Inicio»Desde fronterad»Dos artistas que evocan, reinterpretan y reavivan la grandeza del arte chino

Dos artistas que evocan, reinterpretan y reavivan la grandeza del arte chino

6
Compartidos
Pinterest Google+

Fascinaciones chinas, entre tradición y abstracción. Dos artistas en Nueva York: Liu Chang y Yu HanYu

Por Jonathan Goodman

Hace una generación, en Nueva York, el arte de la China continental gozó de un periodo de atención increíblemente largo, desde los años noventa hasta mediados de la década de 2000. Se debió a varias razones: la fascinación americana ante otra gran potencia, en especial una con una gran historia clásica; el interés en otras culturas (aunque fuese a un nivel superficial); y una curiosidad por el trabajo que realizaban los artistas chinos en la época, cuando se inspiraban en la práctica de la vanguardia estadounidense. Como ocurre tan a menudo en la reacción china a las influencias externas, la cultura china logró interiorizar lo que veía en las revistas de arte y experimentaba en Estados Unidos, solo que le daba un nuevo rostro. Aquí en Nueva York estábamos maravillados ante la sofisticación contemporánea y los verdaderos talentos de vanguardia que los artistas de Pekín y Shanghái trajeron a nuestra cultura. Los nombres más famosos que vienen enseguida a la cabeza son Cai Guo-Qiang, Xu Bing y Gu Wenda. Estos artistas recogieron de manera excelente las ideas estadounidenses. Xu Bing escribió su tesis de máster, cuando estudiaba en la escuela de posgrado de Pekín, sobre las series de repeticiones en la obra de Andy Warhol y, aunque no lo decían, estaban enormemente cautivados por la innovadora forma de hacer arte de Occidente.

Pero pasaba algo más también. Los chinos nunca tuvieron en realidad un periodo modernista. El arte europeo, y en concreto el arte francés de finales del siglo XIX, fueron importantes en las décadas de 1950 y 1960, cuando la imaginería occidental empezó a impregnar de energía su arte. La generación de Cai Guo-Qiang alcanzó su madurez en los ochenta, y produjo un arte realmente memorable, surgido en oposición al gobierno chino de la etapa posterior a Mao, que no tenía fama de hacer interpretaciones liberales del arte contemporáneo chino. Esto podría haber cambiado: la vida cultural es más libre ahora que China ha abrazado el capitalismo, aunque hay que seguir teniendo cuidado de no ofender a las autoridades; no hay más que ver las experiencias que ha sufrido el artista conceptual Ai Weiwei en los últimos diez años.

Sin embargo, en general, los chinos se han puesto a la par con la energía y están haciendo un trabajo muy potente, que incorpora los conocimientos de la tecnología al arte computacional, como ocurre en la extraordinaria muestra en la Fou Gallery de Liu Chang, una artista de la China continental formada en una disciplina de la alta tecnología llamada Programa de Telecomunicación Interactiva en la Universidad de Nueva York (ahora da clase en Shanghái). En su exposición, titulada The Light of Small Things (La luz de las pequeñas cosas), utiliza imaginería generada por ordenador y bellamente impresa por un estudio situado en un apartamento pequinés. Es notable en la muestra el uso de Liu de las pinturas termocromáticas, cuya receptividad a la temperatura varía en función de la estación que la imagen está ilustrando. La otra muestra, en la Ethan Cohen Fine Art, hace hincapié en la grandeza clásica de la pintura china con las obras caligráficas y pictóricas de Yu Hanyu, un pintor autodidacta afincado en Beijing. Este conjunto de obras, expuesto en el recién renovado espacio de exposiciones de Cohen en el DIA:Beacon, a una hora al norte de Nueva York, evoca, reinterpreta y reaviva la grandeza del arte chino, apreciable incluso antes de las dinastías Tang y Song, sus épocas de mayor esplendor.

Es cierto que Liu es una artista que trabaja con las tecnologías del momento, a pesar de que se retrotrae a la historia del arte chino para inspirarse, mientras que Yu es un tradicionalista, si bien se dedica plenamente a introducir energías contemporáneas en sus pinturas. Esta crítica se propone ver cómo se podrían vincular los enfoques de ambos artistas a una mirada que se conecta con la cultura ancestral de la que provienen, aunque sea fugazmente. Durante al menos dos décadas, los escritores occidentales intentaron determinar cómo era el arte chino –signifique eso lo que signifique–, especialmente a la luz de la interiorización de su idioma. Muchas de las grandes obras del arte chino, como El libro del cielo de Xu Bing, los acontecimientos con fuegos artificiales de Cai Guo-Qiang y las representaciones con vocación de perdurabilidad de Zhang Huan, fueron globales en sus implicaciones y específicamente chinas en su expresividad, a pesar de que sus esfuerzos se alineaban con la vanguardia, tanto la china como la occidental.

La década de 1980 fue una época excitante para estos artistas, que fueron la primera generación artística que alcanzó la madurez tras la revolución de Mao en 1949. Desde los extraordinarios y a menudo importantes esfuerzos de los ochenta, muchos de los cuales se produjeron poco antes de la matanza en la plaza de Tiananmén, que aplastó el movimiento democrático, el arte en China se ha dividido en dos campos: las obras que abrazan el internacionalismo cada vez más tecnologizado del actual mundo del arte, y las visiones, reinterpretadas, de la pretérita grandeza de la caligrafía y la pintura (y a veces la escultura) de China. Lo interesante de ambas exposiciones –y del arte chino en general– es la voluntad de los artistas chinos de reavivar la grandeza del pasado de formas que bien podrían ser intrínsecamente menores que aquellas a las que hacen referencia. Esto no es un fallo de los artistas: no pueden vivir como si estuviesen en plena dinastía Tang. Pero sí admiten el pasado. La exposición de Liu versa principalmente sobre las estaciones que, según la cultura china temprana, se dividían en veinticuatro partes, lo que requiere por tanto una comprensión diferente del cambio estacional en el clima, mientras que las pinturas de Yu introducen una franqueza y una abstracción que parecen provenir de los grandes avances de la abstracción en el siglo pasado –en la cultura occidental–, al tiempo que reconoce los logros del pasado de su propia cultura.

[…]

Continúa leyendo este artículo en fronteraD.

***

Jonathan Goodman es poeta y crítico de arte. Ha escrito artículos sobre el mundo del arte para publicaciones como Art in America, Sculpture Art Asia Pacific entre otras. Enseña crítica del arte en el Pratt Institute de Nueva York. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Eva Petric en la catedral de San Juan el Divino y la galería Mourlot, Iliana Ortega: la búsqueda de los sueños infinitos, Susan Swartz: la persistencia de la abstracción lírica, Fascinaciones chinas, entre tradición y abstracción. Dos artistas en Nueva York: Liu Chang y Yu Han Yu y Anselm Kiefer en el Met Breuer. Una nueva reflexión sobre Alemania y el olvido.


Segundaantolojía (Los libros de fronterad, 2017) ya está disponible. Lo puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en la generosa red de librerías con las que trabajamos.

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.