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Cuando la gente de ciudad va a los pueblos

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Decidimos andar de un lado para otro, y nuestra primera salida fue a la Vera de Cáceres, a un pequeño pueblo llamado Viandar. El viaje lo hicimos de noche, saliendo Bilbao hacia las tres de la madrugada y manteniendo durante casi todo el trayecto una conversación doblemente nocturna: nocturna por la hora  o las horas en que se desarrolló; nocturna también por el tono a veces íntimo, a veces metafísico que los tres que íbamos en el coche nos encargamos de imprimir a nuestras palabras. Cuando hicimos la primera parada y salimos del coche a estirar las piernas —creo que era por Cigales, en Valladolid—, Margarita explicó que la expresión «bóveda celeste» le había resultado inexacta hasta el día en que, saliendo del País Vasco, donde el cielo parece hecho a trozos y siempre plano, permaneció una temporada en Castilla y pudo comprobar su curvatura. Mikel, que ya en el coche nos había estado hablando de cuestiones celestes y que parecía muy impresionado con las noticias sobre el cometa Haley, aprovechó el comentario de Margarita para decir algo que a mí me pareció interesante. Dijo que el Misterio, con mayúsculas, resultaba muchas veces imposible de percibir, y que para llegar a ser por ejemplo un Blake o u un Hölderlin hacía falta no solo un talento especial sino también, y sobre todo, una preparación tan larga y paciente como la de los monjes tibetanos; pero que, sin embargo, existían días para rozar ese Misterio y sentir enseguida el vértigo que suele provocar dicho roce, siendo la más sencilla de las vías la astronómica.  «Basta con poco de imaginación», dijo Mikel. «Basta con pensar que estamos dentro de una bola que se mueve por el espacio, y que en ese espacio, un poco más lejos, hay otra bola que además es de diferente color, y luego otra, y luego otras más, y seguir así durante un rato, saltando de un planeta a otro y de una estrella a otra. Entonces, cuando tu imaginación ya te ha transportado muy lejos, vas y te haces la pregunta: todas esas bolas, todos esos espacios, ¿dónde están?, ¿dentro de qué están? Lo más normal es que a la pregunta le siga una especie de ofuscación, como cuando te despiertas de golpe o como cuando te llevas un susto, y que luego, al mirar alrededor y ver un coche o una casa, te sientas un poco raro y como ajeno a eso que estás viendo».

Estuvimos de acuerdo. Margarita añadió que la experiencia resultaba ahora, gracias a la televisión y al cine, más asequible que en épocas pasadas, porque la imaginación contaba con apoyos visuales, y que el día en que ella fue a ver la película de de Kubrick 2001, odisea en el espacio salió tan tocada del cine que no acertó a encontrar el camino de casa lo menos durante media hora: las imágenes de la película le impedían recordar las de toda su vida. Por mi parte, no me sentía muy inspirado y lo único que aporté a la conversación fue algo que parecía describir con exactitud lo que ellos me contaban, una frase que Carson McCullers escribió sobre una persona que, de vuelta a la ciudad de su juventud, se pone a repasar su antigua agenda de direcciones para acabar dándose cuenta de que no puede o no quiere llamar a ninguna de sus amistades de entonces: «Tuvo una sensación tránsito, de azar, casi de miedo». Y con esa cita llegamos a Ávila. Amanecía, y la claridad del aire, que sólo llegaba hasta los tejados y las almenas de la muralla, hacía que la ciudad pareciese espectral.

La idea que teníamos de Extremadura era tan equivocada que entramos en la Vera de Cáceres haciendo honor al Bobo famoso. Por ejemplo —ejemplo de bobería—, nos llamó poderosamente la atención un pájaro muy parecido a las golondrinas pero que, a diferencia de estas, lucía un plumaje de colores muy chillones. Por alguna razón, decidimos que se trataba de un pájaro tropical, de la familia de los loros, y en esos términos, o en peores, se lo comentamos al anciano que estaba sentado a la entrada del bar donde desayunamos. «¿Hace mucho tiempo que hicieron la repoblación?», le dijimos señalándole los tres ejemplares que en aquel momento volaban por encima de nosotros. Uno de ellos dejaba una estela naranja en el aire; los otros dos eran verdes con cuadraditos rojos. «No les entiendo», respondió el anciano. «Hablamos de los pájaros, de los loros estos, si se han aclimatado bien a esta zona», insistimos. «No son loros, sino abejarucos y lo únicos que necesitan aclimatación son ustedes». El anciano bajó los ojos hasta la matrícula del coche y los tres nos sentimos como metidos en un chiste de bilbaínos.

Fragmento del primer capítulo de Horas extras, de Bernardo Atxaga.


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