El alienista. Por Karen Reicher

El libro y su contexto. Publica Kafkian

El Alienista, de Machado de Assís, es una novela corta sobre la locura, el cientificismo y el poder. La trama se desarrolla a partir de los esfuerzos científicos de un importante médico portugués, el Dr. Simão Bacamarte, cuya obsesión por la búsqueda de un método universal para tratar y curar los trastornos mentales lleva a los habitantes del pequeño pueblo de Itaguaí al terror, a la conspiración y a los intentos de revolución. Al poco tiempo, el Dr. Bacamarte comienza a ampliar las categorías de enfermos mentales y pone en tela de juicio el mismo juicio. El Alienista tiene como tema la crítica del cientificismo arbitrario y su influencia en elementos políticos y culturales. Machado de Assís es un escritor icónico de la cultura brasileño, primer presidente de la Academia de las Letras, brillante, autodidacta, negro, aunque muchos se esforzaron en que no se notase.

Este libro lo leí a mis quince años. Y desde el 2020 he vuelto mentalmente a sus páginas. Las luchas intestinas sobre quién legitima qué, qué batas blancas se imponen, a quiénes debemos aplaudir y a quiénes debemos cancelar me remitían a la clave de humor que sobrevuela El Alienista. El libro es de 1881, donde la esclavitud aún era una realidad. Ahora como entonces, sigo creyendo que hay maestros como Machado, que transitan canales, túneles y cloacas dentro del sistema y su arte está por encima de los supuestos «sentidos comunes», de los sermones, de la fe ciega en un cientificismo sin debate de alto nivel, parecido al que vivimos hoy, el del bar, el de los cuñados, de los medios de comunicación y de las grandes instituciones. Editar este libro es un afán de rescate con una media sonrisa burlona. Ni eso, es solo un guiño de complicidad.

Fragmento

Doña Evarista bajó los ojos con ejemplar modestia. Dos señoras que encontraron el galanteo excesivo y audaz, interrogaron los ojos del dueño de casa; y en verdad, el gesto del alienista les pareció ensombrecido por la desconfianza, las amenazas, y posiblemente, la sangre. El atrevimiento fue grande, pensaron las dos damas. Y una y otra pedían a Dios que evitase cualquier desenlace trágico, o que por lo menos lo postergase hasta el día siguiente. Sí, que lo postergase. Una de ellas, la más piadosa, llegó a admitir para sus adentros que doña Evarista no podía ser objeto de ninguna sospecha, tan lejos estaba de ser atrayente o bonita. No era más que agua tibia. Verdad es que en cuestión de gustos no hay nada escrito. Esta idea la hizo temblar nuevamente, aunque menos; menos porque el alienista sonreía ahora a Martín Brito, y mientras todos se incorporaban, se aproximó a él y le habló del discurso. No le negó que era una improvisación brillante, llena de matices magníficos. ¿Realmente era suya la idea relativa al nacimiento de doña Evarista, o la habrá encontrado en algún autor que…? No, señor; era efectivamente de él; la encontró en aquella oportunidad y le había parecido apropiada para una alocución de circunstancia como aquélla. Por lo demás, sus ideas eran siempre más atrevidas que tiernas o jocosas. Tenía facilidad para lo épico. Una vez, por ejemplo, compuso una oda a la caída del marqués de Pombal, en que decía que ese ministro era «el dragón aspérrimo de la Nada», aplastado por las «garras vengadoras del Todo»; y así otras, más o menos fuera de lo común; le gustaban las ideas sublimes y raras, las imágenes grandes y nobles… «¡Pobre muchacho!», pensó el alienista y prosiguió diciéndose: «Se trata, es evidente, de un caso de lesión cerebral; fenómeno que no reviste gravedad pero que sí es digno de estudio…».

Doña Evarista quedó estupefacta cuando supo, tres días después, que Martín Brito había sido internado en la Casa Verde. ¡Un muchacho que tenía ideas tan encantadoras! Las dos señoras atribuyeron la decisión de Bacamarte a sus celos. No podía ser otra cosa; realmente, el pronunciamiento del muchacho había sido demasiado audaz.
¿Celos? ¿Cómo explicarse, entonces, que poco después fuesen encerrados José Borges do Couto Leme, hombre bien visto; Chico das Cambraias, holgazán emérito; el escribano Fabricio, y algunos otros? El terror se acentuó. No se sabía ya quién estaba sano y quién demente. Las mujeres, cuando sus maridos salían, mandaban encender una vela a Nuestra Señora; y no todos los maridos se sentían seguros; algunos no se animaban a salir sin uno o dos guardaespaldas. Decididamente, aquello era el terror. Quien podía emigraba. Uno de esos fugitivos llegó a ser detenido a doscientos pasos de la villa. Era un muchacho de treinta años, amable, conversador, educado, tanto que era incapaz de saludar a nadie sin llevar su sombrero hasta los pies; en la calle era frecuente verlo recorrer una distancia de diez a veinte brazas para ir a estrechar la mano de un hombre grave, una señora, o a veces un niño, como había sucedido con el hijo del juez-de-fora. Su pasión eran las gentilezas. Por lo demás, debía su buen nombre en la sociedad no sólo a sus dotes personales, que eran realmente excepcionales, como a la noble tenacidad que le permitía perseverar ante uno, dos, cuatro, seis rechazos, caras feas, etcétera. Lo que sucedía era que cada vez que entraba a una casa, no la dejaba más, ni los de la casa lo dejaban a él, tan encantador era Gil Bernardes. Pues bien, pese a saberse tan estimado, Gil Bernardes tuvo miedo cuando le dijeron un día que el alienista lo tenía entre ojos; a la mañana siguiente huyó de la villa, pero lo apresaron de inmediato y lo recluyeron en la Casa Verde.

9788412009538Sobre el libro

Escrita en de 1882, El Alienista es un relato con un humor desternillante que nos sirve como anillo al dedo en tiempos pospandémicos, de posverdad, de negacionismos, polarización, de recortes de libertades y una fe desmedida en el cientificismo de turno. Nos recuerda que estamos todos relegados a bajar los humos de vez en cuando y nuestras verdades absolutas o nuestro comportamiento gregario pueden llegar a tener un grado de ridiculez sana si se sabe apreciar. O todo lo contrario. Hacer un poco de humor con nuestras incongruencias es, por lo menos, profilático. Se trata de una crónica (con muchas comillas) que narra las aventuras científicas del doctor Bacamarte, precursor de la psiquiatría en el Brasil de la última etapa imperial. Su buena voluntad para cambiar el mundo para mejor y sus distinguidas virtudes están al servicio del Pueblo de Itaguaí. La Casa Verde es su templo de innovación. Sin hacer spoiler de este clásico, digamos que es un golpe de maestro que enaltece la inteligencia por descarte.

Autor brasileño, Joaquim María Machado de Assis nació en Río de Janeiro el 21 de junio de 1839. Autodidacta, tartamudo, epiléptico, tempranamente huérfano, con sangre de esclavos libertos y un humor brillante que no amarillea, se fue ganando el apodo de padre del Realismo brasileño. Fue prolífico, escribió poesía, cuentos, narrativa, teatro, además de crónicas periodísticas en los años dorados. Fue fundador y nombrado presidente de la Academia de Letras Brasileña. Su obra es de fundamental importancia para las escuelas literarias brasileñas de los siglos XIX y XX, y tiene actualmente gran interés académico y público, ganándose espacio en el ámbito nacional. Influyó en grandes nombres de las letras, como Olavo Bilac, Lima Barreto, Drummond de Andrade,John Barth, Donald Barthelme, entre otros. Falleció en 1908, en Río.

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