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Cuántas veces había abierto esa puerta…

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La puerta

Una puerta de madera marrón, lisa, con muchas manchas oscuras. Una puerta como las que hay por todas partes, por todas partes. Una puerta.

No, un poder oscuro, hostil, con muchas manchas oscuras. Golpea en la cara, contra todo el cuerpo. Una capa, una pared fina, dura.

Y ahí se perdieron las formas maleables de su cuerpo. El constante toqueteo de sus manos se detuvo. Fue aplastada hasta convertirse en una superficie, una cosa de la que solo había surgido un terror inmenso que se había quedado quieto fuera, asombrado.

Cuando subió la escalera de la casa pisó las huellas de cientos de pies diligentes que pasaban a diario por allí.

envenenamiento-9788494722745¿Cómo es que había llegado allí? ¿Siempre allí y solo allí, de modo que todo lo demás quedaba fuera?

La luz cegadora penetraba hoy a través de las piedras y de la piel inmóvil de su cuerpo. Las hojas chorreaban un agua deslumbrante y caliente y había un aroma a la sangre de todos los que pasaban por la calle. El azul era muy profundo, compuesto de obstinadas fuerzas.

Ah, la claridad espantosa. Y metida en ella, la puerta de las manchas marrón oscuro. La que jamás, nunca jamás se podrá romper.

Esa puerta ya estaba ahí cuando ella era tan pequeña que tenía que echar la cabeza completamente hacia atrás para ver las ventanas del primer piso. ¿Era la puerta de la habitación de Maria Lazar los niños o la que daba al pasillo oscuro desde la cocina, la que ella no se atrevía a golpear aquella vez que la encerraron allí? La puerta que no se puede destruir jamás de los jamases.

Cuántas veces había abierto esa puerta con manos que no podían creerse su victoria. Apenas una ligera presión sobre el picaporte; y, sin embargo, siempre había tenido el valor de saber que esa puerta en algún momento tendría que estar cerrada con llave. Cada vez había experimentado el horrible momento que hoy se había convertido en realidad. Cerrada con llave.

Hoy no es hoy en absoluto. Siempre fue así, ya lo ha vivido cien mil veces. ¿Acaso no se sale uno del tiempo cuando llega un momento que se figura ser el primero? Un hoy que es eterno —un paso que sale de la vida cálida—, quizá por eso tiene un frío tan horrible. Y tiene que cerrar los ojos mientras la luz del sol le abrasa las pestañas.

Cerrada. Impenetrable.

Atraviesa calles donde el rojo de la tarde devora los muros. Y lo sabe: Al castaño frondoso que está delante de su ventana le han cortado hoy una rama.

La herida del sol de verano ansioso se manifiesta en un blanco cegador.

Ya no puede seguir tanteando. Es así, impenetrable, cerrada. Tengo que pensar, dijo Ruth. Cogió la carta sujeta en la
puerta y pensó: Un sobre demasiado pequeño. ¿Y por qué hace la «R» de Ruth con ese bucle? Se apoderaron de ella unas ganas furiosas de tirar la carta a cualquier parte, quizá a la cuneta. Y ya nunca más…… Pero la sujetó con fuerza y siguió caminando hasta que el inicio del atardecer se mezcló con el polvo de ciudad grande que ascendía despacio, en silencio e implacable.

Dieron las nueve en la torre de la iglesia. Pensó: Madre se enfadará si llego tarde a cenar. Y Richard pondrá esos ojos de sorpresa. No quiero enfadarlos. Pero me siento tan mal como ellos no imaginan que se puede uno sentir.

Notó el olor a comida que salió de la cocina cuando la cocinera abrió la puerta. Y le hubiera gustado saber qué había,
mientras le asomaban lágrimas a los ojos por poder pensar en eso ahora.

No miró a su madre ni a su hermano mientras tragaba en silencio. No oyó las críticas de la hermana. Se embutió a toda prisa trozos grandes y secos y se preguntó: ¿Qué me pasa? Ya no lo sabía.

Pero cuando entró en su habitación, el espejo gritó el nombre de él. Y vio la imagen de ella y cómo se había atado el velo por delante antes de salir. Los libros que estaban encima de la mesa, descuidados y revueltos, y la carpeta rota exhalaban el aroma de él. Y de la pantalla de seda amarilla de la lámpara goteaban los pensamientos nocturnos de ella en colores suaves. Abrió la carta. Y leyó con desprecio sus mentiras.

El espejo gritó el nombre de él. Ella se vio en su interior. Cómo se había atado el velo por delante. Nunca más volverá a ir a verlo así.

Pero sí, mañana irá a verlo, como siempre. Qué le pasa hoy. La carta es tan fácil de entender. Por qué no va a tener un impedimento, de negocios.

Ruth leyó la carta una vez más. El ridículo trazo curvo de la «R» y la inclinación de la «Q» en Querida.

Miente. Pero no importa, siempre lo ha sabido. Y, sin embargo, no puede más.

Así comienza Envenenamiento, de María Lazar.


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