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«Autocrítica sí, autocensura no». Un curso de verso libre, de Pedro Provencio

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Conseguir escribir un ensayo exclusivamente dedicado al verso libre, que trate todos sus aspectos y que sea divertido a la vez que extremadamente riguroso no es tarea fácil. A partir de un curso, Pedro Provencio se dispuso a ello sorprendido por el hecho de que los participantes… creían completamente superados los versos clásicos. Pensaban, como si de un programa de ordenador se tratase, que el verso libre es el que se utiliza por defecto. Y así nació Un curso sobre verso libre, en el que las enseñanzas sobre métrica fluyen mediante el diálogo entre un profesor y una alumna bastante peculiares. Libros de la Resistencia ha editado esta obra de divulgación literaria que debería leer todo aspirante a poeta (a poeta de verdad):

La elección tenía sus riesgos

El libro surge de un curso. ¿Cómo se le ocurre la idea de dedicar un ensayo a una materia en principio tan especializada y minoritaria como un determinado tipo de verso? ¿A quién va dirigido?

Surge de un curso, de la preparación de ese curso durante años y de su desarrollo En la práctica fueron varios talleres de poesía, donde yo creía obligado empezar siempre planteando qué verso empleaba cada participante, y por qué. Para muchos fue una sorpresa porque, casi sin excepción, consideraban que el empleo del verso libre es obvio, y que los versos clásicos están ya superados y arrumbados como antiguallas inservibles. Yo me empeñé en que tematizáramos ese cambio del verso tradicional al libre, por qué, en qué condiciones, con qué resultados, qué entendían ellos por verso libre, en qué se diferencia de la prosa. En cuanto a dirigirme a alguien, procuro escribir siempre dirigiéndome al lector más exigente. (Por cierto: en mi libro se coló más de una errata, pero sólo una me preocupa: en la pág. 110, donde dice «escancia» debe decir «escande». Gracias.)

Hace años, entrevistando a un novelista, me indicó que cuando se le atascaba algún pasaje al escribir recurría a una solución tradicional: poner los personajes a hablar entre ellos. Este recurso del diálogo es propio y característico de toda la literatura medieval. Su libro se basa en el diálogo entre profesor y alumna, y recuerda tanto al recurso tradicional comentado como a uno de los grandes tópicos literarios, el puer-senex. ¿Tuvo todo esto en cuenta o sencillamente escogió la forma de diálogo entre dos por otros motivos?

Pues fue algo parecido a lo que le ocurrió a ese novelista. Escribí un primer párrafo y en seguida empecé otro contradiciendo al primero, pero el tercero se defendía discutiéndole al segundo, y así, o sea: estaba claro que allí había, como mínimo, dos voces. Lo acepté así y el ensayo empezó a fluir. Como había que darle a cada voz algo parecido a su personalidad, me decidí por un profesor jubilado, algo mayor que yo y en algún aspecto también más atrevido, y una joven posgraduada, una doctoranda, experta lectora e iniciada en el tema. La elección tenía sus riesgos, como te puedes imaginar (¡el viejo y la niña!, ¿cómo se atreve?) pero los asumí. Autocrítica, sí, a cada paso, pero autocensura, no. Las dos voces están bien situadas en sus posiciones, creo, pero a la vez cada una tiene una actitud respetuosa hacia la otra y sin prejuicios. La interlocutora no se conforma con cualquier solución, ni suya ni del profesor. Al final, lo que ocurre es que él preferiría entregar el testigo a quien, como ella, está mejor situado para seguir investigando.

La poesía y las redes sociales

¿Es el verso libre tan libre como se lo están tomando hoy día las legiones de poetas internáuticos? Es decir, una decisión del poeta o supuesto poeta que en muchos casos parece depender de la presión del enter/intro y bajar el renglón? O sea, de su sola voluntad.

Pregunta obligada, ¿no? A mí la tecnología me obliga poco, o eso pretendo. Me he acercado a ese fenómeno, y me ha parecido sospechoso. Lo que tiene miles de seguidores de la noche a la mañana me hace pensar que responde a algún truco: la credulidad, la adulación, el narcisismo colectivo, el negocio fácil. Pero he intentado leer algo, sí; claro que yo buscaba poesía, es decir, palabras escritas para ser leídas, no efectos especiales. Y me ha pasado como cuando abres un libro de poemas muy bien editado, lees el primer poema y no te gusta; lees el segundo, y tampoco; en el tercero, también insatisfactorio, ya desistes, a no ser que te sientas obligado. Y repito, a mí la tecnología no me obliga nada, me obliga la calidad literaria, y si la tecnología quiere hacer pasar por buena poesía lo que es retórica rutinaria e imágenes anodinas, no me convence. Poco importa que la mediocridad poética me llegue a la velocidad de la luz. La velocidad de la lectura no es lineal, sino vertical: se lee con lecturas anteriores, se lee al límite de la historia de la lectura. No necesito recordar que, mucho antes de inventarse las pantallas, ya editó Mallarmé de una forma especial su tirada de dados.

¿Cree por el contrario que los nuevos modos de expresión tan variopintos en redes sociales pueden haber introducido algún tipo de novedad aprovechable en el modo de concebir el verso libre?

Creo que, por lo general, los autores adictos a las redes no se plantean cómo escribir, se comportan como si todo lo que se les ocurre hacer con palabras y otros añadidos fuera una genialidad porque se reproduce en la pantalla, porque está bendecido por sus seguidores, etc. Pero la poesía es una práctica muy compleja desde hace milenios, y el lector experto no se sorprende por los cambios de letra, los colorines o el perfil del autor.

Un curso sobre verso libre va más allá y trata de numerosas cuestiones sobre métrica. Casi siempre la métrica, bastante interesante y compleja, se limitaba en la enseñanza casi a la clasificación de estrofas, explicar qué es un encabalgamiento, un hemistiquio…y poco más. Raro era el alumno que salía sabiendo por ejemplo cómo se llaman los sonetos según el tipo de acentuación. ¿Cree que sería conveniente dar métrica de forma más rigurosa en la enseñanza?

No. ¿Para qué exigir que se estudie métrica si no se lee poesía? Sería como obligar a que aprendieran a distinguir entre Wagner y Verdi sin haber oído nunca una ópera. Nadie va a leer poesía porque haya aprendido en qué se diferencian los cuartetos de los serventesios. No: en la enseñanza pre universitaria lo importante sería leer, si es que los alumnos lo permitieran, pero en los Institutos los alumnos son capaces de ir a la huelga para que no se les encargue jamás leer un poema, sobre todo en voz alta, ¡qué horror! Los alumnos y los profesores, que muchas veces tampoco quieren leer versos en clase. Así es que no, nada de métrica en la enseñanza, a no ser que algún alumno lea por su cuenta y tenga curiosidad por ver cómo se construye una décima o una octava real. Si alguno entra a la universidad y quiere estudiar letras, lenguas, literaturas, ya se verá felizmente obligado.

Me dirás que por qué estudiar el sistema periódico de los elementos, si nunca vamos a tener que distinguir entre el ruteno y el rodio, por ejemplo. Pues a mí sí me sirve saber qué diferencia hay entre el hidrógeno y el helio, ya ves. ¿La diferencia entre un romance en octosílabos y otro en endecasílabos? Que lean, que lean en voz alta, a solas o en grupo, que se aprendan de memoria lo que más les guste, y después yo les daré un prontuario de dos páginas de métrica: es suficiente, a no ser que se dediquen a escribir, porque en ese caso necesitan mucho más, pero sin lectura la métrica no tiene sentido.

¿Puede darse el caso de que despreciar o ignorar la métrica y ver en el verso libre un terreno aparentemente fácil en comparación haga en realidad menos libre al poeta en cuestión?

Sí, claro. Con el verso libre ha habido y sigue habiendo muchos malentendidos. Se piensa que la métrica era una camisa de fuerza colocada a los poetas por las academias del mundo entero, y que el verso libre fue la llegada del libertador. Eso no es serio. El verso, libre o no, no es fácil. Esa supuesta liberación poética es muy gratificante, pero ficticia; proclamar que todo el mundo puede escribir poesía sin esfuerzo alguno, y que quien lo niegue está a favor de no sé qué opresión, es algo infantil, pero así funcionan en muchos talleres de poesía personas hechas y derechas. Lo difícil es que sea autocrítico quien escribe verso libre de buenas a primeras: ¿con qué autoridad me demuestra usted, señor director del taller, que mi verso es mediocre, si no hay preceptiva versolibrista? Yo en esos talleres siempre he citado a Vladimir Holan: «Sólo es fácil la mierda».

Casi siempre se piensa que el verso libre es, por decirlo así, un invento reciente. El libro recuerda que no es así. ¿Quiénes a su juicio fueron los maestros iniciales?

El verso libre se consolidó hace un siglo más o menos, y no en todas las lenguas. No se puede decir que fulano de tal fuera el primero en emplearlo, pero quien quiera rastrear sus comienzos puede leer a Rimbaud, a Whitman, y, como decía antes, a Mallarmé, sin olvidar a Apollinaire o a nuestro Huidobro. Pero hay lenguas donde no se ha aclimatado por completo. Brodsky, el poeta ruso, no lo admitía; muchos poetas británicos, tampoco. En árabe, me decía un traductor, no se suele emplear.

¿Qué poetas célebres cree que han manejado mejor el verso libre y cuáles apostaron por él … y diría que no era lo suyo y que se empleaban mejor en otros menesteres?

No sabría establecer esa distinción. Una de las maravillas del verso libre, en sus comienzos, es L’homme approximatif, de Tristan Tzara, que siempre escribió verso libre. Casi paralelamente a ese libro, Neruda escribió sus primeras residencias en un verso libre pletórico. Pero hay poetas que nunca apostaron por el nuevo verso y no les hacía ninguna falta: Claudio Rodríguez, por ejemplo. Otros escribieron con el mismo acierto verso medido y verso libre: Octavio Paz.

¿Por qué verso libre y no blanco?

Blanco es el verso clásico sin rima. Hoy se escribe bastante. El libre es necesariamente blanco, claro: al desaparecer las estrofas, los versos quedan sueltos. Hubo intentos de escribir verso libre rimado, pero el invento no cuajó. Leopoldo Lugones lo hizo con rima consonante, toda una proeza, porque la soltura del interior del verso chocaba demasiado con la consonancia del final. Con rima asonante se hizo en España, de forma monorrima, allá por los sesenta del siglo pasado, pero todos los versos rimados eran más artificiales que las silvas clásicas; se quedó en el intento. ¡Pero ahí tienes el rap: lo que era un defecto imperdonable en la poesía clásica, el ripio, ahora se aplaude a rabiar! Y aplauden los mismos alumnos que se negaban a leer poesía nada ripiosa, sino armónica y brillante. ¡Cosas veredes!

 


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El punto de partida para la elaboración de este ensayo fue considerar que el verso ajeno a la preceptiva no es un verso informe. Lo aleatorio, lo descondicionado y espontáneo intervienen en el verso libre quizás con más insistencia que en el clásico –donde esos elementos no están en modo alguno ausentes-, pero no explican la complejidad fértil con que el versolibrismo ha producido obras tan sólidas desde hace ya un siglo. Puede ser que el poeta no advierta detalladamente la forma que está dando a sus palabras en el momento de escribir, pero en cuanto reconsidera su trabajo se le hace inevitable la cuestión del cómo, que es en realidad una variante de la pregunta por el qué. En cualquier tipo de poesía, las convenciones inherentes a la lengua son desplazadas hacia los límites del discurso: ¿cómo se manifiesta esa traslación en el verso libre?, ¿qué opciones se le ofrecen al poeta cuando la lengua se metamorfosea en poesía sin pasar por el taller de la métrica? Precisamente porque semejante pesquisa puede ser planteada desde puntos de vista diversos, Un curso sobre verso libre adopta el procedimiento de la argumentación dialogada. El curso de este libro se desarrolla a dos voces. Dos generaciones distintas, dos actitudes ante el mundo y ante la poesía –en definitiva, dos poetas-, mantienen una discusión sobre el verso libre que pretende despertar la reflexión del lector.

Pedro Provencio (Alhama de Murcia, 1943) se ha dedicado a la enseñanza de la lengua y la literatura españolas, tarea que desempeñó en Inglaterra y Francia entre 1972 y 1980, y desde entonces en Madrid. Ejerció la crítica de poesía en diarios (El sol, El independiente, ABC) y revistas (Cuadernos hispanoamericanos, Revista de Occidente, etc.), y ha publicado, entre otros poemarios, Forma de margen (1982), Embrión (1991), Deslinde (1995), Modelado en vacío (2001), Eso y nada (2001), Ciento cuatro días (2003 y 2013) y Onda expansiva (2012). Es autor del libro de ensayos Buenas noticias para el lector de poesía (2005) y de antologías como Poéticas españolas contemporáneas (1988) y Poesía erótica española e hispanoamericana (2003). Ha traducido a Jean Follain (Espacio del instante, 2000) y a Charles Baudelaire (Las flores del mal, 2009).

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