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Conversaciones

«No sé cómo te gustan mis artículos, que escribo sin ganas y a la fuerza, en el último minuto porque me hace falta el dinero…» [Carmen Laforet a Elena Fortún entre mayo y

«No tiene un nombre glamouroso, una etiqueta que se pueda poner de moda. No tiene el atractivo de la novedad, son cosas que hemos oído una y otra vez. Conocerse, actuar con honestidad…

La filósofa Maite Larrauri comenzó a hablar de Mrs. Dalloway. De su caminar arriba y abajo por las calles de Londres, de ese deseo suyo de comprar flores y de la percepción tan intensa de que aquella mañana era clara y que el aire era muy fresco a esa primera hora. Y estuvo pues, esa expresión de Clarissa Dalloway , «¡Qué fiesta! ¡Qué aventura!», ya que la entrevistadora, al escuchar a Larrauri hablar de uno de los personajes más potentes de Virginia Woolf, se adentraba en una conversación que le iba a proporcionar jugosas enseñanzas.

Y en cuanto a mí, he decidido tomar cartas en el asunto por el bien de la justicia literaria. Admito que a veces fabulo un poco, pero qué le voy a hacer si

Ignacio Castro Rey, es filósofo, crítico de cine y arte, gestor cultural y profesor. Además de múltiples artículos y conferencias, ha publicado diversos libros. El último de ellos es la edición en castellano de Roxe de

Si la librería Venir a cuento es «un espacio diferente», su librero, Enrique García Ballesteros, no lo es menos: historiador y periodista, ha hecho «de todo», dice, en el sector editorial. Escéptico convencido, descreído, pesimista, de vuelta de un montón de sitios, parece haber encontrado en su librería un lugar a su medida. No en vano ha cortado él mismo el patrón. No es casual, en fin, está medido, que esta charla sea la que inaugura la serie Conversaciones con gente de letras: no solo por lo bien que lo pasamos, sino también.

Uno de mis hermanos solía explicar las habituales dificultades de convivencia en los pueblos, los odios ancestrales que se tenían los unos a los otros, el mal que se desean, por la imposibilidad de no ver durante un tiempo al que tan mal te cae, no poder alejarte de él; en lugares donde vive tan poquita gente no es fácil no coincidir, por no decir imposible. De manera que tienes, sí o sí, que tomarte el café en el bar cada mañana con el tipo que le dijo no sé qué a tu hermana, o con el que movió la linde a su favor para arañar «ya ves tú, qué miseria de tierra». Todas y cada una de las mañanas, a ese mismo tipo. Es complicado.