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Cendrars: una prosa imaginativa y personal al margen de las modas y tendencias

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Una mirada literaria al Milieu de entreguerras

Por Fernando Castillo

A mediados de la más que agitada, ya terrible, década de los treinta, cuando la guerra civil europea a la que alude Philipp Blom era ya una realidad, Blaise Cendrars (La Chaux-de-Fonds, Suiza, 1887-París, 1961) estaba de vuelta de casi todo. Tanto, que incluso atravesaba uno de los periodos más complicados de su vida. Desde hace tiempo la biografía de este suizo de nacimiento y francés por vocación, de verdadero nombre Fréderic Sauser Hall, conocido como Freddy, ya estaba repleta de viajes, de aventuras por Rusia y Persia, de idas y vueltas, de fracasos en hacerse rico, de profesiones y experiencias de esas que marcan de verdad, como dejarse el brazo derecho haciendo de poilu en las trincheras de Champagne, donde se celebraban las ferias medievales que por entonces estudiaba Henri Pirenne y que en 1915 intentaban tomar los pickelhaubes del káiser. Si desde entonces Cendrars se equipara a Cervantes y Valle-Inclán, nuestros ilustres lost-handeds, también se igualó a otros escritores a los que la Gran Guerra dejó señalados como Guillaume Apollinaire, Jean Giono, Pierre Drieu La Rochelle o Louis- Ferdinad Céline, por citar solo a los franceses. Cendrars, como ellos, también escribió al respecto de manera que dejó sus vanguardista como autor en 1913 del poema La Prose du Transsibérien et la Petite Jehanne de France –uno de los libros míticos del siglo XX, realizado en colaboración con Sonia Delaunay, de soltera Sonia Terk, la misma a la que nuestro Rafael Cansinos Assens llamó Sofinka Modernuska en El movimiento VP, cuando hacía de musa de los ultraístas con su marido Robert Delaunay y tertuliaba con Ramón Gómez de la Serna en el Café Pombo, en la calle Carretas, junto a la Puerta del Sol–.

Panorama del HampaLuego, tras la guerra y casi a una obra por año, Cendrars desplegó una prosa imaginativa y personal al margen de las modas y tendencias, atendiendo a su mirada y a su idea de la literatura, sin asumir nunca un ápice de academicismo, de profesionalidad esterilizante y formal. Fue un inquieto interesado por todo, desde el cine a los folletines de Fantomas, que desarrolló un lenguaje literario novedoso en el que emplea imágenes tan originales como de gran riqueza. Son unos textos audaces en los que aparecen unos personajes descritos con más fantasía que imaginación, algo característico de toda su obra, en los que siempre está presente su experiencia. Es Blaise Cendrars un astro con vida propia e independiente, de manera que se le puede considerar junto con Louis-Ferdinand Céline, Maurice Sachs y Albert Camus, una de las voces más perdurables y renovadoras de la constelación literaria de Francia en la primera mitad del pasado siglo; y los más vivos de un Parnaso que el paso del tiempo ha disecado de manera implacable.

Blaise Cendrars siempre escribió lo que le apetecía en cada momento, lo que le pareció oportuno, atendiendo a sus intereses literarios y al deseo nunca satisfecho de hacerse rico. Así se entiende la aparición de obras tan diferentes como Kodak (1921), ilustrada por el gran xilógrafo belga Frans Masereel, Moravagine (1926) o El oro (1925). Al mismo tiempo, continuó haciendo lo que había hecho siempre: viajar, en este caso a Brasil, donde pasó seis años, se relacionó con Tarsila do Amaral, Oswald de Andrade y Mário de Andrade y sucumbió al encanto del país. Antes ya había sido uno más de los fascinados  por el exotismo de África, de ahí su Antología negra (1921), traducida en 1930 por Manuel Azaña y editada por Cenit; un libro polémico en el que parece que el principal antologado fue el propio Blaise Cendrars, circunstancia que, según parece, interesó mucho a Max Aub, un experto en estos juegos literarios como demuestra su Jusep Torres Campalans.

Siempre a su modo, Cendrars no esquivó la tentación del periodismo de los llamados grandes reportajes, ese periodismo de investigación y de viajes a veces algo ingenuo, pero que estuvo tan de moda en los años de entreguerras, especialmente en Francia, y que tanta acogida tenía entre los lectores de unos medios de tiradas masivas. Si por un lado tenemos a Paul Morand en plena producción, o Pierre Benoit, por citar unos modelos de viajeros cosmopolitas que solo atienden a lo literario y a los hoteles de lujo  ̶ del Danieli veneciano al Excelsior napolitano, pasando por el Gellert de Budapest, el Londres de Atenas o el George leopolitano ̶ , por el otro tenemos a quienes como Henry de Monfreid, Albert Londres, Joseph Kessel o el propio Blaise Cendrars, prefieren mirar hacia otras zonas más conflictivas y más oscuras, relatar episodios que están más cerca de la exploración y de la aventura que del viaje. No es casual que este mundo en el que coinciden el periodismo, el viaje, la aventura, el mundo de la delincuencia y lo exótico  ̶ ya sea en tierras lejanas o en barrios oscuros ̶ , inspirase al dibujante belga Georges Remí, Hergé, para crear varias de las aventuras de Tintín en los años treinta, publicadas por episodios en el suplemento juvenil del bruselense Le Vingtième Siècle y luego reunidas en álbumes que ya son una referencia. En Tintín-Hergé. Una vida del siglo XX (Madrid, 2011) ya señalamos cómo el joven periodista creado por Hergé se encuentra en Arabia con Henry de Monfreid, quien se dedica al contrabando de armas en Los cigarros del faraón, un álbum cuyo tema de fondo es el tráfico de opio, como en su continuación, El loto azul. Antes, en 1931, el joven periodista conoce a Al Capone y el mundo de los gánsteres de Chicago en Tintín en América, y luego en 1937 a los falsificadores de dinero en el mundo escocés de La isla negra. Todo ello da idea de la popularidad que tenían en los años treinta los asuntos referidos al mundo del hampa como el tráfico de opio, el dinero falso, las armas, la prostitución y el juego, especialmente si se desarrollan en lugares exóticos o en escenarios modernos como el Chicago de los rascacielos. Unos temas que en aquel momento estaban vinculados con los grupos de presión y las sociedades secretas como demuestra el affaire Stavisky, y que se convertirían en los  temas propios del moderno género negro que estaba apareciendo en el cine, el periodismo  y la literatura.

En la decisión de Blaise Cendrars de dedicarse a este pionero periodismo de investigación y a los reportajes viajeros, especialmente marinos y americanos, se encuentran, por un lado, ciertas dudas literarias en relación con sus trabajos anteriores, según señala Gérard Bildan («Les Histoires vraies de Blaise Cendrars: variations textuelles du journal au livre», Cahiers de l’Association internationale des études francaises, 1996, n°48. pp. 109-128). Por otro lado, persisten  las eternas dificultades económicas del escritor, recién retornado de su estancia brasileña, así como algunos problemas personales. No es de extrañar que dada su condición de viajero reconocido, de tipo duro curtido en mil oficios y experiencias, y con un prestigio literario ya asentado en estos años, aceptase las rentables ofertas de periódicos de la importancia de Paris-Soir, Candide, Vu y Excelsior. Así, a lo largo de seis años, entre 1930 y 1936, publica una serie de trabajos dedicados a temas de actualidad como los secretos del mundo de Hollywood, el oscuro caso del empresario Jean Galmot, el primer viaje del paquebote Normandie –una ciudad art decó flotante– o el moderno mundo del hampa, de sesgo tan americano. Todos ellos aparecieron primero en forma de capítulos como folletines periódicos y luego casi todos ellos reunidos en un volumen unitario con diferente título, editados al poco tiempo, lo que aumentaba su difusión y su rentabilidad. En el caso de los textos aparecidos en Paris-Soir, donde su colaboración fue más amplia, fueron reunidos con la consideración de nouvelles, de reportajes literarios, en tres volúmenes —Histoires vraies (1937), La Vie dangereuse (1938), y D’Oultremer à Indigo (1940)– en los que el viaje, el mar, los países exóticos, especialmente de América Latina, las actividades más arriesgadas y sobre todo, la aventura, están presentes.

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Este es un fragmento del prólogo de Panorama del hampa; ya disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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