¡Carretera! ¡Pasta! ¡Poder!

¡CARRETERA!
Uno, dos, tres… cuatro… Uno, dos, tres… cuatro…
Esta historia comienza -¡ay!- de manera muy vulgar, demasiado corriente. Un tipo de cuarenta y bastantes años se queda en paro.
Tras un largo periodo de buscar trabajo, sin resultado, lo único a lo que consigue acceder es a varios cursos de formación impartidos por los sindicatos, cursos en los que se enseñan los rudimentos -tampoco van más allá- de varias aplicaciones informáticas: Excel, Word, Power Point, programas de correo y mensajería… todo a nivel muy elemental.
El objetivo, dicen en la presentación del curso, de forma grandilocuente, es que el alumno pueda reciclarse y adaptarse a los nuevos métodos y herramientas de trabajo. En realidad, lo que con el curso se pretende -pronto resulta evidente, al acudir a la primera clase- es que el desempleado no se aburra demasiado en casa. Que no ande vagando por ahí lleno de frustración, causando problemas; y con suerte, si es muy cándido, se crea, en efecto, que esta haciendo algo por su reubicación laboral. Claro que eso nunca lo van a decir. En su lugar, cuando notan a la clase demasiado escéptica, le sueltan que quién sabe, no hay que ser tan negativo, a veces ocurre, ¿por qué no?, un día, de pronto puede surgir el anuncio de un puesto de trabajo acorde a la edad y condición del demandante, un puesto en el que se valoren sus conocimientos de, por ejemplo, Power Point a nivel usuario, o tratamiento básico de textos… Sí, puede ocurrir, no es imposible…
Así que esto es, en resumidas cuentas, lo que enseñan en el curso, y yo soy el tipo del que se ha hablado al principio.

[…]

CarreteraPastaPoder

¡PASTA!

Lo mejor es comenzar sin preámbulos: en septiembre de 2008 me vi, de pronto, forrado de dinero. ¿Conviene contar cómo llegue a esta situación? Pienso que, en realidad, no tiene importancia, lo que interesa es el hecho en sí, quiero decir: la montaña de pasta. A partir de aquí, se puede comenzar cualquier relato. Pero está bien: por deferencia -aunque no tendría por qué- hace el lector, pasaré a explicar, someramente eso sí, cómo me vi de pronto nadando entre billetes.

[…]

¡PODER!

Cerca del aparcamiento donde dejo el coche cada mañana, merodea un gato negro que sale al paso de los directivos, ejecutivos y oficinistas que a esa hora temprana nos dirigimos a nuestros trabajos. La mayoría pasa de largo ante el animal, pero algunos -tanta es la insistencia del gato y tan tiernamente maúlla- le hemos cogido cariño y hemos comenzado a llevarle comida. Nada, minucias. Yo, por ejemplo, si la noche anterior he cenado atún, aparto un poco, lo envuelvo en una servilleta de papel y al día siguiente se lo dejo encima de la acera, en un rincón.

[…]


[Así comienzan los tres relatos que conforman Carretera, Pasta, Poder, de J. Miguel G. Martín. Editado por Lupercalia Ediciones]


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