Eva mía. Por Jesús Tíscar

Carta a Eva Luarte

De Diario inusitado de un tipo en desuso

Eva mía, desde el primer día supe que, habiéndome enamorado de la asombrosa totalidad de tu ser, lo mejor que podía hacer para pasar —con cierto decoro y alguna dignidad— el trauma de un confinamiento sin ti, joder, sin ti, sin mis asombros, sin tu cintura, era crearme un alter ego rancio y darle una vida ridícula para airearla en Facebook durante sesenta y ocho días o los que hicieran falta, sin interrupción o hasta que la musa —una musa que no eras tú, o sea una musa apócrifa, una musa desnatada, una musa de marca blanca, genérica, postiza, sucedánea, obsequio de la casa, la muy barata musa de una divinidad creada en posproducción— dejara de morderse la lengua y, entre insultos castizos, claro, me conminase a parar de escribir. Y no sabes, Eva, mi amor, lo bien que funcionó el procedimiento que ideé, lo eficazmente que esos quehaceres alfabéticos que me propuse contra tu ausencia remediaron la insoportabilidad de mi espíritu, las torceduras de los clavos del calendario, el deseo de tu lado de la cama y los aromas de mi hogar sin ti. Lo mejor es que no me fue preciso esforzarme demasiado en la conformación de la criatura que fui dando a las imprentas globales, una criatura bastante tonta y difícil, ya me conoces, por lo que, además de pasármelo bien, dentro de lo que sin ti cabe, y como me serví de mis propias mimbres personajales para levantarme una mentira cuajada de certezas, me conocí a mí mismo un poquito más, como si hubiera estado en la India o en algún sitio de esos en los que uno se conoce, y me quise con locura, casi tanto como a ti, casi, esa es la verdad, incluso adelgacé, ¿sabes que adelgacé?, adelgacé mientras el país se amazapanaba para, supongo, poder limpiarse mucho el culo.

Tú no estabas y yo no quería morirme sin ti, yo no quería terminar mal sin ti, en algo debía ocupar las mañanas de tus lejanías previstas para veinticuatro horas, con algo tenía que defenderme de mí mismo y de mis furtivas circunstancias durante el largo apagón que se avecinaba. Porque, además, excepto tú, que me haces y me deshaces con un gesto muchísimo mejor que yo con el teclado, nadie daba un duro por mí, como casi siempre. Ya sabes, vida, que soy un escritor de los de antes, esto es, chinche, desconocido y muy de salir de la escribanía (ya viste lo ajado que está mi letrerillo de «ahora vuelvo»), muy de los bares y las reboticas, de las mojigangas callejeras y las droguerías tangerinas, muy del ángulo de tus ingles, sobre todo del ángulo de tus ingles, allá donde estén, por lejos que se hallen, de las tertulias flatulentas y silenciosas y de los corros de la patata entonados en hilacho tristón, achupé, achupé, sentadito me quedé. Es por esto que —pero no te asustes: sonríe y derríteme— algunos amigos y colegas se temían que me ahorcara y hasta apostaban por videollamada si sería con guita de cáñamo, maroma de tomiza o cuerda corriente de tendedero, así que yo debía demostrarles que podía aguantar sin patalear como un donjuanillo y sin sacarle la lengua a la Guardia Civil, porque tenía a quien echar de menos y por quién vivir mil veces para beberle la seda y explicarle la materia tan dulce de sus propios ojos. Eras tú, Eva. Y lo conseguí; por el buen Simón, epidemiólogo y mártir, que lo conseguí. Cogí por la pella del culo a la musa de coña y la tiré por el balcón en cuanto te creé, en cuanto te recreé, en cuanto te inventé y te verdadericé y te creí y te disfracé y te afirmé y te negué y fuiste tú sin serlo, vecina mía, Eva Luarte, coronamor, pasión entre los virus tan lánguidos, moño de mi alma, niña mía, mi mujer, no es bueno que el hombre esté solo, no, no es bueno, siempre que la compañía seas tú; de lo contrario, soledades a espuertas para este hombre, háganme el favor.

¿Quiere decir esto que me salvó la literatura? No, claro que no. Ya sabes, mi precioso amor, que detesto esa frasecita de marras, propia de poetas cipotines y de entrevistas industriales de Paginadós. A mí me salvaste tú, Eva Luarte, a mí me salvaron tus cartas y tus muslos, tus planes y tus labios, tu inteligencia y tu cuello, tu personalidad y tus gemidos, tu clandestinidad, tus dientes, tus miedos, tu saliva y ese culito, válgame Dios, y ese culito, y también mis miedos y este pensar en ti hasta romper a pensamentazos las pocas paredes que tengo, cuatro, si no las cuento mal, que creo que sí, que las cuento mal. A mí la literatura no ha hecho sino condenarme, siempre, obligándome a estar con ella en vez de ganándome la vida con un trabajo de verdad en el Instituto Nacional de Previsión, por ejemplo, o en la Fábrica de Moneda y Timbre, y Timbre, o en la Fábrica de Moneda y Timbre, pero es que se parece tanto a ti la puñetera literatura, es tan guapa y huele tan bien y se está tan encantado con ella en la misma habitación, y yo soy tan débil, tan regalón, tan entregado, tan esclavo de los altos lujos de la belleza y el sentir sin tregua, que me cuesta un horror echarla, aunque sea de la trena de mi guarida más o menos desinfectada y exponencialmente sola.

Me lo pasé bien escribiendo a diario mi Alarma por Peste, Eva, ya digo, tú lo sabes, tú me sentías, disfruté rebuscándole un lenguaje desorbitado y desesperante, propio del individuo odioso y enamorado que me hice, y enseñándoselo al mundo viejo de Facebook que, por edición barata e instantánea, es tentación grande, y leyéndole los comentarios a la gente, tan amable y desorientada, tan ceñuda y diccionariosa, tan aburrida. Me sentí dos tipos, como si uno sólo no me diera ya suficientes disgustos: me sentí un filántropo, porque le estaba tocando el entretenimiento a los lectores gratis, cuando yo no escribo una línea gratis ni para mí, me la cobro en cañas, si acaso, y me sentí un tipo la mar de folletinista, descubrí que el folletinesco es un género mediante el cual, en su tiempo, sin píxeles, a máquina, con coñac y un puro, me hubiese podido ganar la vida con desahogo y hasta contento, para ti, por ti, junto a ti y en otro sitio, en alguna otra ciudad hermosa de verdad y provista de la alegría de vivir y el océano que le faltan a esta, que le faltan por la sencilla razón de que esta ciudad nunca quiso optimismo de corazón en sus entrañas ni agüita salá para tus pies en sus bordes geográficos.

Ya sabes, mi amor, cómo empecé: a lo tonto. En realidad, todo texto que no sea un encargo tasado es a lo tonto. ¡Pero cuánta utilidad emocional! Venía yo de delinquir, de haber salido a la calle sin un motivo justificado la primera mañana en que eso estaba prohibido, me apetecía esconderme —como ahora para fumar a menos de dos metros de mi conciencia—, y conté que había ido a una panadería y que la panadera me había nombrado caballero, o algo así, no voy a comprobarlo, con una chapata, y que me había mirado un palomo bizco, y vi que estaba bien, ¿no lo iba a estar?, panaderas locas, palomos estrábicos, tíos pansinsal, eso es una hermosura, y que agradaba a los cuarentenados que andaban con sus cosas al otro lado de la pantalla, tan moscas y asustados y dispuestos a resistir como uno mismo, como tú, mi resistente amor, mi valiente musa, tan voluntariosos y dóciles como las autoridades mandaban. Una vez más, Eva Luarte, bendito sea, no se trataba de contar la realidad, que eso es un tedio muy de mandilones y cronistas, tú lo sabes, sino de corromperla, mi amor, de corromperla, pues de la fermentación adecuada de la realidad cotidiana —o sea de las panaderas que no te confirman con chapatas, sino que se limitan a metértelas en una funda de papel y a vendértelas, y de los palomos que tienen los dos ojos bien, por fortuna— se obtienen las ficciones que merecen la pena. La realidad, así tal cual, es un tique del Más y Más, no nos engañemos, y raro es el escritor que sabe lucirse y entretener al personal con la literatura de semejante documento.

Aquello cuajaba, cuajó, los Megusta y hasta los Mencanta crecían, también los Measombra, y si la red social del judío flequillín hubiese dispuesto de un ¡quétostonazo, por Dios y por la Virgen!, como debería y no dispone, estoy seguro de que también habrían proliferado con los clics de la opinión contemporánea. Sin embargo, yo escribía para ti, Eva Luarte, ¿lo sabes?, lo sabes: cada capítulo, cada frase, cada palabra estaba hecha para vencer los ciento cincuenta mil kilómetros de la ficción que nos separaba, que nos separa, y en tanto no aparecía tu clic, en tanto el zambombazo emocional de tu clic se demoraba, aquello que le acababa de dar al mundo no tenía razón de ser, Eva Luarte, aquello que le acababa de dar al mundo agonizaba de impaciencia en las antesalas californianas y oscuronas de Silicon Valley, bien que lo sabe el personal de allí. Y entonces llegaba, llegaba y yo me sentía como se habría sentido el coronel si le hubiera llegado la carta, aparecía en notificaciones, ahí estaba tu clic, y entonces yo abría el balconcillo callejonero que tengo y aplaudía mis cosas, no las de los demás, mis cosas, y tras la satisfacción y el ego gordo, que no me falta, acudía a mí la obligación sagrada de la escritura diaria, de tu escritura diaria, esa que hay que abordar tempranísimo porque, de lo contrario, sale perrona, sale piscolabis, sale ya muy hecha, no sirve. Verás, mi amor: yo no encuentro otro motivo para madrugar, excepto el de besarte el pubis y volverme a dormir, así que tenía que hacerlo por el compromiso de la literatura entre tú y yo, y así me despertaba, folletinista de pro, enamorado, enfurruñado, sin pubis a mi vera, ególatra, en calzoncillos, y me hacía el café y me recreaba sobrevivientemente en el silencio vírico de una mañana más sin fiebre ni tos ni olvido de tu piel, defecaba como las personas, al alba, con Angels Barceló en el baño, contándome infectados y muertos, y me ponía al Lenovo, sentado sobre mi silla de bar, sobre nuestra silla de bar, la de la fuente primera, sin tener ni puñetera idea de lo que iba a escribir, pero sí de a quién se lo iba a escribir, sin saber qué cosas nuevas y ridículas y rancias le iban a pasar ese día, durante la peste presente y ya eterna, al Jesús Tíscar que habitaba en solón y en transitorio un palacete romántico y sucio de la calle del Marqués de la Papada, en Jaén, tierra de tallos y pidarras, y que estaba enamorado de una vecina de enfrente que le dejaba comida y botellas de anís en el zaguán, tú, ese Jesús Tíscar que en el fondo siempre he querido ser, lo sabes, lo he intentado, lo que pasa es que no ha habido manera ni valor de lograrlo, demasiada realidad, de hecho llegué a envidiarle seriamente alguno de sus comportamientos, de sus desolaciones y coherencias con su miserable humanidad tan sensible, y sobre todo llegué a envidiarle que estuviera contigo, aunque fuera en la mentira de nuestra verdad y haciendo el ridículo una y otra vez frente a ti, diosa, pero qué más da ser un ridículo si es a tu lado.

Y ahora, Eva Luarte, ahora que a ti y a mí nos han hecho libro, tú déjales que nos lean.

Jesús Tíscar Jandra

Sobre Diario inusitado de un tipo en desuso
9788412222043Este libro irrepetible cuenta las venturosas desventuras del homónimo alter ego de su autor, que vive en las páginas de este libro, vestido de anís y de diario. Este libro, que sostienes, es una distopía viejuna y relumbrona que enseña, entre reflejos de los espejos del Callejón del Gato, la patita de una realidad que no esconde, por debajo de la puerta del caserón fabulado en que sobrevive a su encierro jienense. Y al esperpento de la realidad desde su esperpento. Este libro cuenta una historia que no sucedió y que por eso fue escrita. Pero que pudo haber sido. Como todas las historias. Pero mejor. Pero este libro, este libro, es muchas más cosas. Este libro es un ejercicio de arquitectura lexicográfica. Un compendio rijoso de giros, gramáticas, arcaísmos y verdad. Este libro es una historia de amor. Como son de verdad esas historias, estúpidas, esdrújulas y bellas. Este libro es una broma pesada. La caricatura de un abismo. Una forma de jugar a la petanca. Este libro es, exactamente, lo que dice que es este libro que sostienes. Este libro es una estatua, manchada de palomas y de hollín y de musgo intermitente. Y este libro, éste que sostienes, es, además de todo lo que es este libro, una confesión. Una confesión tan inocente y preciosa que no nos ha dejado más remedio que sostener, entre las manos, este libro.

Y ahora en serio: pasen. Y lean.

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