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De profundis. Capítulo 1. Por Salvatore Satta [Para abrir boca]

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I

En enero de 1943, en un vagón de primera clase del tren procedente de Roma, viajaban seis personas cómodamente arrellanadas en las butacas rojas. En el largo pasillo envuelto en tinieblas, unas formas humanas deambulaban en la penumbra, poco dispuestas a pasar toda la noche en pie. De vez en cuando, una de ellas abría la puerta y pedía a los viajeros que se alternasen en el descanso o que, al menos, se estrecharan un poco para crear un cuarto asiento: unas escenas ya habituales que reproducían en ásperas discusiones el eterno conflicto entre justicia y derecho. En el vagón del que hablamos, el amparo de este último había sido asumido por un elegante y corpulento señor que regresaba de la capital tras haber hecho valer su influencia en los ministerios a favor de una empresa armamentística; de verbo veloz y vivaz, se imponía a los alborotadores, y el resto de compañeros de viaje, aunque en el fondo de su corazón sabían que las demandas de los menos afortunados no eran del todo injustas, se mostraban felices de haber encontrado la manera, gracias a la habilidad del defensor, de conservar su sitio manteniendo tranquila la conciencia.

Por un tiempo el viaje pudo continuar sin problemas y los seis viajeros se abandonaron al sueño. Pero cerca de la estación de A… ocurrió un hecho imprevisto que amenazó con arruinar su paz durante el resto del camino. Un gentío inmenso esperaba en el andén y, antes incluso de que el tren se detuviera, su bullicio penetró en el vagón superando el fragor de las ruedas y despertando a los durmientes. Enseguida se vio que el tren estaba a punto de ser asaltado e, intuyendo que sus argumentos ya no tendrían ningún valor, el abogado se apresuró a echar las cortinas de la puerta, fijándolas bien a los ganchos. Pero ya se filtraban desde el pasillo unas blasfemias horribles y, al cabo de un rato, con una blasfemia aún más basta, la puerta se abrió bruscamente de par en par. En la oscuridad aparecieron los blancos muñones de dos soldados1 . El vagón se llenó de un molesto olor a formol y ácido fénico.

Un oficial de mediana edad —uno de los seis durmientes—, al que claramente habían vuelto a llamar a filas hacía poco, se levantó furioso: «¡Vosotros!», gritó «¿cómo os atrevéis a blasfemar?», y envolvió a uno de los soldados con la deslumbrante luz de la linterna. Su rostro, corroído por el frío y el cansancio, expresaba indiferencia, y cuando el oficial, con voz aún más exaltada, le instó a que entregara el documento de viaje, adoptó una expresión entre oscura y sonriente que no hacía prever nada bueno. Entonces el otro soldado entró en la órbita de la luz. «Dáselo», dijo. Y por el tono de su voz, y por la docilidad con la que le obedecieron, enseguida se hizo evidente que, dentro del doloroso vínculo que quizá terminaba con aquel viaje, él había asumido la protección del compañero. El oficial se sumergió en la lectura del documento, mientras que el otro explicaba cómo habían sido obligados, él y otro medio centenar de heridos, a caminar en la oscuridad, sobre piedras, en paralelo al tren, y cómo los «civiles» desde el interior habían tratado de impedir que subieran.

Entretanto, en el vagón, los viajeros habían permanecido sentados, aunque era evidente (podía notarse en sus preocupados rostros) que en la disputa entre derecho y justicia acababa de introducirse un elemento nuevo, que volvía extremadamente dudosa la conservación del asiento. Es cierto que aquellos soldados no pedían nada: simplemente habían abierto la puerta con la esperanza de poder sentarse y ahí se habían quedado, contentos al menos de encontrarse en el tren y de acercarse, aunque fuera de pie, a sus casas; sin embargo, nada aseguraba que en el pasillo no hubiese alguien quisquilloso, alguien inofensivo en caso de estar sentado, pero que en pie podía llegar a experimentar el amor por la patria y armar un peligroso escándalo. Por otra parte, no es que los viajeros fuesen tan perversos como para no sentir cierta emoción ante aquellos infelices, pero ¿para qué están los trenes hospital y militares si luego los soldados vienen a disputar la tranquilidad de los civiles? Un silencio profundo reinaba en el vagón; todos permanecían encadenados al círculo mágico que se proyectaba desde la linterna del oficial. Por fin, el abogado encontró la fórmula que todos estaban esperando. Abandonando la cabeza sobre el respaldo y disponiéndose a retomar el sueño interrumpido, exclamó: «Conste que no era yo quien quería esta guerra».

El oficial seguía leyendo, pero se veía claramente que se había metido en un callejón sin salida y que no sabía cómo salir. El tren aceleraba y aquellos dos desgraciados no lograban mantenerse en equilibrio sobre las piernas vendadas. «Bueno, bueno», dijo al fin, «pero ¿qué necesidad hay de ponerse a blasfemar como unos carreteros?», e hizo ademán de regresar a su asiento. Al verlo libre, sin embargo, comprendió que aquello que para los demás era un gesto de caridad en su caso era un deber: «Venid aquí», dijo, «cabemos todos». Nadie se atrevió a replicar y, de hecho, tras un primer momento de contrariedad, todo el mundo pareció interesarse por la historia de aquellos huéspedes que, hallándose entre personas instruidas, tenían muchas ganas de hablar.

«¿Venís de África?», preguntó el oficial.

«No, de Rusia», respondió el soldado con más autoridad, no sin cierto énfasis. Y casi para demostrar que lo que estaba diciendo era verdad, probó a estirar la pierna vendada. Luego, al retirarla, murmuró: «Nevosmozno».

El nombre de Rusia terminó de excitar a los viajeros, que se volvieron hacia los soldados como buscando en sus ojos la huella de lo que habían visto. Los acribillaron a preguntas sobre la duración del viaje, el desarrollo de la guerra, el frío, las relaciones hostiles entre italianos y alemanes, la retirada y, principalmente, sobre el comunismo. Alguien, ingenuamente, preguntó por Stalin. Les ofrecieron cigarros, hicieron sitio para que el herido pudiera colocar la pierna lo mejor posible.

Ahora bien, aquellos dos soldados no eran más que unos pobres campesinos, y en la mochila, junto con su pequeño botín de guerra, llevaban algunas grandes verdades que podrían haber dejado atónito a su pacífico auditorio. Desde que habían empezado el viaje de regreso, tumbados en las literas del tren, no habían pensado en otra cosa en el día en que podrían revelarlas: durante las largas estancias en hospitales, se las habían transmitido el uno al otro, con silencios más que con palabras; habían sentido cómo su importancia crecía según se acercaban. Pero por desgracia a los dos soldados les había faltado un pentecostés y, llegado el momento de hablar ante aquella humanidad encerrada en el vagón, las palabras empezaron a titubear. El pensamiento se embrollaba y en lo más profundo comprendían que entre ellos y los demás hombres, los hombres que no habían compartido la misma experiencia, se levantaba un muro que nunca lograrían franquear. Así, empezaron contando cosas ridículas (que sonaban importantísimas para los que escuchaban) como, por ejemplo, que para clavar los postes de la alambrada allí no se necesitaba ni cal ni cemento, sino que bastaba con hacer un hoyo en el suelo y llenarlo de agua: una hora después, el hielo inmovilizaba los postes como en una roca. Solo cuando la conversación se adentró en la historia de la retirada, por un momento, parecieron volver a encontrar el recuerdo de aquello que creían perdido.

La zona asignada a la compañía se encontraba en un pueblo abandonado, a unos kilómetros del Don. Durante meses y meses habían mantenido aquella posición, frustrando toda tentativa de los rusos de desplegarse a este lado del río. La compañía había sido renovada en al menos diez ocasiones y de los viejos no quedaban más que ellos dos. Llegado el invierno, los soldados habían empezado a notar con terror que las ametralladoras, tras unos pocos disparos, se atascaban. Habían telefoneado a los mandos, enviado mensajes y quejas, pero nadie había contestado. Y luego el teniente los había hecho llamar y se había puesto a hablar de la muerte de una forma tal que todo el mundo había comenzado a llorar. Aguantaron al enemigo un mes más, hasta que un día vieron largas filas de camiones corriendo en desbandada por la gran carretera que se dirigía hacia occidente: eran los alemanes en retirada. Los pocos de ellos que quedaban bajaron hacia la carretera, a la espera de que los alemanes los llevaran consigo, pero vieron que las ametralladoras se dirigían a sus caras y el teniente, que en un acceso de ira había subido sobre un camión en marcha, se encontró con las manos hechas pedazos por el golpe de un fusil. Tuvieron, pues, que avanzar a través del hielo y la nieve por campos sin fin. Hacia la noche, alcanzaron una isba: no eran más que seis. Llamaron durante mucho tiempo, pero nadie contestó. Estaban a punto de derribar la puerta cuando escucharon una voz lejana, casi subterránea: «Italianzi, italianzi…». Enseguida la puerta se abrió y, poco después, estaban tumbados al lado de una estufa, mientras una vieja campesina les frotaba con vodka los brazos y las piernas.

«Los rusos son así, ¿entonces?», dijo el abogado.

Quizá este punto formaba parte de su verdad, porque los soldados experimentaron como un arrebato de emoción que volvió aún más penosas sus palabras. «Los rusos son buena gente», dijeron. «Más de una vez, durante la retirada, caímos en sus manos, pero siempre nos liberaron y nos indicaron el trayecto que teníamos que recorrer. En una ocasión nos enseñaron el camino de una colina: nosotros nos encaminamos hacia allá y ellos nos acompañaron con el fuego de las ametralladoras; las balas caían a pocos metros de nosotros, a izquierda y derecha, pero ninguno salió herido. Otra vez nos cogieron con un grupo de alemanes y a ellos los obligaron a trasladar las camillas de los italianos heridos o enfermos. El día que fuimos heridos nosotros dos, después de curarnos, nos escoltaron hasta el hospital de sangre más cercano».

«Pero, entonces, ¿qué hacíais luchando contra ellos? ¿Por qué seguís luchando?».

Estas palabras las había pronunciado el abogado con un mal disimulado sentimiento de rabia, como si la culpa de la guerra fuese justo de aquella pareja de desgraciados que ignoraba lo que habría hecho él de estar en su lugar, en el desierto de nieve, en vez de en un vagón rojo de primera clase. Los dos se miraron atónitos; luego, bajaron los ojos hacia los pálidos muñones y se pusieron a hablar y hablar. La verdad que llevaban en la mochila y en el alma presionaba tanto desde dentro, brillaba con tanta claridad en sus miradas, que estaba a punto de explotar, pero la mala suerte quiso que sus palabras salieran más incoherentes que nunca. Contaban que en aquel mundo lejano los soldados italianos se habían cubierto de gloria; que los rusos los llamaban soldados de hierro con armas de madera; que los rusos, ellos sí, tenían armas formidables, fusiles que disparaban centenares de balas por minuto, tanques grandes como barcos; y luego estaba la Katiuska, la Katiuska… quien la había escuchado una vez, ya no volvía a olvidarla. Pero el abogado había dejado de escuchar porque no hay que escuchar a un par de soldados ignorantes. Había abandonado la cabeza sobre el respaldo y de su pequeña boca abierta salían soplos ligeros y tranquilos. Entonces ellos también se quedaron callados y ya no se oyó nada más que el fragor de las ruedas y, desde el pasillo, un removerse como de caballos cansados: era la gente tirada sobre las maletas.

Nota al pie:
1. Cfr. Dante, Inf. XXVIII, 104: «levando i moncherin per l’aura fosca». En la traducción de José María Micó (Barcelona, Acantilado, 2018): «exhibiendo en alto los muñones». [Salvo que se indique lo contrario, Nota de los trad.].

El texto se corresponde con el primer capítulo de De profundis. Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— De profundis en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

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