Cuando metía las manos en el fuego mi abuela Emilia no se quemaba

La verdadera patria es la infancia.

Cuando metía las manos en el fuego mi abuela Emilia no se quemaba. Cuando le hacían fotos trataba de hurtarlas, como si le avergonzaran esas manos que eran una enciclopedia del trabajo, de la tierra, de las peras de San Juan, de las conversaciones con las gallinas y los cerdos, del maíz debrullado… Y de las jalletas de coco que escondía para que los nietos acabaran siempre encontrándolas en una caja de latón que encerraba el mayor tesoro que hemos buscado nunca. La añoro como añoro el mar de Vigo sobre todo cuando el invierno lo encrespa de borregos, la lluvia de Coia contra los árboles desnudos que parecían implorar piedad, un cielo pizarroso o azul celeste en una infancia sin fin, y los tranvías blancos y llenos de ámbar al atardecer, a pesar de que nos llevaban al colegio. La añoro como el humo provincial sobre el que cantan los gallos de Olvido García Valdés en un poemario que es ahora mismo un acto de fe: Confía en la gracia.

No he dejado de confiar en esa gracia que no forma parte de la conversación general del mundo. Pero creo que si me ha alumbrado a lo largo de la vida ha sido por el ejemplo y las enseñanzas de mi abuela materna y de todos los que me han ido arropando y acompañado hasta esta página del Faro de Vigo, que fue mi primer pupitre público: en él hice mis primeras prácticas. Al Faro (tantas resonancias de Virginia Woolf en Las olas) ya me asomaba con curiosidad insaciable y de rodillas en una silla en la gran mesa del comedor del número 55 de la calle de Núñez de Balboa, donde pasé junto a nueve primos carnales no sé si los mejores años de mi vida, pero sí los más inocentes. Mi lado más amable nació en ese tiempo y en ese espacio, aunque no haya dejado de cambiar (no siempre a peor) desde que el 12 de septiembre de 1958 me nacieran en una preciosa casa algo más arriba de Núñez de Balboa, en la plaza de la Consolación, cuando Coia tenía palco de música y alameda en la que convivían vacas y vecinos. Si la infancia es un país, entonces era la casa de la abuela Emilia. ¿A ese país quiere volver este viaje? Sí, pero sin nostalgia.

¿Dónde reside la gracia? Acaso en la Escuela Lírica de Caminha de la que escribe un portugués que siempre he sentido como si fuera un tío lejano, Eça de Queirós, en su tristísima Os Maias, una novela que me bebí como se bebe el vino del país, algo de niebla y amargor hecho de mimbres que no han secado bien, los que mi abuela apañaba como una tarea más: daban sentido a una vida para la que no necesitaba pararse a pensar. Por eso cuando llegó su hora dijo que no quería vivir más. No quería ser una carga para nadie. Nunca lo fue. Y se apagó como vivió: sin estridencias. Como una luz de invierno, su gracia me baña las manos. Con el vimbio nos azotaban nuestras madres («a la noche se pescan los pájaros») cuando nos lo habíamos ganado a pulso. No parece que hayamos quedado traumados por el leve látigo vegetal en nuestras nalgas. Emilia se limitaba a vivir con todas las consecuencias, incluso cuando se deshacía el sempiterno moño para lavarse el pelo y después peitearse a orillas de la máquina de coser, junto a la ventana que daba al patio de cemento, donde llovía como solo llueve en el pasado y en las novelas y la infancia era eso: mi abuela, con las manos escoriadas de hablar de tú a tú con la tierra y los animales, de explicarse con el fuego. Peinándose la larga cabellera de plata quemada, agachada por las horquillas, sin que sus ojos dejaran de mirarme como nadie nos ha mirado nunca, a mis primos y a mis hermanos, en aquella república de las hogueras, los nogales, el manzano de la Consolación, la higuera de las brevas y su espantapájaros de latas y bidones, los maizales, el tiempo inagotable… Cuando nos pasábamos temporadas enteras en las ramas contemplando el cielo nocturno, la Vía Láctea desde el cenador, haciéndonos las mismas preguntas que ahora, más de medio siglo después, nos seguimos haciendo, aunque con menos urgencia e intensidad. Como niños eternos y perplejos. ¿Quiénes somos?  ¿De dónde venimos? ¿Para qué estamos aquí? Ni siquiera la vecindad del océano nos ayudaba a encontrar una respuesta que llevarnos a la cama cuando éramos buenos, y cuando ya hemos conocido la muerte de seres muy queridos, y cuando he tenido la mala fortuna de verla de cerca porque cuando me hice periodista y empecé a escribir en Faro de Vigo no sabía que también iba a tener que acercarme al dolor de los demás en Sarajevo, en Ruanda, en Nueva York…

*Este fragmento pertenece al primer capítulo del libro Cuaderno de viaje al país natal (La umbría y la solana, 2022).
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cuaderno de viaje al país natal«Para viajar por Galicia y contarla, Alfonso Armada, que es reportero, poeta y caminante, se apoya en los demás: los que la escribieron antes que él, los que la escriben al mismo tiempo que él y los que la escribirán después de él, esos personajes, anónimos o no, que se encuentra en su camino mientras él pisa sus huellas o las borra a fuerza de andar, ver y contar, que es la única preceptiva del oficio según dejó dicho Chaves Nogales. Los viajes interminables son aquellos que pueden ser contados de interminable manera. Esta crónica que tiene el lector entre sus manos es una de las mejores porque en ella hay la mezcla exacta de paciencia, encanto y talento que se necesita para contar una tierra de la que pocos saben que en realidad no existe, que en realidad sólo existe en la medida en que uno pueda inventarla». Manuel Jabois

Alfonso Armada (Vigo, 1958). Estudió periodismo en la Universidad Complutense de Madrid e hizo sus primeras prácticas profesionales en el Faro de Vigo, periódico que junto a La opinión A Coruña —ambos del grupo Prensa Ibérica—, propiciaron este libro. Ha trabajado en El País y Abc y fundó la revista fronterad. Es autor de los libros en gallego Lisboa (Aguatinta), Mar Atlántico. Diario dunha travesía (Alento), así como de los poemarios Escuma dos dentros, Poemas 1975-1983 (Sotelo Blanco), Pita velenosa, porta dos azares (Diputación de Pontevedra) y TSC. Diario da noite (Xerais). Sus últimas obras en castellano son El Celta no tiene la culpa (Libros del K.O.) y El arte de la entrevista. De David Bowie a Adam Zagajewski (Turner), y los poemarios Cuánto pesa una cabeza humana. Diario de un virus coronado por el miedo (Vaso Roto), El mecanismo de las mareas (Juancaballos, con dibujos de Ramón Trigo y fotografías de Eduardo Armada) y La vida es una carretera secundaria (Stendhal Books, con fotografías de Corina Arranz).

 

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