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Buenas noches, señor Soares. Por Mário Cláudio

La umbría y la solana, 2021

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Youth will stand foremost ever
Shelley

I

Aquella mañana, cuando llegué al almacén de telas, los muchachos acababan de matar una rata del tamaño de  un conejo pequeño. Sin saber siquiera quién era yo, vinieron a enseñármela, explicándome que semejantes bicharracos aparecían con frecuencia en los edificios de la Rua  dos Douradores, construidos por el marqués de Pombal. Justo en ese momento irrumpió el jefe, el patrón Vasques, un sujeto muy bien plantado, con su bigote perfectamente  recortado y su camisa de cuello almidonado. «¡Venga, ahora toca trabajar!», determinó, y solo entonces le declaré lo  que pretendía: el puesto de aprendiz de dependiente. Esto sucedió a comienzos de marzo, llovía torrencialmente y yo estaba sin blanca, no tenía ni para pagarme el café. «¿Cómo  te llamas?», me preguntó el patrón Vasques con una son risa que de inmediato supe que no duraría, que era lo que  en mi tierra llamábamos «huevos de Pascua». «António da Silva Felício», contesté asustado. Él, acto seguido y casi sin escucharme, prosiguió: «¿De dónde eres?». «De Escalos de Cima, en los alrededores de IdanhaaNova, distrito de Castelo Branco, señor Vasques», le respondí y, al asentir él  con la cabeza, comprendí que me aceptaría como emplea do suyo. Se metió en el bolsillo del chaleco aquella mano mis datos en una hoja de papel costero, los cuales se copia rían, llegado el momento oportuno, en una ficha limpia. El  patrón Vasques se alejó en dirección a lo que denominaban  la «dependencia general de la oficina», y otras veces la «re partición», y fue entonces cuando, al topárselo justo antes  de desaparecer en sus aposentos, el señor Soares le plantó cara. El señor Soares no profirió palabra alguna, pero el  patrón Vasques murmuró como si quisiera justificarse: «El tipo me da pena, se va a quedar en la miseria». Se encendió despacio el puro que se había sacado del bolsillo interior de la chaqueta y añadió: «En todo caso, si él necesitase algo de mí, yo no me olvido de que le debo un buen negocio y unos cuantos miles de escudos»¹  . Uno de los muchachos abrió  las ventanas y nos pusimos todos a escuchar al patrón Vasques, ya de vuelta en su despacho, que vociferaba al teléfono: «¿Pero aún está ocupado?», gruñendo a continuación:  «¡Su puta madre!». La lluvia continuaba con mucha fuerza.  El patrón Vasques se asomó por sorpresa ante la contra puerta de la oficina y repitió: «¡Venga, ya me habéis oído, a  velluda y venosa, y ordenó a un mozo que tomase nota de mis datos en una hoja de papel costero, los cuales se copia rían, llegado el momento oportuno, en una ficha limpia. El  patrón Vasques se alejó en dirección a lo que denominaban  la «dependencia general de la oficina», y otras veces la «re partición», y fue entonces cuando, al topárselo justo antes  de desaparecer en sus aposentos, el señor Soares le plan tó cara. El señor Soares no profirió palabra alguna, pero el  patrón Vasques murmuró como si quisiera justificarse: «El tipo me da pena, se va a quedar en la miseria». Se encendió despacio el puro que se había sacado del bolsillo interior de la chaqueta y añadió: «En todo caso, si él necesitase algo de mí, yo no me olvido de que le debo un buen negocio y unos cuantos miles de escudos»1  . Uno de los muchachos abrió  las ventanas y nos pusimos todos a escuchar al patrón Vasques, ya de vuelta en su despacho, que vociferaba al teléfono: «¿Pero aún está ocupado?», gruñendo a continuación:  «¡Su puta madre!». La lluvia continuaba con mucha fuerza.  El patrón Vasques se asomó por sorpresa ante la contra puerta de la oficina y repitió: «¡Venga, ya me habéis oído, a trabajar se ha dicho!». Se dirigió hacia la sala grande, otro mozo abrió de par en par la única ventana que se mantenía cerrada y subió hasta nuestros oídos el sonido de las voces de los carreteros, del timbre de los tranvías y del llanto de un niño. El señor Soares pasó a mi lado (quizás fuese uno de aquellos días en los que acababa antes al no haber nada encima de su escritorio) y salió, lanzando esta información a nadie en particular: «Me voy a Cascais y me parece que  ya no podré volver por aquí hoy». Durante una semana en tera no le vi el pelo. Los muchachos rara vez se referían a él  y, cuando lo hacían, era para reírse un rato, intercambian do miradas, pero sin ofenderlo con sus comentarios. Por la  tarde me enseñaron en qué consistía un albarán de entrega, cómo debía rellenarse un impreso de correos para el envío de los pedidos y de qué forma se embalaban los artículos destinados a provincias.

En el almacén había, además de mí, del patrón Vasques y del señor Soares, que trabajaba como nuestro traductor, el señor Moreira, el contable, el señor Borges, el cajero, los tres muchachos, empleados, y el mozo de los recados.  Los tres muchachos eran José, Sérgio y Vieira, al que apodábamos el Alfama porque vivía en la parroquia de Santo  Estêvão; el mozo se llamaba António, como yo. De vez en cuando aparecían los viajantes, el señor Tomé y el señor Ernesto, y teníamos también al gato, Aladino, al que según constaba había bautizado el señor Soares. El señor Moreira, un hombre muy gracioso que vivía al lado de la Avenida, no conseguía pronunciar las erres y nos hacía reír por lo bajo con aquellas frases que nosotros, los muchachos, no nos cansábamos de repetir y de las que nunca me olvidaré. «Eso de que predominan los pecios bajos es una teta» fue una de sus salidas, a la que recurríamos si nos apetecía un poco de pitorreo. El contable iba generalmente hecho una piltrafa y siempre había sido un enorme comilón. Se dejaba el sueldo  en llenarse la panza con doña Lalá, su esposa, y no había lunes que no llegase al almacén añorando los manjares de la  víspera: «Ayer me comí unas anguilas en Alcochete que ni os cuento» o «Ayer me eché unos tragos en Colares que hasta traigo aún el sabor en la lengua». Se notaba a las claras que  al señor Soares le caía bien el señor Moreira, porque le hacía gracia quizás, o porque en el fondo se daba cuenta de que  era un tipo de buenos sentimientos, algo que por lo demás se reflejaba en aquella cara mofletuda, cubierta de sudor en  verano y un tanto violácea en invierno. Aunque teóricamente ocupaba el puesto de jefe del traductor, el señor Moreira  nunca se las daba de superior, ni con él ni con nadie, y tan solo censuraba la indiferencia que el señor Soares sentía  por todo cuanto fuese de comer. «Pero qué cosa más tris te», decía el contable para desahogarse, «que lo único que le  pasa por el gaznate a este hombre sea un caldito de gallina o a lo sumo, muy de vez en cuando, una rodajita de merluza cocida». Al traductor no parecían importarle tales chanzas,  y solo muy raramente se divertía tomándole el pelo al se ñor Moreira, al que apodaba Don Barómetro. En efecto, su  preocupación por las condiciones atmosféricas no tenía parangón, no porque ello le provocase algún tipo de trastorno  en lo tocante a los días de semana, sino porque temía que su almuerzo dominical, festejo en el que depositaba todas sus alegrías de glotón, se le hiciese imposible debido al mal  tiempo. El señor Moreira estudiaba por lo tanto constantemente el aspecto del cielo, especialmente aquellas tardes  turbias y cálidas, con nubarrones ennegrecidos. En esas ocasiones, levantaba los ojos del Libro mayor y declaraba con pesar: «Se avecina una gran tormenta», no como si tal  cosa constituyese una amenaza para su escapada gastronómica, sino como si equivaliese a una auténtica señal del fin  del mundo. En cuanto al señor Borges, no solo poseía un escritorio más alto que el de los restantes empleados, incluso  más que el del patrón Vasques, como igualmente destacaba por cultivar ese secreto que dicen que constituye el alma  del negocio. Había enviudado tres veces, y sus tres mujeres habían sido a su vez viudas ricas que le posibilitaban la  cura de su úlcera de estómago, emprendida todos los años en el balneario de Vidago, y el presentarse trajeado con el máximo esmero. Se rumoreaba que, aparte de la consorte reinante, el señor Borges tenía alguna que otra amiguita, y Sérgio juraba que lo había visto una noche abrasadora de julio chupando percebes con una rubia en una cervecería de Cais do Sodré.

Así comienza la novela Buenas noches, señor Soares (La umbría y la solana, 2021)

 


1. [Nota de la trad.] Para entender estas palabras del personaje debe tenerse en cuenta que, en el Libro del desasosiego, con el que la presente obra establece un continuo diálogo intertextual, el joven sin nombre al que ofrece trabajo el patrón Vasques pertenece a una familia a la que el mismo jefe acaba de llevar a la ruina tras cerrar un negocio beneficioso para él. Los hechos recogidos en este pasaje son narrados en dicho Libro, desde la perspectiva de Bernardo Soares, en los siguientes términos: «el patrón Vasques ha hecho hoy un negocio en el que ha arruinado a un individuo enfermo y a su familia. Mientras hizo el negocio, se olvidó por completo de que ese individuo existía, excepto como parte contraria comercial. Hecho el negocio, le vino la sensibilidad. Solo después, claro, pues, si le hubiese venido antes, el negocio no se habría llegado a hacer. “El tipo me da pena”, me dijo. “Se va a quedar en la miseria”. Después, encendiéndose el puro, añadió: “En todo caso, si él necesitase algo de mí –entendiéndose alguna limosna– yo no me olvido de que le debo un buen negocio y unos cuantos miles de escudos”».

 

Sobre el autor y la obra

M9788412239362 Buenas Nochesário Cláudio es un autor muy celebrado en círculos de lectores fieles y en ámbitos universitarios. Su alejamiento del público masivo es, según ha dicho él mismo, un perjuicio ocasionado por la centralización cultural que gira en Portugal en torno a Lisboa. A pesar de ello, es autor de una abundante obra y, en concreto, Buenas noches, señor Soares, es una novela lisboeta. En ella, el autor del Libro del desasosiego, Bernardo Soares, nacido de la imaginación de Fernando Pessoa, es revivido a través de la fantasía de Mário Cláudio en uso de un procedimiento que no es raro en su obra, puesto que en otras ocasiones ya ha recreado la vida de personajes históricos. Esta vez, el pobre cuarto alquilado por el contable y las oficinas comerciales de la Baixa de los años 30, son escenarios en los que las vidas de los personajes acusan una experiencia ineludiblemente moderna y general, como es la de la extrañeza que todos sentimos para con nosotros mismos. Mecidos por el ritmo del trabajo, apelan a nuestra propia imaginación y a la lejanía a la que todos sentimos nuestros sueños.

Mário Cláudio. Oporto , 1941. Narrador, poeta, dramaturgo y ensayista, es licenciado en Derecho por la Universidad de Coímbra, diplomado en Biblioteconomía y Archivística por la Facultad de Letras de la misma Universidad, y Master of Arts en Biblioteconomía y Ciencias Documentales por la Universidad de Londres. Es autor de una extensa y polifacética obra, traducida a varias lenguas, que abarca la ficción, la crónica, la poesía, el teatro, el ensayo o la literatura infantojuvenil, además de letras para fados. Ha sido galardonado con, entre otros, el Grande Prémio de Romance e Novela de la Asociación Portuguesa de Escritores-DGLAB (recibido en tres ocasiones), el Premio PEN Club, el Premio Eça de Queiroz, el Premio Vergílio Ferreira, el Premio Literario Fernando Namora y el Premio Pessoa. Ha sido distinguido, igualmente, con varias condecoraciones, otorgadas tanto dentro como fuera de Portugal. Su obra de ficción, muchas veces concebida en trilogías, incluye títulos como Amadeo Guilhermina, Rosa, Gémeos, Camilo Broca, Tiago Veiga: Uma Biografia, Retrato de Rapaz, Astronomia y Tríptico da Salvação. Su poesía ha quedado recientemente reunida en un único volumen titulado Doze Mapas, y la Sociedad Portuguesa de Autores le ha rendido homenaje con un libro de entrevistas para conmemorar sus 50 años de vida literaria.

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