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Caligrafía de los sueños de Juan Marsé

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Creo que a Juan Marsé debe de gustarle La dama de Shangai, de Orson Welles. Puede que la viera alguna vez en el Cine Roxy o en cualquiera de aquellos cines de barrio que eran puertas del Cielo o salidas de emergencia para escapar de aquella Barcelona vencida llena de gabardinas arrastradas por el viento. Es famosa, en esa película, la escena de Rita Hayworth teñida de rubio en la sala de los espejos. Vi esa escena con claridad en mi cabeza cuando llevaba unas cien páginas leídas de Caligrafía de los sueños, y no porque apareciera en ella por ninguna parte, sino porque su lectura remite a otra obra de Marsé, la estupenda Si te dicen que caí. Las alusiones, los paralelismos, las repeticiones, son muchas como para ser casuales y todas tienden a sugerir que Si te dicen que caí es el resultado de la elaboración literaria de lo que se nos explica en Caligrafía de los sueños, siendo esta un relato más autobiográfico, en la que el protagonista es un alter ego apenas alterado de Marsé: comparte con él fecha de nacimiento, circunstancias del mismo, aprendizaje de oficios y la vocación literaria.

Claro que puede leerse Caligrafía de los sueños sin haber leído Si te dicen que caí y seguir siendo una buena novela, pero leerla confrontada con aquella enriquece su lectura y Marsé, que fue aprendiz de joyero y ha mostrado siempre respeto y amor por su oficio, a toda la artesanía que hay implicada en la construcción de una novela, no puede ser ajeno a ello. Para Marsé la literatura es una transfiguración de la realidad, o mejor, su transformación para descubrir su nivel más hondo o más verdadero y así, una vez hecha la realidad literatura dotarla de una verdad y una perdurabilidad que no tenía cuando era simple vida.

La anécdota de Caligrafía de los sueños es casi mínima. En la posguerra profunda, un adolescente, que se hace llamar Ringo, tiene que abandonar las lecciones de piano porque sus padres no pueden seguir pagándolas y tiene que entrar como aprendiz en un taller de joyería; en un accidente laboral pierde el dedo índice de la mano derecha. En el umbral de la vida adulta encontrará refugio en la literatura y se dedicará a observar la vida de los vecinos del barrio, sus mínimas alegrías y desgracias, en especial las de la inverosímil Victoria Mir, a la que guarda un sordo rencor, tal vez por su tendencia al melodrama y por no ser más que una soñadora indefensa, como él mismo. No es un rencor muy distinto del que siente por el fanfarrón de su padre, a su modo también un personaje literario.

Caligrafía de los sueños es así una novela de formación clásica, que sugiere un traspatio más interesante al formar conexiones con otra novela del autor que es, además, una obra maestra de la literatura española de los últimos 50 años, y que muestra a un escritor de ochenta años que, más que repetir gastadas formas, disfruta montando una novela que, si no es una de sus más logradas joyas sí merece acomodarse en la diadema, collar o tiara del conjunto de su obra.


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