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Chicas, ¿habéis tenido alguna vez un romance con un bandido en el bosque?

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Agnieszka, quién es — el señor del abrigo, quién no es — Pajda, que ni está ni deja de estar, pero contra el cual se ha emitido una orden de busca y captura — pasillos oscuros llenos de mariposas — y un remolque amarillo lleno quizá de caballos.

Chicas, ¿habéis tenido alguna vez un romance con un bandido en el bosque?

Porque yo, sí.

Pero todavía estamos a martes, nada de eso ha sucedido todavía; sigo siendo jefa de un laboratorio, una investigadora, así como voluntaria en una fundación, una activista. Soy una investigadora activista. Desde el autobús parado en el semáforo, observo a dos niños con sus mochilas intentando arrancar el hielo de un charco de agua. Tienen unos grandes trozos en sus manos. El semáforo cambia de color, el autobús se pone en marcha y yo me pregunto para qué necesitan esos trozos de hielo, la única explicación que se me ocurre es que los van a arrojar a los coches que pasan. Vuelvo a la lectura de mi libro, aunque no debería leer en el autobús porque todo lo que leo me altera mucho. Lo que más me altera es la ficción que trata sobre mujeres, aunque ciertas obras científicas también me afectan emocionalmente.

Pequeños zorros

Siento alivio cuando mi autobús vuelve a ponerse en marcha antes de que los muchachos empiecen a arrojar el hielo a los coches que pasan. No descarto practicar algún deporte. Me he dado cuenta de que para describir el estado en el que me encuentro después de la lectura de un libro controvertido recurro a términos psicosomáticos: digo que me tiemblan las piernas o las manos o que, en general, todo mi ser hipercrítico sufre un temblor. Después me siento obligada a menudo a ir a un estante especial para escoger una lectura diferente, conocida, evidente, para tranquilizarme. Lo que más me apetece es Darwin. Creo que me hace falta un poco de movimiento.

A decir verdad, me gusta tomar el aire. Me ayuda a movilizar estructuras de mi cerebro algo anquilosadas temporalmente. Una vez estaba de vacaciones en un pueblo y me vino a la mente de repente una respuesta al comentario que una funcionaria del ministerio había lanzado un año antes en una reunión: iba a informarnos de la fecha de nuestro siguiente encuentro, pero sería innegociable, porque a las señoras de la fundación les sobraba el tiempo. Lo que debería haberle dicho entonces es que ¡las señoras de la fundación estaban dedicando su tiempo libre gratuitamente para arreglar todo lo que larvas gordas como ella estropeaban durante sus horas de trabajo pagado con dinero público! Lo que no sé es si lo hubiera dicho con signos de exclamación o no. En resumen, fue una suerte que esa réplica incisiva no se me hubiese ocurrido en aquel momento, allí mismo, porque hubiera arruinado el efecto pensando en los signos de exclamación.

Es por esas estructuras del cerebro que me pillé un perro. Un westy. Su pelo blanco no provoca alergia. Dos veces al día lo llevo al césped que hay detrás de mi urbanización y una vez al día a un bosque al otro lado de la calle. Es difícil distinguirlo en la nieve.

Precisamente, un día que estaba con mi westy en el bosque veo, como a unos cien metros, a un hombre que se me acerca. Alto, pelo rizado y canoso, pantalón de chándal, una camisa de franela y un abrigo desabrochado que le llega hasta las rodillas.

—¡Hay que ser hijo de puta! —exclama.

Se acerca, me saluda y me explica que se estaba refiriendo a la persona que había tirado la basura en el bosque. Es fácil distinguir la basura en la nieve.

—Allí hay dos pantallas de ordenador más —le digo.

Se nos acerca el perro de ese señor y el señor me pregunta si nuestros perros pueden jugar juntos. Por qué no, aunque su perrito es un poco apático y se limita a dejar que mi westy salte a su alrededor.

—Estamos de luto —me explica el señor—. Tenía una amiga, pero enfermó de cáncer y hubo que sacrificarla. Hice mal porque la enterré delante de él. No se enteró de que era un entierro, el último adiós y todo eso. A fin de cuentas, es solo un perro, no tiene por qué entenderlo.

Unos cien metros más allá, en el bosque, vi una foto de un bulldog en la nieve. El cristal estaba roto, probablemente a causa de la helada. Se me pasó por la cabeza que el lugar era una especie de cementerio de animales, antes del invierno había visto incluso flores allí. Mi westy termina dándose por vencido, el perro del señor con el abrigo desabrochado quiere estar solo.

Durante unos días llevo a mi westy a la pradera al otro lado de mi urbanización. Los cables de alta tensión que recorren la pradera a baja altura no paran de chisporrotear. Me gusta su chisporroteo; gracias a él tengo una pradera a dos pasos de casa en lugar de otra urbanización. Luego vuelvo al bosque.

Una vez, durante el paseo, hice una foto de algo que no entendía. He bajado la imagen al ordenador y la he ampliado, pero sigo sin saber para qué sirve esta instalación. Entre cuatro árboles que formaban más o menos un cuadrado, había colgadas de una fina cuerda unas pequeñas bolsas de plástico llenas de algo que se había congelado en su interior y que incluso en la foto se veía duro. En medio del cuadrado había una piedra grande, pero no una roca, simplemente una piedra, aunque lo suficientemente grande para que no se pudiera pensar que estaba por casualidad en el bosque, para que se viera que la habían traído allí a propósito. Al lado de la piedra, había un bote de metal recortado de modo que la base formaba una especie de empuñadura y los lados, dos hojas oblicuas.

Pues eso, no tengo ni idea.


Este es el primer capítulo de Pequeños zorros que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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