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El asco y el Kronen. Por Raquel Blanco

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Por Raquel Blanco

En 1994, año en el que se publicó Historias del Kronenno leíamos a escritores vivos, menos aún si salían en los medios, habían sido premiados o estaban de moda por algún motivo. Es decir, leíamos a Umbral, sí, por las risas, creo, su columna en el periódico. Era insoportable. Hace no mucho salía en algún periódico la anéctoda: «¿Me puedes preparar la merienda? Es que no está mi mujer», le decía el ínclito a un periodista, contaban, que había ido a entrevistarle. Umbral, Pumares, incluso Camilo José Cela en el ABC, que yo compraba y leía con devoción cada domingo, era el más literario; me llevaba también El país, El mundo, los Gal, Corcuera, Roldán.

Historias del KronenEspaña era, sin duda, un país desquiciado, un país en quiebra moral. Lo que se entendía por «la izquierda», en el poder durante todos esos años, llegó en los primeros noventa a su máxima expresión. A Mañas, Loriga, Lucía Etxebarría, Pedro Maestre… no los leíamos. No se nos pasaba por la cabeza leer este tipo de libros. Si estaban vivos y escribían en serio… no. Estaban en todas las mesas de novedades de las librerías, y nosotros éramos diferentes, toda nuestra identidad, nuestra razón de ser, se sustentaba sobre esa cultivada distancia. De manera que no teníamos ni idea de lo que nos parecíamos a Carlos, a los muchachos que frecuentaban el kronen. Ellos, digo, yo era atrezo, una mujer que tendría que llegar a ser madre para comprender y pelear por su lugar en el mundo, pero eso es otra historia; una «cerda» que renegaba de su sexo, que quería y no podía ser tratada como uno más.

Sin haberlo leído sí criticado, desde esa distancia que se toma el ignorante para pontificar sobre lo que cree intuir pero no conoce, cómo íbamos a saberlo, a sospechar siquiera el perfecto retrato que había pergeñado Mañas, sin esfuerzo aparente, del tirón. En la panda, lo recuerdo bien, había uno que se había visto Henri retrato de un asesino qué sé yo la de veces. Flipaba tanto con la película como ridículo resulta ahora, seguramente también entonces. Había otro que de vez en cuando nos contaba anécdotas sobre «la criada», era como llamaba a su propia filipina, a la pobre mujer —mujeres, cambiaban con frecuencia— que trabajaba en aquella casa. El señor padre, por lo visto, no salía de su habitación cuando estaba la filipina limpiando. Y por lo visto era divertido. Como lo de la merienda de Umbral. Qué de risas. Y yo no sabía, era así de joven, no tenía localizado, por qué no me reía, por qué no me hacían puta gracia las historias de las filipinas. La filipina era yo: limpiaba y atendía a unos niños por lo justo para pagar el alquiler, la comida, los libros, la Universidad. No sé, no lo recuerdo exactamente, por qué acabé saliendo con una panda en la que había tanto niño pijo y cabrón. Creo que fue por un novio que tuve, mi primer novio, el mejor, el único que me quiso. Era amigo de la infancia de otro que tenía relación con el resto. Algo así. Dos o tres tenían una situación económica no diré que tan apurada como la mía (no tenían que trabajar para poder ir a la facultad), pero el resto… El resto era Historias del kronen. Una película espeluznante que vi en su día como si estuviera viendo un programa de la 2 sobre alguna tribu africana; me negaba a ver lo que estaba viendo, supongo, un documental sobre nuestras vidas.

La indolencia, la falta absoluta de ningún tipo de cuestionamiento moral acerca de uno mismo, de su responsabilidad como ser humano en el devenir del mundo. Las mujeres de la panda, las cerdas, en nuestro caso ni siquiera tenían nombre. Eran la novia de este o de aquel. Uno llegó a cruzarle la cara a la suya. Nos enteramos todos y todas. Pero daba igual. No pasó nada. Mientras Carlos metía mano a Cayetana Guillén Cuervo en el ascensor, uno de los nuestros, el que imitaba a Val Kilmer en la película de Oliver Stone como un profesional, un mimetismo que aún sorprende al volver a revisar la cinta, intentaba y conseguía meterme mano cuando mi novio, mi primer novio, el mejor, el que más me quiso, no miraba. Una vez le pregunté, no sé si a él o al de las criadas filipinas o no, que qué votaban. «Soy progresista», me dijo Val Kilmer.

Ahora que me he puesto a leer la novela con la tranquilidad que merecían estas líneas, entiendo que su valor estriba, no me cabe duda, en la absoluta falta de concesiones a la fabulación, no inventa nada, da cuenta exacta: lo que cuenta pasó, fue real. Éramos así. Dábamos todo ese asco. Incluso más.


Historias de Kronen está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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