Inicio»Desde fronterad»Rothko. Un viaje inaudito [por Antón Patiño]

Rothko. Un viaje inaudito [por Antón Patiño]

7
Compartidos
Pinterest Google+

Viaje a Rothko, el guardián del color

Antón Patiño

Espacio-tiempo como absoluto cromático en Rothko. Asistimos a la reverberación de las masas de color en ámbitos de interacción. Quietud contemplativa y ensimismamiento que otorgan una poderosa carga de sentido al vacío. Hay un magnetismo poderoso en este vacío central y desde luego este pintor nos lo hace sentir como pocos. Una posición radical aparece entonces, percibimos que la raíz de todo está en el silencio. En un determinado poder introspectivo que le asignemos a la mirada. Un vertiginoso vacío activo que se expande como un sentimiento seductor. La mirada aparece sublimada. Silencio que se expresa en amplios estratos horizontales. Surgen compactos sedimentos de silencio. Capas y capas de silencio en el ceremonial del color.

Avanzamos hacia un inconsciente cromático. Una determinada cromoterapia subyace en esta percepción difusa, profundamente despojada y sabiamente relajada, que se orienta hacia un fondo aparentemente desenfocado. El cuadro es un ámbito introspectivo, simultáneo espacio de irradiación y acogida. Nos acercamos a la inmensidad, sentimos lo ilimitado, una suerte de disolución óptica en los pliegues de la memoria. Penetramos en el hábitat de la luz, cerramos los ojos y sentimos el calor. Los párpados desprenden una aureola naranja y desde ahí viajan hacia una región insospechada (casi inmaterial) donde afloran tonos violáceos. El color es un viaje inaudito hacia capas sensoriales en el interior de nosotros mismos. El secreto del color y su magia introvertida es el que nos muestra de forma magistral la pintura de Rothko.

Sentir el color forma parte quizás de funciones elementales tan decisivas como respirar o caminar. Solo cuando algún color llamativo nos sobresalta percibimos una punzada especial. Una llamada al ojo que sucede sobre todo con el encuentro insólito entre dos colores (que muestran una combinación desacostumbrada). Surge entonces una fricción o una tentativa de fusión que nos resulta llamativa. El asombro manifiesta allí un latido singular, un cierto sobresalto o palpitación y el presente entonces se dilata. Todo gravita en torno al espacio como proceso, la experiencia del color como virtual imantación. El color es un «muro», pero un muro que reverbera y parece respirar de forma inmaterial. No hay casi rastro de pincelada, el color parece surgir de forma inmaterial. Son las «relaciones» entre colores lo que cuenta. La música de los colores. Radiaciones luminosas que generan ritmos.

Imantación y claridad, hay un trasfondo metafísico evidente. La reverberación inmaterial del color suscita esa dimensión fluida de la mirada. Sensaciones interiores se activan en los colores pautados en la memoria secreta de la infancia. Viajamos hacia el centro, nos instalamos en el corazón del color. Un excitante sol amarillo en su plenitud nos transmite insondables engramas ubicados en el interior más inaccesible de nuestro cuerpo. Rothko postula un viaje al corazón del color. Tal vez desde Van Gogh no existió una pasión colorista de esta magnitud. Hasta el extremo que se desentiende de toda retórica superflua, de cualquier presencia innecesaria, de la infinidad de recursos disponibles. Para optar sencillamente por la carta de color. Una opción que parece centrada en la magia cautivadora del arco iris. Rothko es un pintor que pinta colores, que celebra la autonomía de la práctica pictórica. En los límites del color no hay fronteras, hay vibración, refulgencias, asombro… Hasta provocar una sensación de sentimiento oceánico. Abiertos los ojos a lo desconocido, como un pacto con el interior. Accediendo a los ecos más remotos de nuestro inconsciente cromático. Aquellos jirones de color puro tatuados en la retina del niño.

Armonía, plenitud, calma, se percibe un extraño sosiego. Un mundo que no está contaminado por el ruido. El color desprende sensaciones singulares, postula atmósferas, crea climas. Cada obra establece un diálogo sereno, un hermoso pacto a modo de ritual cromático. Somos testigos de ese acuerdo, de una alianza entre territorios poderosos. Campos de color ubicados en un genuino minifundio perceptivo. Reflejan sus obras una realidad estática que la interacción hace vibrar, con sus oscilaciones dinámicas  y sugerentes contaminaciones fronterizas. El vaivén óptico hace que algunos colores parezcan acercarse hacia el espectador mientras otros retroceden. Por otro lado hay un impulso hacia arriba en la composición, existe un vector ascensional nítidamente subrayado en Rothko. Escaleras de un color que asciende, peldaños buscando siempre la luz. Una partitura musical establece gradaciones y ritmos ingrávidos. Nos conduce al acto de sublimación del color como fusión. Espacio de encuentro, intercambio y diálogo concentrado en pautadas dosis. Una relación tímbrica crea amplias atmósferas de luz color.

Los cuadros del pintor nos atraviesan con sus colores expansivos. Colores-luz en plenitud, donde no hay huellas ni rastro del gesto. Las superficies parecen táctiles y homogéneas. La piel del cuadro respira sosiego, transmite una rara sensación de serenidad y reposo.

El-ojo-que-mira se detiene con asombro frente a estos muros de color. Podemos agotar los términos de la constelación semántica de la palabra sosiego. Una serenidad demorada, una lentitud que nos habla de reposo. Una relajada disposición a poner la mente en blanco. Nos dejamos acunar por unas sensaciones difusas que parecen acceder a la inquietante plenitud de lo ilimitado. La identidad percibe coloraciones desmesuradas. Los sentidos se dejan embriagar por la luminosidad abierta. Por un leve zumbido cromático. Una percepción difusa toma cuerpo. Nos deslizamos por la porosidad suave de las amplias superficies coloreadas.

[…]

Continúa leyendo este artículo en fronteraD.

Antón Patiño nació en Monforte de Lemos, Lugo, en1957. Artista visual y escritor. Miembro fundador de Atlántica, ha realizado exposiciones en galerías y museos de Ámsterdam, Boston, Estocolmo, Nueva York, París, Burdeos, Zúrich, Madrid, Barcelona, Oporto, Hamburgo, Stuttgart… Su trabajo fue definido por el crítico norteamericano Donald Kuspit como «expresionista conceptual». Hay obras suyas en diferentes colecciones públicas como Museo Reina Sofía, CGAC, MEIAC y MACBA. Es autor de libros como Xeometría líquida, Mapa ingrávido Caosmos; el poemario  Océano e silencio y ensayos sobre Reimundo Patiño, Uxío Novoneyra y Urbano Lugrís. Sobre el poeta Lois Pereiro escribió Radiografía do abismo y Dicionario de sombras (Espiral Maior). Sus últimos libros publicados son Teoría do riso (Xerais) y Escritos de un sonámbulo (Caballo de Troya).


Segundaantolojía (Los libros de fronterad, 2017) ya está disponible. Lo puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en la generosa red de librerías con las que trabajamos.

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.