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Ciertas cenizas. Por María Cureses

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Su pasto y su reposo

I. Agila

Yo pensaba a menudo en quién habría construido la casa. No quién la había hecho construir, eso ya lo sabía, sino quien la había realmente hecho: acarreado el granito de las escaleras, colocado las tejas suaves de un color parecido al de los caramelos, la balaustrada de piedra, que se sombreaba de liquen amarillo justo donde debía…

Habría sido gente del pueblo, probablemente, la que se habría extasiado viendo la inmensidad de los suelos de tarima brillante, y las puertas de cuarterones con sobredorados. Serían los bisabuelos, o tatarabuelos, o más atrás quizá, de esta gente que ahora tiene tiendas, o talleres de coches, y que nos mira cuando llegamos de vacaciones como si nos conociera de toda la vida, y saben nuestros nombres, y los parentescos de unos y otros.

Desde el terrado de atrás, donde se tendía la ropa porque daba al sur, donde jugábamos corriendo entre las sábanas que ondeaban a golpes de viento con ruido de mesanas, se oían los gritos destemplados de las gaviotas durante el día y los aullidos de gatos en celo por la noche. Detrás, en la solana, los galgos dormitaban pegados a la pared, con los hocicos todavía húmedos de los despojos sangrientos que devoraban a la puerta de la cocina.

—¡No subirse al corredor!— Gritaba una criada.

Y nosotros fingíamos no oírla y seguíamos corriendo por las escaleras hasta el último piso, que tenía un olor a polvo, a alcanfor, a baúles de ropa antigua, cajas llenas de cuellos de camisas y pieles de zorro apolilladas que asustaban a mi hermana pequeña con sus ojos de cristal y una pinza bajo el hocico para prenderla en la cola.

—Habrá que pensar en algo— Dijo mi abuela una tarde.

Y todo el mundo se calló, como si de todas las frases absurdas que pronunciaba al cabo del día, solo esa hubiera tenido la virtud de sorprenderles, de dejarles pensando ah, pues es verdad, habrá qué pensar en algo.

Mi abuela, que desde que yo tuve uso de razón se marchaba todas las noches de sábado al casino, y allí, sobre el verde de las mesas, con un revuelo de brillantes en sus dedos de momia, un agujero en cada mano, que decía mi padre, un perder y perder que levantaba los comentarios de toda la ciudad.

—No te haces idea, no tiene fondo

Unos compadecidos de su mala cabeza, otros, contando con los dedos las fincas embargadas, las caserías vendidas, las cosechas cobradas por adelantado a mitad de precio. Y la gente esperando el petardazo final, el día en que, definitivamente, todo se fuera al garete.

—Habrá que pensar en algo

Pero nadie pensaba en nada, porque no había nada qué pensar, porque ella seguiría haciendo lo que le diese la gana, faltaría más, y a pesar de los comentarios de la gente, y de los reproches más o menos soterrados de hijos y de yernos (las nueras no contaban a estos efectos), mi abuela seguía arreglándose los sábados por la noche, poniéndose sus brillantes y sus esmeraldas, y una máscara de pintura (párpados azules de iguana, colorete rosado de pepona, labios rojos de mujer fatal) y unos vestidos que colgaban desde tiempo inmemorial en la oscuridad de cedro del armario, ordenados en perchas de terciopelo negro

—Un Lanvin auténtico, ya quisiera tu madre entrar en este traje, ni medio kilo más que cuando me lo hice

Mientras yo jugaba en el suelo, fascinado por la imagen múltiple de los espejos enfrentados que prolongaban la habitación hasta el infinito, mi cabeza de niño, que apenas llegaba a reflejarse, y la de mi abuela, mirándose de frente y de perfil, ensayando poses y sonrisas que le estiraban la pintura de los labios y le dejaban miles de arrugas al encogerse de nuevo.

—No se puede sonreír, llega una edad que no se puede…

Sobre Ciertas cenizas
9788412239386Ciertas cenizas reflejan en este recueil de quince relatos las notas más características de la obra literaria de María Cureses: atmós­feras y ambientes opresivos a causa de los ecos del pasado y las pesadillas de las que no se logra deshacer la memoria, que pro­pician unas tramas narrativas a veces oníricas o alucinadas. Los personajes aparecen comúnmente cautivos de la repetición de sus propios gestos y acciones, y los paisajes y los interiores son descritos con minuciosa atención a las huellas destructoras que ha dejado en los objetos el paso del tiempo.

María Cureses nació en León y residió en diversos países hasta principios de los años dos mil, cuando fija su residencia en Madrid. Inspectora de Trabajo, ha desempeñado puestos de ámbito internacional en el contexto de su profesión, entre ellos el de miembro de la Comisión de Expertos de la Unión Europea, en la Secretaría General de Comunidades Europeas y en la Dirección General de Asuntos Consulares.

Su actividad como escritora, que deriva de una dedicación constante a la lectura, se ha visto reconocida con algunos premios entre los que se encuentran el Premio Orola 2019, Gaceta de Salamanca 2019, Torre Pacheco 2019, Abacería San Lorenzo de Sevilla 2018, Patricia Sánchez Cuevas 2018 y el Premio de relatos cortos Adolfo Rodríguez 2017.

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