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Cada sociedad, a través de la infancia, transmite sus valores, sus prioridades

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Antropología de la infancia y etnopediatría

Todas las sociedades, a lo largo de la historia de la humanidad, han establecido normas alrededor de la maternidad y de la infancia, consiguiendo que los padres críen de una forma específica a sus hijos. Estas pautas abarcan el embarazo, el nacimiento, la alimentación y la lactancia, el sueño infantil, el contacto físico o la atención ante el llanto. En definitiva, diferentes formas de cuidar y educar, con un objetivo claro: transmitir los valores de cada cultura desde el inicio de la vida, a través de la familia. Por tanto, a través de los estilos parentales, de la forma de atender a la infancia, se puede conocer la estructura de una sociedad. Esto no es nada nuevo: ya lo decían en los años 20 del pasado siglo antropólogas, como Margaret Mead o Ruth Benedict.

Redes de maternidad y crianzaEl estudio de distintas culturas a través de la maternidad y la infancia, que surgió en los 90 con el nacimiento de la etnopediatría en varias universidades estadounidenses, buscaba establecer generalidades en los distintos modelos de crianza infantil. También pretendía comprobar si las diferentes formas de tratar la infancia tenían un resultado distinto en el desarrollo y la salud infantil. La etnopediatría comenzó unificando distintas disciplinas científicas para analizar todo con una perspectiva global. Así, la psicología del desarrollo, la biología evolutiva y la antropología cultural se aliaron para crear esta nueva forma de mirar a los niños. Desde entonces, se han realizado investigaciones cuyas conclusiones han sido determinantes. Cada sociedad, a través de la infancia, transmite sus valores, sus prioridades y la forma de moldear los individuos que necesita. Y todo esto tiene una gran repercusión, individual y colectivamente. Por un lado, en el desarrollo de cada niño y de cada adulto en el futuro, pero también en el tipo de sociedad que conformarán, en la forma de relacionarse sus miembros entre sí y respecto a otros grupos humanos. E incluso en la forma de administrar su presencia en el territorio, su relación con otros seres vivos y su gestión de los recursos naturales.

La etnopediatría demostró que la manera en que cada grupo humano entiende la maternidad y la infancia influye en la salud, en la enfermedad y en el grado de violencia de sus miembros. Descubrieron que las sociedades donde se cuida y protege todo lo relativo al nacimiento y la crianza suelen caracterizarse por una forma de relacionarse más armónica y menos agresiva, mientras que, en las que no se favorece el vínculo afectivo ni el apego, los adultos se comportan de igual manera, y la agresividad, los conflictos y la violencia aumentan.

La clave de estas diferencias entre sociedades estriba en el grado de equilibrio entre las necesidades biológicas y emocionales de los niños, que son las mismas en todas partes del mundo, y que han sido idénticas a lo largo de la evolución de la humanidad; y las respuestas que se ofrecen a estas necesidades, o sea, la cultura. Los bebés no han cambiado biológicamente en los últimos miles de años, pero las sociedades sí. Aquellas que respetan los primeros años de vida, que fomentan el establecimiento de un vínculo afectivo con la madre en los primeros años, que cuidan el desarrollo infantil y el progreso autónomo de los niños sin interferir; suelen ser las menos agresivas y las más sanas.

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