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De pronto, ¿qué está ocurriendo? ¿Qué sucede? El sueño de los vencejos

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Paisaje sonoro

Una sensación de leve molestia distingue mi recuerdo más temprano. La persiana está echada, el cuarto completamente a oscuras. Es de noche. Aún no debe de ser muy tarde: siempre me acuestan pronto, tan pronto como se ha puesto el sol.

Me han dejado solo en la cuna, protegida a los pies y en sus dos flancos por altas barandas metálicas. En aquel momento me examino a mí mismo desde lo alto, en un plano cenital, del mismo modo que mis padres se asoman sobre la camita para velar mi sueño. Tal es la singularidad de aquella experiencia: el desdoblamiento de la visión en ese cuarto con las luces apagadas.

Ni lloro ni me quejo; escucho, los ojos abiertos en la oscuridad, un poco fastidiado porque mis pies tropiezan con los barrotes de acero. Para evitar la dureza fría de los barrotes, tengo dos recursos: encogerme, recobrando la posición fetal de no hace tanto, o bien ignorar la sábana y las mantas y dejar por los huecos de la baranda los pies suspendidos en el aire.

Hay un gran silencio. No se oye nada, ni las voces de mis padres y mis dos hermanos ni las de los vecinos, que a veces rompen la quietud a gritos.

Vivimos de alquiler en aquel pequeño bajo de la barriada de José Antonio, en las afueras de Alicante. Es casi un arrabal, un conjunto de casas blancas de cuatro pisos, todas uniformes e igualmente pobres.

El sueño de los vencejosTras la ventana de la habitación donde reposo, por la calle de tierra sin asfaltar, impera el mismo silencio. Soy consciente de que el tamaño de la cuna ha menguado, de que mis piernas han crecido. Y allí me observo, limitándome a atender, vigilando las sombras con los ojos abiertos. Absorto.

Pero este de la cuna es un recuerdo aislado.

Los primeros que se eslabonan en un conjunto casi inextinguible son los sonidos de aquellos años aurorales de mi existencia, desde 1967 hasta junio de 1973. En aquel décimo piso de la calle Los Doscientos del barrio de Benalúa. Allí nos mudamos en 1967. Todos aquellos ecos y resonancias que yo escuchaba formaban un tapiz rumoroso, con algunos enérgicos contrapuntos.

Desde la altura de nuestra vivienda el mundo parecía quedar muy lejos, a mucha distancia de donde estábamos.

Ahora mismo oigo unos vencejos al tiempo que escribo estas líneas, con la ventana de mi estudio abierta. Vuelan pocos metros más arriba, van dejando en torno sus gritos fugitivos. Unas nubes altas e indefinidas blanquean el cielo. Entra un frescor gratificante y se oye el repicar de unas campanas. Un perrillo ladra insistentemente. De pronto, durante unos segundos, se inicia una burbuja de silencio, acompasado desde algún tejado por los trinos monocordes de un gorrión. Una mujer habla con otra en un patio vecino. Los vencejos se retiran; un minuto después vuelven.

Son las nueve menos cuarto de la mañana de este 19 de mayo de 2017. Y sin embargo esta hora me lleva a otra parecida, casi medio siglo atrás: con el chirriar agudo de los vencejos.

Tengo cinco, seis años. La mañana ya está avanzada, casi al filo del mediodía. A los pies del balcón, enfrente, la luz se desploma sobre el extenso muro y el patio de la cárcel, donde los reclusos matan el tiempo. A menudo me asomo para espiarlos. A mi izquierda, la calle desciende hacia las tierras y escombros de las casas de José Antonio y al azul de la bahía. El mar es un friso luminoso bajo el dominio del cielo. Contrasta con las tolvaneras blancas de estas periferias polvorientas. Por el otro lado, al oeste de la ciudad, quedan el cuartel del ejército, las viviendas de La Florida y Ciudad de Asís, las vías del ferrocarril, las sequedades en torno a la sierra de Fontcalent.

La altura de nuestro décimo piso lo convierte en una atalaya. Acabada la comida, de vez en cuando un vencejo rasga con su chillido la calma de la siesta. Es un sonido aislado, como una raya solitaria descrita en el vacío. Siempre que pasa una de aquellas criaturas se prolonga en el aire la sensación de una realidad fugaz y duradera. Los sonidos flotan, igual que las pompas de jabón. Ondulan, y su eco permanece vibrando alrededor como la huella de un instante al margen del tiempo.

Mis padres aún están echados en su dormitorio. Enciendo el televisor, que hay que enmudecer si uno no quiere despertar la cólera de esos dioses. En la pantalla aparecen las imágenes en blanco y negro de dos jugadores disputando un partido de tenis. Son jóvenes, pero para mí son dos adultos entregados a una curiosa lucha que no entiendo. Sus cortas carreras por la arcilla, sus movimientos a uno y otro lado de la pista crean una especie de orden coreográfico. Una acción desplegada en otro universo.

Todo parece suceder en una gran soledad, dentro de un sueño.

Y así es como, por la ventana abierta, entran desde el patio de abajo las canciones de la cárcel, sumidas en cierto onirismo. Algún preso escucha los trémolos de una rumba en la radio, a veces se deslíe en el calor alguna balada melancólica, «Cuando me acaricias», «Nights of white satin», «The house of the rising sun»… Los vencejos, mientras, sobrevuelan los muros del presidio, ajenos a todo, en sus propias órbitas.

Así llegaban los días del verano.

A finales de septiembre las ventanas se cerraban. Las noches entonces eran un inmenso fanal de vidrio, una urna silenciosa. Ocasionalmente algún sonido alcanzaba con lentitud su centro, en el cuarto que compartía con mi hermano. Veo su espalda, frente a mi cama. Está sentado a su mesa de estudio, el flexo encendido, dibujando barcos y peces o acabando sus deberes escolares. El resto de la habitación está en penumbra.

Cada atardecer la retreta del cuartel de San Fernando anuncia el final del día. Antes de dormir hago mis rezos al Padre y al ángel de la guarda. A veces mi hermano me acompaña, charla conmigo, trata de aclarar mis incesantes preguntas, dónde está la China, cuánto viven un elefante o una mosca, quién es ese Dios al que le rezo. Luego vuelve a su escritorio y yo lo observo, mientras poco a poco voy cerrando los ojos y escucho igual que lo hacía en la cuna aquella de nuestro piso alquilado de José Antonio. Entonces es cuando vuelvo a oír la sirena del buque que arriba o zarpa del puerto. Es un toque dilatado, severo, hondo. Tal vez emerge del fondo del mar.

Se ha apagado el flexo. «Buenas noches, hermanito», me dice, ya tendido en su cama. Alguna vez me cuenta historias de peces y de mares, de navegantes, de las islas de Grecia, de las playas polinesias. Monologa, sigue mucho rato hablando a solas.

El silbido de un tren cruza la noche. Noto los latidos de mi corazón en la almohada. Lentos, monótonos, como el traqueteo de los vagones. Todo acaba por dormirse.

De pronto, ¿qué está ocurriendo? ¿Qué sucede? Por nuestra casa dan portazos. Hay gritos coléricos, pasos hostiles, amenazas, luces encendidas, altercados, golpes. Pavor. Como si el mundo fuera a derrumbarse. Por entero.


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