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Puentes

[…] Es gracioso, uno empieza pensando que es retraído, sensible, inteligente, siempre humilde y un paso por detrás y todo lo demás; y entonces resulta que, a los treinta, descubre que es un gran bruto integral, incapaz de apreciar algo más sutil que un beso o una patada, que ruge sus hipocresías a voz en grito, con la piel tan gruesa e insensible como un rinoceronte. Al menos, en mi caso. Por eso nunca debes pensar que te critico a ti. Tú siempre tienes razón, incluso cuando no es agradable tenerla. Ahora, a trabajar, ¡Tocinito!

¡Hamleeet! Déjala en paz. Tu madre es así, no la pinches. Deja que sean las espinas que tiene en el corazón las que la hagan sufrir, tú no la juzgues. Y luego, digo yo, ¿por qué siempre tienes que ponernos verdes? Que si soy un obrero, que si leo Tex Willer, que si has visto a tu madre follar con tu tío, y digo yo, ¡habla de tus problemas, Hamlet! Yo cuando tuve que hablar contigo te llevé de noche, apartados, a un acantilado junto al mar.

  en las migraciones de los claveles rojos donde revientan cantos de aves picudas y se pudren las manzanas antes del desastre ahí donde las mujeres se palpan los senos y se tocan el sexo en el sudor de los polvos de arroz y de la hora del té flujo de enredaderas a través de lo que siempre es lo mismo ciudades atravesadas por el pensamiento miércoles de ceniza la vieja nana nos mira desde un haz de luz respiran
Pájaros

Emily Dickinson (1830-1886) es una de las grandes poetas de la literatura. Una personalidad extraordinaria caracterizada por la independencia de juicio, la libertad y la capacidad de destilar «sentido asombroso de significados corrientes». Leer y traducir hoy a Emily Dickinson requiere deshacer una leyenda que, durante más de un siglo, ha tratado de convertirla en una autora convencional y fácilmente digerible.

En Dafen: dientes falsos el autor se propone reflexionar sobre el plagio, el robo, la copia, la duplicidad y los mecanismos de apropiación. Un libro híbrido, mestizo, que mezcla el ensayo y la poesía para lograrun estilo propio y original. Un libro soberbio.

Cuando los poetas occidentales se aproximan a las formas poéticas del lejano oriente, lo suelen hacer desde la veneración. No es el caso de Joaquín Piqueras, que hasta se atreve con el humor. En cualquier caso, aquí se enfrenta desde la desacralización y la reinvención, con la utilización de un lenguaje actual, (más que actual, de rabiosa actualidad), y así consigue acercar el haiku a la expresión del pensamiento íntimo, pero también de una cotidianeidad en la que todos nos podemos sentir reflejados.

Tal vez la poesía es un estar en otro sitio. Escribirla es alzar el vuelo, liberarse por encima de las cosas, zambullirse en el agua invernal hasta tocar el fondo. El mundo debe de tener márgenes más remotos de cuanto se piensa. Los elementos son cuatro o tal vez más, y otros tantos son los mundos en los que se divide el mundo, todos por explorar, sean historia o naturaleza, mito o crónica.

Mezcolanza de artículos periodísticos, documentos de viajes, prólogos, discursos y pequeños ensayos recogidos en un libro fechado en 1906 Fragmentos de Memoranda (Bringar y Thiers, 2019). Selección del editor A los diez minutos de conversación, ya se había roto, no diré el hielo, porque no lo había, sino el macizo de mi perplejidad ante la alteza jerárquica de aquella señora, que más grande me parecía por desgraciada que por reina. Me aventuraba yo a formular preguntas acerca de su infancia,

Lo que lee un editor Primero y para que se hagan una idea, el texto de la contra Jorge Herralde ha escrito en varias ocasiones que los libros de editores o sobre el mundo de la edición interesan muchísimo a poquísimas personas. Si esto pasa con figuras como la suya –fundamentales en la historia cultural de nuestro país– a quién interesará lo que lea o deje de leer un editor microscópico y de provincias como el que ha escrito y
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I En enero de 1943, en un vagón de primera clase del tren procedente de Roma, viajaban seis personas cómodamente arrellanadas en las butacas rojas. En el largo pasillo envuelto en tinieblas, unas formas humanas deambulaban en la penumbra, poco dispuestas a pasar toda la noche en pie. De vez en cuando, una de ellas abría la puerta y pedía a los viajeros que se alternasen en el descanso o que, al menos, se estrecharan un poco para crear un