Cartas peninsulares. Por Joaquim Pedro de Oliveira Martins

Salí de Lisboa con el propósito de visitar algunas poblaciones castellanas de la frontera, en la zona llamada Tierra de Campos, tan íntimamente ligada a la historia nacional portuguesa desde sus orígenes hasta las guerras de inicios del siglo xix. Partí también con la idea de que esa excursión, ahora, en junio, cuando el sol comienza a quemar las planicies de Castilla la Vieja, me diera las fuerzas perdidas por una enfermedad reciente.

Quería respirar una vez más los aires y embriagarme con el paisaje incomparable del valle del Tajo, pedazo sin par del mundo, o al menos, de los retales del mundo que he visto pasar ante mis ojos.

Alboreaba cuando salí de Lisboa. La primera estación de parada fue Abrantes. A pesar de que el tiempo permanecía traicionero, el día amaneció glorioso, y el sol, reinando libre en los cielos, hacía cantar y reír al paisaje, como la sonrisa de los niños cuando les cae por el rostro lágrimas de rocío.

Algunos batallones de nubes rotos vagaban dispersos en el firmamento y realzaban aún más el esplendor de la luz, matizando con colores cambiantes el vasto lienzo azul del río, las vastas modulaciones gramma, entre verde, azul y gris; poniendo en los rincones lejanos del paisaje algunos puntos de sombras transparentes.

El aire sin espesura, cristalino, mostraba hasta los pliegues más tenues, hasta los pormenores más delicados de una panorámica inmensa.

Flanqueando el Tajo, en su margen derecha, el tren avanzaba desplegando ante mis ojos las inmensas campiñas del lado izquierdo, pingües aluviones que todos los años el río fecunda, como sucede en Egipto con el Nilo. El magnífico día se despertaba con la opulencia de los campos repletos de mieses. Todo parecía cantar himnos de belleza, de fortuna. Las espigas atiborradas, espesas entre el verdor ya amarillento del trigo, la nota vibrante de las amapolas al rojo vivo, las cortinas de los árboles, a lo lejos, confundiéndose levemente en el aire. Y, bendiciendo la opípara naturaleza, el sol soberano derramaba en hondas su luz de oro.

Mis pulmones convalecientes parecían saltar de contentos respirando ampliamente ese aire templado que la frescura fecunda de la noche transformaba en gotas invisibles de agua, parecidas a las gotas de rocío que veía como diamantes sobre las hojas de los árboles sacudidas por la marcha violenta del tren.

Todo cantaba, todo reía deslumbrantemente. La naturaleza celebraba una de sus fiestas solemnes y ante el poema sin palabras de la creación, la palabra, el hombre, sus ideas y sus fantasías, más o menos desvariadas, me parecieron las hormigas negras cuando absortos nos entregamos a observar la vida de los insectos, tan llena de lecciones para nuestra vida repleta de vanidad.

Yo iba abstraído en mi soledad. No puede expresarse el estado afectuoso y casi religioso que la naturaleza triunfante, muda y tierna, infunde en nosotros.

mapa cartas peninsulares
Mapa de los ferrocarriles portugueses. Gazeta dos caminhos de Ferro de Portugal, enero, 1895

Es algo parecido a lo que nos sucede con la música de Haydn o de Beethoven.

La naturaleza es una sinfonía. La sinfonía es la naturaleza traducida en sonidos armónicos. En ambos casos, vibran en nosotros todos los nervios y, excitados por la impresión exterior, nos aíslan y nos despiertan en el alma diversos estados emocionales que se traducen en dramas íntimos indescifrables. En medio de las ondas de luz, en el regazo de los océanos de mieses, entre las espesas cortinas de árboles, cuando en los caminos pasa un carro tirado por bueyes, cuando a lo lejos en las manchas pardas de los campos ya segados o de las gándaras negras aún por labrar, entre los rastrojos de los cereales o entre los matojos de jaras y el romero florido de morado, cuando se ven las manadas de toros o de yeguas pastando indiferentes, nuestras ideas acerca de la vida confusamente se desvanecen, incapaces de diferenciar lo animado de lo inanimado, la planta del animal y el animal del hombre, y todo nos parece idéntico. Los animales, los hombres, el toro o la oveja que pasta, el campesino que pasa y hasta el propio tren que va vomitando nubes de vapor blanco parecen minúsculos accesorios, notas perdidas en la gloriosa sinfonía de la triunfante naturaleza.

Paulatinamente el inmenso valle se va estrechando. Quedan atrás Santarém, que es el corazón de este paraíso del mundo, y las pequeñas poblaciones ribereñas del Tajo: Vila Franca y Carregado, Alhandra y Tancos y Barquinha, inclinadas sobre la margen, alimentadas por el río donde se miran y que éste creó y fecundó.

En frente, en la confluencia del río Zêzere, donde la línea férrea cruza hacia la margen izquierda del Tajo, vemos levantarse en anfiteatro la noble Constânçia. Decimos noble porque fue allí donde las Tágides1 le contaron a Camôes los misterios secretos de Los Lusíadas y le enseñaron la lengua sublime con la que cantó la gloria de un pueblo ya entonces agonizante, que no hizo más que prolongar su decadencia hasta la crisis final…

El valle se va estrechando. A las largas planicies fluviales les suceden los terrenos terciarios contraídos en suaves ondulaciones. La margen del río se empina. El lecho se delimita a merced de los caprichos de los montes. Hasta aquí el río era el soberano. De él venía la riqueza y la fortuna de la tierra, de los abrazos amorosos del agua sobre el suelo negro, fecundado anualmente para la generación periódica de cereales. Ahora la tierra es la soberana. Se yergue en trono, a cuyos pies el río, subalterno, va corriendo pasivamente.

Por eso el paisaje es otro. Quien lo alimenta es el aire, no el agua. En vez de mieses, hay bosques. Los árboles no son ya el accesorio balanceante del paisaje, sino su propia esencia. Infinitos olivos y bosques de alcornoques trepan por el dorso de los montes, perdiéndose la vista en la incesante ondulación de un mar de tierra. La sinfonía de la creación entró ahora en un adagio solemne y fuerte. Una dulce melancolía se apoderó de nosotros. Los olivares con su tono pardo y triste, con sus racimos de flores amarillentas transformándose en frutos; los alcornocales mostrándonos la fuerza férrea de los troncos lentamente formados en el suceder ancho de las estaciones; los carros de ruedas altas por los caminos; las mulas sustituyendo a los bueyes… El hombre es otro, adquiere una fisonomía más ruda y más nerviosa que la del campesino de la vega ribatejana, más parecido al nubio del Nilo. Nuestra alma, emergiendo de una embriaguez voluptuosa, toma otra dirección.

El tren paró en Abrantes, primera estación de mi viaje. Subí a un coche de caballos en la plaza de la villa, que queda en la margen izquierda, en lo alto de una de las ondas de este mar de tierras. Allí, encima de los muros del viejo castillo restaurado, la vista es grandiosamente majestuosa. Abajo, el Tajo encajado en los montes. A la vuelta, perdiéndose la vista, se abría una panorámica infinita de montes literalmente cuajados de olivares y alcornocales esparcidos por aquí y por allá y de las notas blancas de las aldeas y villas encaladas, engarzadas en un sombrío verdor.

Además de las impresiones panteístas, se nos vienen otras a la cabeza. ¡Qué enorme riqueza agrícola! ¡Qué bendita tierra, qué benditos aires los que se transforman en estos bosques opíparos, donde salen ríos de aceite, infinitas piaras de cerdos y montañas de corcho y de madera! ¡Qué suma de fuerza y trabajo para domar estas antiguas gándaras y traerlas a la vida social y económica!

En lo alto del castillo recordé el momento en que Satanás tentó a Jesús desplegando a sus pies el imperio del mundo… Ante mis ojos el mundo se desplegaba también. Satanás no me tentaba. Ni la ambición del mundo ni de riqueza son tentaciones para mi espíritu, que vino emergido de un baño de encanto para perderse en un océano de magnificencia. La sinfonía ideal del mundo cantaba en mis oídos las estrofas sin nombre de la naturaleza creadora.

Se ensalzan los paisajes monótonos de Turena, que llaman el paraíso de Francia; los paisajes húmedos y compactos de la verde Inglaterra… Pues garantizo a todos los que tienen ojos para ver y nervios para sentir que ninguna es comparable con esta sucesión de bellísimas y encantadoras escenas deliciosas en las márgenes fluviales del Tajo, deslumbrantes de grandeza y melancolía en la zona de montes que las cercan por el norte y por el este. Hacia el oeste, más allá del Tajo, la tierra yerma sucede a los aluviones. Aquí, al este, más allá de los bosques de olivos y alcornoques, donde la vista ni alcanza, comienza la breña desnuda que va hasta las vertientes de Guardunha.

Dentro del castillo, donde pasé la tarde, hay una vieja iglesia en ruinas que sirve de establo para la tropa. En la iglesia hay capillas con túmulos. Allí se encuentra la tumba del primer virrey de la India, D. Francisco de Almeida, que duerme el sueño eterno en su lecho de piedra, con escudos y lacerías, con las esferas armilares de nuestro glorioso pasado de conquistadores y motivos simbólicos del viejo heroísmo. Me vinieron impresiones tristes de un pasado ahogado… en paja. Recordé que la tierra es célebre por ese alimento bestial. Recordé el proverbio: «¡cuartel general en Abrantes, todo como antes!», es decir, como ahora, que estamos reducidos a las condiciones de una Beocia rural, satisfecha, gorda y sin apetitos. No como antes, cuando en la tumba de Francisco de Almeida se esculpía una reveladora empresa: una cadena de Burdeos doblada a modo de collar y prendida por poleas de cuerdas. ¡Oh tiempos pasados, cuando el mundo era pequeño para nosotros y los mares más grandes tan fáciles de surcar como el Tajo, como allá abajo, donde navega una carabela antigua!


  1. [Todas las notas son del traductor] Ninfas del río Tajo que inspiraron a Camões.

Sobre Cartas peninsulares

9788412472912«Las Cartas Peninsulares son un ejemplo de libro de viajes. Este es el viaje de un enfermo, un viaje extenuante y obsesivo. Son el fruto de la observación directa del viajero, del estado de ánimo del caminante, de las ideas preconcebidas, de las lecturas realizadas, de las experiencias de otros viajeros, unidas por último, a la mirada a través de los ojos de los cicerones locales que le muestran lo más representativo de sus ciudades».

Mª Concepción López Jambrina (Universidad de Salamanca)

Joaquim Pedro de Oliveira Martins (Lisboa 1845 | Lisboa 1894). Una de las figuras clave de la intelectualidad portuguesa del siglo XIX, este historiador, político, novelista y divulgador, cultivó múltiples facetas narrativas que encauzó en un proyecto historiográfico titánico de escribir una Historia de Portugal que necesariamente era ibérica y universal. Basculó políticamente del federalismo y republicanismo de su juventud hasta la apuesta por un cesarismo regeneracionista al final de sus días. Fue considerado referente político e intelectual de la Geração de 70 y artífice teórico del decadentismo portugués. Su Historia de la Civilización Ibérica fue la primera tentativa de explicar la historia peninsular siguiendo el hilo conductor de una civilización compartida, idea que le situó como el intelectual portugués más influyente en la cultura española de la época.

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