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Dedicatorias manuscritas o la literatura de los que no son escritores

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UNA DEDICATORIA

En cierta ocasión, le regalé un libro a un amigo. No recuerdo cuál —ni el libro ni el amigo en concreto—. Quizá fuese además un cómic, ahora que lo pienso. No lo sé. Es lo de menos. Letras tenía, eso seguro. Andaba yo perjudicado por algunas jornadas de fiesta, ya bien grandecito, en la edad de ser un maduro interesante, sólo que sin interés ninguno. Y el caso es que me dijo, mi amigo, que le escribiese una dedicatoria y que gracias por el regalo, regalo que posiblemente no se leería nunca… Ni corto ni perezoso, e influido por el Dios Baco —y el Dios de la Cerveza, si existe, y el del Gin-tonic y el Dios del Chupito de Vete Tú a Saber qué Es Eso—, me puse a hacer algo memorable para dejar una impronta en su recuerdo. Intentaba resumir en una sola frase, precisa, alguna vivencia común o producir una especie de energía creativa y alegre en un ingenio de un renglón, o renglón y medio a lo sumo. Lo que salió de allí fue para verlo; toda una página repleta de gilipolleces ininteligibles llenas además de tachones, pues iba yo retocando mi propia obra sobre la marcha como lo hubiera hecho el mismísimo Juan Ramón Jiménez, sólo que cocido y con un Bic Cristal en la diestra y sin Zenobia Camprubí Aymar que me dijese «ya está bien hombre vete para casa, que eres tonto». El resultado fue que no hice una dedicatoria tan larga como el propio libro supongo que porque no daba ya para más a esas horas de la madrugada. Creo, lo juro, es un hecho verídico, que hasta puse flechas aquí y allá llevando a un lugar y otro al desafortunado que tuviese que leer aquello, pues era una dedicatoria en plan «elige tu propia aventura», con muchos caminos que recorrer si uno quería recorrerlos. Pienso ahora en mi amigo en un futuro, alcanzando el libro de la estantería y viendo semejante sandez ahí puesta, posiblemente en el momento en que nuestra amistad haya languidecido por el inexorable paso del tiempo, y preguntándose a sí mismo tanto por el sentido de la vida como por el hijoputa que le destrozó —eso sí, con toda su buena intención— la novela, ensayo, libro de poemas, cómic o qué sé yo con letras que le regalé; pasándoselo a sus hijos, y sus hijos a sus nietos, como muestra del tipo de persona al que hay que evitar en las relaciones sociales en esta España nuestra, por el bien de los libros y por el sencillo discurrir cotidiano de los días.

OTRA DEDICATORIA

Antes de seguir, y si tienen tiempo, vean este vídeo y los sucesivos. El sonido va regular, por no decir que meterse en la calle del infierno de la feria durante seis horas es más sano para el tímpano, pero en él se puede ver a un anciano Carlos Edmundo de Ory soltando perlas cómicas que pueden llevar a la carcajada. Merece la pena dedicarle un rato, de verdad, si uno quiere empezar o terminar la jornada con alegría. Este gran poeta murió hace unos años y ahí andaba en el último tramo de su vida, con la guasa gaditana intacta, aun mejorada por su inteligencia y cosmopolitismo.

Aproximadamente por la época en la que se grabó el vídeo estuvo de visita en mi ciudad, Córdoba, con motivo de un festival de poesía, que todavía hay gente que organiza estas cosas, y se alojó en un hotel donde trabajaba mi hermana Rocío. Cuando lo supe lo celebré, pues es un poeta que me encanta. En sus excesos, creo, ha conseguido escribir algunos de los poemas más sugerentes, misteriosos y fascinantes que se pueden leer en nuestro idioma. Vamos, que rendía admiración sin límites al autor, por ejemplo, de Oro de aire, Belleza Aqueróntica, Lazareto de sueños, Soneto paranoico, Estar contigo es un vocablo insólito o Me vas a dejar triste otra vez como anoche, poemas que no me canso de releer y que seguiré leyendo toda mi vida. El caso es que soy de suyo perezoso y procrastinador, características que considero implícitas en todo hombre de bien, y el hotel estaba en la sierra y yo con estos pelos. Así que le di la antología Música de lobo a mi hermana y le dije que consiguiera la dedicatoria, una dedicatoria por terceros, madre del amor hermoso, a lo que puede llegar la holgazanería y el andalucismo. Además, creía que un tipo de mi edad esperando a un poeta en el vestíbulo de un hotel ofrecía una imagen bastante cercana a una mezcla de incipiente psicopatía, sordidez y otras de ese estilo, pudiendo inquietar al vate, que iría a lo suyo en la cita cultural organizada por el Ayuntamiento.

Dedicatoria Carlos Edmundo de Ory
Dedicatoria de Carlos Edmundo de Ory ilustrada por Laura Lacheroy, una dedicatoria por terceros

Y la verdad es que me arrepiento un poco de ser tan perráncano y dado a la molicie y a los pensamientos extraños, pues contaba mi hermana que el hombre se entusiasmó cuando le pidió la dedicatoria. Pero es que además su esposa, ilustradora de ese mismo libro, me hizo un dibujito precioso en sintonía con el resto que decoran y mejoran la recopilación de su marido. Y ahí está esa página, dedicada por uno de mis poetas preferidos e ilustrada por su estupenda mujer, Laura Lacheroy, mientras seguramente yo estuviese en pijama en mitad de una siesta, perdiéndome la única oportunidad que tuve en la vida de conocer a este impresionante poeta, que además era un cachondo mental. Ay, Dios mío, entendí entonces aquellos poemas de otro gigante, Pessoa: la verdadera historia de cada uno es la de los caminos que no tomó. Hay un universo paralelo donde espero a De Ory en el vestíbulo de ese hotel, y al verlo llegar me digo si no me tomará con un psicópata o alguien sórdido o cosas de ese estilo… o no hay universo paralelo ni nada, yo qué sé.

OTRA DEDICATORIA MÁS

Recordemos aquellos libros de pasatiempos infantiles. Uno de los más populares era aquel que pedía unir varios puntos con un boli o lápiz. Y entonces los unías y salía un dibujito. Era uno de mis preferidos, la verdad, ya que no necesaria ningún tipo de inteligencia ni conocimiento previo y al final el resultado era siempre agradable. Otros, sin embargo, como jeroglíficos, crucigramas, autodefinidos o ejercicios de cálculo, obligaban a utilizar recursos parecidos a los adquiridos en el colegio, asunto que nunca entendí, que se llamase pasatiempo a algo que era como tareas o deberes camuflados. Pero lo de los puntitos… eso sí que me gustaba. Y las siete diferencias también.

Pues un poco como lo de los puntitos son las dedicatorias de seres queridos, sobre todo parejas o exparejas. Ahí tiene usted un libro dedicado por aquel novio o novia con quien acabó fatal o como mínimo regular por un motivo un otro. Y si se unen esas dedicatorias por un boli o lápiz imaginario sale un dibujo naif, como aquellos del pasatiempo, que uniendo relaciones que ya no están forman una imagen de nosotros, pero ya digo, ingenua, sólo de vivencias bonitas, algo tontorrona, desprovista de dolor.

A veces me gusta buscarlos y releer esas dedicatorias, no por tendencia a la flagelación, sino para ver quién fui y ya no seré, o la impresión que otras personas enamoradas tenían de mí y quedaron reflejadas en unas líneas. Y se ven las distintas edades, los pasos del tiempo, las etapas, como los anillos de un árbol. Es un curioso ejercicio. Y como en los libros infantiles, este pasatiempo tiene poco que ver con los más arduos deberes de la vida o sus tristezas. Unes las dedicatorias… y el dibujito siempre resulta agradable, aunque suspires con más profundidad de la cuenta y hasta te pueda dar un hipo. Entre otras, guardo con mucho cariño una dedicatoria con boli dorado en la que dibujaron un perro, o una en inglés mal escrito en un libro sobre piratas. Estoy seguro de que sus autoras no escribieron nunca ninguna otra dedicatoria a otro. Es que estoy seguro, vamos.

LAS ÚLTIMAS DEDICATORIAS

Y también están, claro, las dedicatorias de escritores. Tengo un puñado. Éstas ya corrientes, no por terceros. Curiosamente son las menos imaginativas, las más convencionales. Es normal. Son personas que tienen que estar firmando libros uno detrás de otro, sin tiempo para pensar sobre ellas. Y aunque lo tuviesen son tantas que sencillamente es imposible. Así que suelen terminar por tener unas cuantas que van repitiendo en serie para salir airosos en las presentaciones. Por este motivo digo que las dedicatorias son las novelas de la gente que no se dedica a escribir, el género donde superan a los más reputados novelistas o a los más insignes poetas. Ahí la balanza se equilibra. Que sí, que sí, que tal literato hará unos ensayos impresionantes y unas décimas o espinelas que pasarán a la historia, sí, que no lo niego. ¿Pero quién hace unas dedicatorias mejores que las suyas con correcciones a boli y muchas flechas que conducen a caminos por recorrer al estilo «elige tu propia aventura»? EL NENE.

Y eso es lo que hay. Y que yo en el fondo creo que lo bordé en aquella dedicatoria…*


*Este texto nos va a servir de prólogo a un pequeño proyecto sobre dedicatorias que @librerantes anunciará en unas semanas, o días, o años, depende de Alfredo, quién sabe, tal vez no vea la luz nunca… Eso sí, si la ve, esperamos que participéis, libreros, escritores, cómplices, lectores, amigos (Nota de la editora).


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