Entradas en la Categoría

Puentes

Decía el nombre de cada planta equinacea lavándula artemisa y de alguna manera se tranquilizaba. Nombrar para no quedar desnudo frente a un mundo sin nombres. Habrá que inventar una antibotánica que desdiga los herbarios la anatomía forense de las nervaduras.

Baúl de voces e ideas de poetas y editoriales en estado de alarma POESÍAVOZ. Celebramos la iniciativa de la librería Enclave de Libros (Madrid) [Nota de la librería] Seguramente volveremos a vernos dentro …

El baño de la diosa Un libro que puede ayudar a mirar desde otro lado, suprimir la hojarasca innecesaria e impulsarnos a la transformación sin rompernos. Los protagonistas de los relatos que conforman este libro han …

El libro de poemas La muerte de la televisión no será televisada habla de un aspecto de nuestra realidad, el deprimente y mal manejado mundo de la pantalla chica. Es una poesía explícita, que de manera casi burda nos desmembra esta cara de la realidad, en la que permanentemente estamos siendo bombardeados por una información basura, cada día, cada hora, cada segundo. Y que como medio de comunicación masivo, tiene cerca su fecha de expiración.

Fruto del trabajo de seis años, Tania Favela (México, 1970) nos entrega Remar a contracorriente: cinco poéticas, libro que nos ofrece la madurez, la complejidad y la sabiduría de una mirada crítica sobre la poesía contemporánea en nuestra lengua; ejercicio de reflexión, análisis y exploración que, sin descuidar el rigor de la actividad propiamente académica, se enriquece con la impresionabilidad hacia la poesía —y la comprensión profunda de sus mecanismos y responsabilidades— de quien ha practicado durante años la escritura poética. 

Esperando a las librerías Por Susana Romanos, editora de greylock EN ESTOS DÍAS que el tiempo parece que viene más que irse, y ahora que —de entre toda la incertidumbre que nos rodea— …

Pues bien, pensando pensando, se nos ha ocurrido usar este canal para que les compréis los libros a las librerías. Nosotras nos ocupamos del envío. Aquí el listadito de las que forman parte de nuestra red de distribución. Aquí los libros que podéis pedirles (los que forman parte de nuestro catálogo). Se lo compráis a la librería, la librería nos lo pide, y nosotras os lo enviamos. Limpio, fácil, positivo. Todo el mundo gana, el mejor de los negocios. A la librería le vamos a cobrar nada más el sobre y el sello, un euro; esta agerrida distribuidora pone todo lo demás, a saber: la confección del paquetito, un marcapáginas molón y un par de buenas piernas para acercar los pedidos que nos lleguen desde las librerías a la oficina de correos de la calle Mar Caspio de Madrid, que está haciendo una labor que es como para hacer aquí la segunda ola (¡mil gracias!).

Cómo echar una mano. Recibíamos estos días de atrás en nuestro buzón uno de los jugosos correos de «los de Cálamo» —librería de Zaragoza de las de toda la vida, para quienes aún no les conozcáis— donde venía tan bien explicado qué es la Cuenta de librería, su sentido, cómo puede ayudar estos días a las librerías a salir del bache, algo tan sencillo, tan positivo y bonito, que no podíamos no intentar contribuir, al menos, difundiendo la información.

La voz del muchacho se quebró. De pronto irrumpió en llanto. Una fuente de agua caliente brotó de la tierra seca. Desde hacía semanas llevaba con soberbia una careta de hombre adulto, colocada en su rostro por un amor terco y una presunción ingenua: él era el cabeza de familia. Ahora, de pronto, se le había caído la careta y volvía a ser un niño, un niño que tenía miedo…, miedo a quedarse solo.

En enero de 1943, en un vagón de primera clase del tren procedente de Roma, viajaban seis personas cómodamente arrellanadas en las butacas rojas. En el largo pasillo envuelto en tinieblas, unas formas humanas deambulaban en la penumbra, poco dispuestas a pasar toda la noche en pie. De vez en cuando, una de ellas abría la puerta y pedía a los viajeros que concedieran de alternarse en el descanso o que, al menos, se estrecharan un poco para crear un cuarto asiento: unas escenas ya habituales que reproducían en ásperas discusiones el eterno conflicto entre justicia y derecho