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Cisterna

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La cisterna del inodoro goteaba. Hacía semanas que pasaba pero la vida no le daba para más. Todo se le hacía una montaña y suerte aún, pensaba, que no tenía que empujar una piedra enorme hasta arriba de todo, como el desgraciado aquel del cuento. Al principio lo había intentado arreglar de varias maneras: desmontar la tapa, apretar un tornillo, retocar un poco el mecanismo del flotador… se arreglaba unas horas, a veces un par de días, pero el agua volvía a gotear. «La semana que viene llamo al fontanero», se decía, pero siempre salían cosas más urgentes, y lo dejaba para otro día, y luego para otro. Acabó por acostumbrarse al sonido del goteo. 

Una noche la cisterna empezó a perder más agua y le despertó: el plic-plic-plic había dado paso a un rumor, no el simple rumor de un hilillo de agua corriente, no, había un ritmo en aquel murmullo, como el de una conversación, como si alguien hablara a través del agua. En un principio pensó que era una simple ilusión sonora en una cabeza adormilada; luego se despejó un poco y, prestando atención, se dio cuenta de que había algo más que la peculiar cadencia del goteo: sonaba exactamente como cuando su difunta madre la azuzaba para hacer algo. 

Despabilada, paró la oreja un buen rato intentando discernir si había palabras en el agua. No hubo caso. Le fue imposible determinar lo que quiera que fuera que decía el líquido al caer, gota a gota.

Sacudió la cabeza.«Déjate de tontadas», se dijo, «mañana tienes que madrugar». Y se levantó para ver si podía hacer algo para acabar con el ruidito, con tan mala pata que se soltó una pieza y la tubería de la cisterna empezó a salpicar todo el lavabo; el agua pasó del murmullo al grito 

Buscó apresuradamente la llave de paso, pero para cuando pudo cortar el agua, tenía ya un buen chabisque en el lavabo. Empapada y sentada sobre la taza hizo un calculo rápido y decidió que aunque le costara llegar a fin de mes, ya no podía demorar más la llamada al fontanero. 

Al día siguiente, el fontanero solucionó el problema en un pispás. Al ver la cisterna por fin callada, la sensación de alivio fue tal que se sintió estúpida por no haber llamado mucho antes para arreglar un problema tan sencillo. También por dejar, ay que tontaca, que su imaginación hubiera convertido una pequeña fuga de agua en un mensaje apremiante desde la Estigia. 

Aquella noche se acostó satisfecha, apenas le costó conciliar el sueño. 

La despertaron los truenos y el agua. Durante la madrugada un temporal anegó toda la comarca.

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