Comenzar a leer Los memorables, de Lídia Jorge

La fábula

El antiguo embajador estaba vestido de seda y, por extraño que parezca, el camino por el que llegaría hasta los memorables comenzó en el vaso de whisky escocés que sostenía en sus manos. El mismo líquido circulaba por los vasos de quienes lo acompañaban, y tal vez por eso mismo las risotadas que sonaron en el amplio salón de la casa habían sido tan desabridas, cuando el anfitrión dijo a quien tenía más cerca: «Protegido, ahora que unos cuantos mercaderes están empeñados en demostrar que la Tierra es plana, no faltará quien venga con que la historia es redonda. ¿Veis cómo se construye una bonita mentira? La Tierra lisa como una servilleta y la historia sin extremo por donde agarrarla, como si fuese una esfera. Y ahora, tú, Bob, ¿cómo vas a deshacer un embuste tan bien montado?».

Los hombres que lo acompañaban se desternillaron de risa. Después llamaron a la portuguesa para que se riese también. Ella dejó el rincón donde se encontraba y se incorporó al grupo que se divertía alrededor del anfitrión; pero, en poco tiempo, en aquella sala solo quedarían el hombre vestido de seda, el protegido Robert Peterson y ella o, mejor dicho, yo misma. Entonces el silencio allí dentro, en contraste con la alegría que se propagaba por otras partes de la casa, creó una pausa entre nosotros demasiado prolongada, hasta que el mentor, con un gesto amistoso, me llamó hacia el gran ventanal. Afuera, unos hilillos blancos habían comenzado a volar con unas horas de retraso respecto a la previsión de la meteorología, y al antiguo embajador le parecía interesante que yo asistiese a su llegada. Dijo: «Acérquese aquí, Miss Machado, venga a ver lo que está cayendo del cielo en nuestro jardín». Yo fui y allí nos quedamos los tres al lado del cristal, tocados por la magia y la melancolía.

Pero esa fina contemplación delante del anuncio de nieve no duró ni un instante. El mentor en seguida se desprendió de aquel clima de fascinación y preguntó a Bob, como si la nieve no existiese y yo no estuviese allí: «A propósito, protegido, ¿qué ha decidido ella sobre el asunto que te propuse?». Y empezaron ambos a intercambiar impresiones sobre el calendario de los futuros desplazamientos a los países del desierto, allí donde, después de seis meses, la guerra continuaba sin descanso ni un final a la vista. La salida estaba marcada, la escala cerrada. Obstinado, el mentor insistió: «No pierdas de vista que a ella se la podría sustituir en esta misión. Miles de jóvenes reporteros de su edad van en este instante camino de los desiertos para hablar con las viudas de los mártires. ¿Qué va a indagar ella allí que otras no puedan hacerlo en su lugar?». Mentor y protegido hablaban en inglés y de nuevo aquel she era yo. Hasta que el hombre vestido de seda inició una larga exposición sobre el vicio de hacer reportajes de batallas.

Nos sentamos.

El anfitrión hablaba con el vaso en la mano, dándole vueltas, como si fuese un adorno, y yo pensaba que aquel líquido a lo mejor podría no ser whisky sino agua teñida. Pausadamente hacía, dirigiéndose a Bob Peterson, una larga exposición sobre el vicio de cubrir conflictos armados, vicio que se le había pegado a su protegido Bob, y probablemente a todos aquellos que le pasaban por las manos, incluyéndola a ella, la chica que estaba allí. Muy contrariado con el hecho, el mentor empezó a exponer su teoría a propósito de ese triste vicio, que siempre incluía calendarios con sobresaltos, urgencias inaplazables y reporteros imprescindibles. No obstante, podíamos estar bien tranquilos que no nos habría de faltar a lo largo de nuestra vida asunto que cubrir, y en cuanto a matanzas y viudas, en cualquier tiempo y lugar, siempre las tendríamos para infelicidad de todos. Precisamente para contrarrestar la permanente ley de la reincidencia, valía la pena escoger de su espiral los momentos de interrupción que de tarde en tarde iban apareciendo. Esto decía el diplomático, y en medio de esa conversación, metódicamente monótona, como si escucharla constituyese una prueba en sí misma, acabó dirigiéndose a mí en portugués: «Miss Machado, le estaba diciendo a mi protegido que no siempre la historia es una pesadilla de la que en vano intentamos despertar para regresar al punto de partida. Fíjese que a veces, aunque sean pocas, la historia también es un sueño agradable, y puede ser tan apaciguador que vale la pena que una persona al despertar intente por todos los medios conservar la imagen para que no se desvanezca. Seamos prácticos. Cuando sucede que nos despertamos en mitad de uno de esos sueños, lo que debemos hacer es mantenernos en estado de alerta, reteniendo la excepcionalidad del momento, prolongándolo en la memoria de forma también excepcional. ¿Tengo o no tengo razón?».

Y volviéndose hacia Bob, se dirigió a él en inglés: «Ya te lo dije, protegido, no hay que desistir. Para empezar, te sugiero una sucesión de cinco o seis episodios, como aquellas series de los buenos tiempos de antaño, cuando tú eras un muchacho genial y lo que producías resultaba aún mejor de lo que planeabas. Algo parecido a La Historia en Vigilia, o cualquier otro nombre parecido. Un primer número, ejemplar, y para ese inicio sugiero a Miss Machado. La joven abriendo la serie con el caso de su país, aquel caso extraordinario que sucedió en su patria, hace ya veinticinco años o más. El tiempo siempre pasando, cada vez más rápido, cada vez más rápido, el tiempo siempre a gran velocidad, ¿no es así, Bob? Acepta el consejo que te doy. Ella debería ir allí, cuanto antes, a recoger el resto de la metralla de flores que aún queda aprisionada entre las piedras de la calzada de Lisboa. Envíala allí, hijo, envíala antes de que sea tarde. Sugiero que la serie se llame La Historia despierta». Y el antiguo embajador levantó el vaso a la altura de los ojos e hizo un largo brindis, como si alguien dentro de aquel salón fuese a tener un hijo.

9788412472936

Sobre Los memorables

«La literatura lava con lágrimas ardientes los ojos fríos de la Historia». Esta frase, con la que Lídia Jorge suele resumir la naturaleza de la narrativa literaria, se aplica perfectamente a esta novela considerada por muchos su magnum opus. Se trata de un libro sobre la Revolución de los Claveles de la que la autora fue testigo próxima, un hecho decisivo en la Historia de Portugal, que marcó el inicio de una serie de cambios en Europa, cambios que representan la democratización de las sociedades del último cuarto del siglo XX, y que la escritora evoca aquí de forma única, transformando la Historia en un escenario transfigurado por la belleza. La forma y la distancia evocan a los héroes de ese día y les confieren el sonido de una balada primitiva que se levanta en el mundo moderno. Como escribió Eduardo Pitta: «Los memorables es una gran novela, no por dar la voz al lado correcto de la Historia, sino por ser ejemplo de la mejor literatura».

Lídia Jorge es una de las escritoras portuguesas más importantes y traducidas de las últimas décadas, su obra ha sido reconocida con los premios portugueses más destacados, así como con galardones europeos y latinoamericanos: el Premio Jean Monet de Literatura Europea, el Albatros de la Fundación Günter Grass, el Premio Unión Latina de Literaturas Romances, el Gran Premio de Literatura DST o el Gran Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances otorgado en el año 2020 en Guadalajara (México). Algunas de sus novelas, como El día de los prodigios, La costa de los murmullos, Los tiempos del esplendor o Estuario (publicada estas tres últimas, en esta Editorial), forman parte del imaginario colectivo de varias generaciones de lectores portugueses. Los memorables, publicada en 2014, le sirve a Lídia Jorge para tratar de nuevo, mediante los instrumentos de la ficción, un hecho histórico como el de la «Revolución de los Claveles». Historia y novela vuelven, pues, a entrecruzar sus territorios y sus perspectivas, así como, en paralelo, a unir el mito y la realidad con sus respectivas construcciones e intereses.

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