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Dudar al traducir no es un defecto, ni siquiera una virtud: es un deber. Por Paula Zumalacárregui

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Dudar al traducir no es un defecto, ni siquiera una virtud: es un deber, un mandamiento irrenunciable del decálogo del traductor

Por Paula Zumalacárregui Martínez, traductora de El triunfo del huevo, de Sherwood Anderson.

Abordé la traducción de El triunfo del huevo con un respeto rayano en la reverencia. Sherwood Anderson es un clásico estadounidense, un maestro del relato cuya obra influyó en autores como William Faulkner y Ernest Hemingway y cuya colección de cuentos más famosa, Winesburg, Ohio, me había maravillado durante mis estudios de Filología Inglesa. No sé si al ofrecerme la traducción del libro Susana Romanos, la editora de Greylock, era consciente de que, más que hacerme un encargo, me estaba haciendo un regalo.

Dudar al traducir no es un defecto, ni siquiera una virtud: es un deber, un mandamiento irrenunciable del decálogo del traductor. Dudar es casi más importante que saber, puesto que, si estás convencido de saberlo todo, corres, entre otros, el peligro de quedarte en la primera acepción de una palabra, en la más inmediata, esa que en realidad no encaja en tu texto y que, aun así, has conseguido meter con calzador. Sin embargo, esta reverencia por el autor del original puede resultar paralizante a la hora de traducir. Así fue en este caso: al principio me sorprendí dudando no ya de las palabras, sino de mi propia capacidad para desentrañar su significado.

El triunfo del huevo

La traducción de El triunfo del huevo presentó varias dificultades; una de ellas, que los personajes de Anderson —cuya obra estuvo sumamente influida por el psicoanálisis— se mueven por pulsiones que no consiguen explicarse del todo e hilvanan pensamientos a medio formar que son apenas intuiciones, expresiones del inconsciente. Por tanto, era necesario reproducir en la traducción cierta confusión en el discurso.

Además, en el libro conviven textos de distintos estilos, tonos y registros que van desde lo grotesco hasta lo poético pasando por lo filosófico y lo humorístico. Por ejemplo, en el relato «Necesito saber por qué» se imponía mantener el tono coloquial que emplea el narrador en primera persona, pero sin incurrir en anacronismos o en localismos excesivamente pintorescos. El discurso, de carácter oral, está repleto de oraciones coordinadas:

Es temprano y la hierba está brillante de rocío y en otro campo hay un hombre arando y alguien fríe cosas de comer en el cobertizo donde duermen los negros del hipódromo, y los negros sueltan esas risitas y carcajadas suyas y dicen cosas que te hacen reír.

En «El huevo», relato humorístico sobre un hombre que crece en una granja de pollos, aparecen algunos términos inventados:

[L]a mayor parte del dinero que ganaba se lo había gastado en remedios para curar las enfermedades de los pollos, como la Colosal Cura Contra el Cólera de Collins o el ovoestimulador del profesor Bidlow o algún otro preparado…

Después de pasar diez años preocupados por incubadoras que no incubaban y por diminutas —y, a su manera, adorables— bolas de pelusa que crecían hasta alcanzar un estado de pulardez semidesnuda y terminaban muriendo en la gallinez, lo dejamos todo.

Además de poemas enteros, como los que abren y cierran el libro, hay relatos cargados de lirismo en los que Anderson desliza algunos versos en medio de la prosa.

El joven agricultor había labrado muchos acres de tierra negra y fértil.

Se sintió súbitamente seguro de sí mismo.

Labró en profundidad el cuerpo de la joven.

En su tierra temblorosa, caliente y fértil, depositó la semilla de un hijo.

Hay motivos que se repiten a lo largo de distintos relatos y que exigieron de esta traductora una lectura muy atenta. Por ejemplo, la palabra prison se repite hasta siete veces en todo el libro, así que puse cuidado en traducirla siempre como «prisión» para que los sinónimos no terminaran diluyendo el leitmotiv. En «Lámparas sin encender» hay, desde el propio título, referencias continuas a la luz (y, por oposición, a la oscuridad) que reaparecen en el penúltimo texto, una novela corta titulada «De la nada, hacia la nada»:

Rosalind se sentía audaz. Se había convertido en un receptáculo de luz. Era una hacedora de luz. Al verla acercarse, la oscuridad se amedrentaba y se daba a la fuga. Después de que se le ocurriera aquel pensamiento, Rosalind se sintió capaz de correr sin descanso, y casi deseó poder seguir corriendo para siempre y atravesar la tierra, atravesar pueblos y ciudades, ahuyentando la oscuridad con su presencia.

Traducir El triunfo del huevo ha sido un ejercicio formativo. Ya sabía que traducir un clásico como este es una responsabilidad y un privilegio, pero he aprendido dos cosas. La primera, que, a la hora de la verdad, un libro de un autor de este calibre se traduce con los mismos mecanismos que cualquier otro. La segunda, que el miedo es una tenaza que no hace sino constreñir el fluir natural de la traducción, que, parafraseando a Anderson, debe ser «como una hoja que sobrevuela las colinas arrastrado por el viento».


El triunfo del huevo está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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