peligro. «¡Cuidado con ese hombre, que es muy feo!».

Un grito es una vaciedad mental con todas sus consecuencias. Hablo del grito que no puede llamar ningún filólogo, aunque sea vascófilo, exclamación o interjección. Me refiero a ese grito que es una resurrección del primitivo y del salvaje que llevamos encarcelado y dormido dentro de nosotros, en el infierno de nuestra conciencia.

Las condiciones de la arquitectura moderna, sobre la que ya repetidas veces os he llamado la atención, nos prohíben en absoluto un grito que podría darse si viviéramos en el campo o en una casa solariega, alta de techo, de habitaciones amplias y despobladas de muebles. En el cuarto de al lado hay seguramente un vecino; un pariente inmediato tendrá que reposar en la habitación próxima y no podrá hacerlo, como ninguno de nuestros deudos.

No se debe gritar: el quejido debe ser moderado, teniendo en cuenta a los asistentes, el lugar de la acción y la naturaleza del padecimiento. La distancia a que se halle el médico es un factor que debe tenerse en cuenta, y ésta puede computarse siempre según la cultura y capacidad de los que nos rodean. Si el médico vive al lado, pero estamos rodeados de idiotas o de personas incultas, ancianas, desvalidas, es como si el médico estuviera a mil leguas de distancia; el grito es una necesidad y hay que gritar bien.

Lo que no debe hacerse nunca, habiendo conseguido la asistencia, es quejarse molestando a todo el mundo.

Creo que principalmente para esos pacientes recomendaba Nietzsche la asistencia de unos médicos que les persuadieran de que debían morirse pronto.

La enfermedad general que padece la mayoría exige esa transformación de las urbes, volviendo nuevamente a edificar las ciudades sobre los campos, de una manera más real y positiva que en la actualidad se edifican. Yo puedo aseguraros que esa neurastenia que no padecen los grandes pensadores, los grandes dramaturgos, los grandes ingenieros, los grandes economistas y los grandes bailarines de Londres, según creo haber oído a Ramiro de Maeztu, y que en España padecen casi todos los imbéciles, es una enfermedad de la ciudad, que sólo en la ciudad puede darse.


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Sobre la obra

Manual del perfecto enfermo de Rafael Urbano abre las publicaciones de Bringas y Thiers.

Esta publicación de 1911 recoge las jornadas impartidas en el Ateneo de Madrid por el intelectual Rafael Urbano García, miembro poco conocido, pero muy activo, de los escritores pertenecientes a la generación del 98.

En este ensayo, Urbano parte de la idea del dolor individual como motor en el progreso de la especie. De una forma humorística y erudita nos muestra a la enfermedad como un dolor universal desde el que progresa la intelectualidad y el fenómeno estético.

Sobre el autor

Rafael Urbano (Madrid, 1870-1924). Asiduo a las tertulias del café Madrid, miembro del Ateneo Científico y Literario de Madrid, miembro de la Escuela Nueva y del Centro de Expansión Comercial.

Colaboró en varios diarios liberales y republicanos como El Liberal, El Imparcial o Vida socialista, en revistas de contenido general como Prometeo, Alrededor del mundo y en El Globo y en revistas de aire modernista como Germinal o Juventud. Su primera novela data de 1903 y lleva por título Historia del Socialismo.

A esta seguirán La santa fe, El sello de Salomón, Manual del perfecto enfermo, El diablo: su vida y su poder y Más fuerte que el amor.

Tradujo varias obras importantes, entre otras El banquete de PlatónLas confesiones de Rousseau y Las vírgenes de Gabriele D´Annunzio. Al final de su vida se sumergiría de lleno en temas teosóficos, participando muy activamente en la Biblioteca del más allá, donde, aparte de editar, prologaría, anotaría y traduciría numerosas obras.

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