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Así veían el cielo los antiguos para que nosotros pudiéramos verlo de otra forma

Sobre La exploración del cosmos (fronterad, 2020)

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¿No parece haber una cierta burbuja de los fenómenos del espacio extraatmosférico y siderales? Cada semana una  luna distinta. A la luna de sangre le sucede la luna de fresa, cada poco hay siete superlunas seguidas, ora una luna azul,  ora una luna de cosecha. Todos los meses un cometa amenaza con destrozar la Tierra y los eclipses, los hay cada dos por tres, tienen igualmente una amplísima clasificación propia. El otro día uno de penumbra, encima de penumbra. Si no hay planetas alineados resulta que una lengua de fuego solar está a punto de abrasarnos. ¿Qué ha pasado?

Hasta hace nada había alguna estrella conocida y alguna constelación, prácticamente invisibles ambas por la contaminación lumínica. Con suerte veías a Venus un día que volvías de marcha al amanecer. Una vez pasó el cometa Halley, había algún eclipse y la famosa lluvia de estrellas de agosto, tan esperada como aburrida, pues todos los años había gran expectación entre el vecindario, que se subía a las azoteas para bajarse a los quince minutos hartito de tanto mirar  para arriba. En muy pocos años el espacio se ha llenado de cosas y yo creo que es un poco excesivo, porque apenas acabas de asimilar vía wikipedia lo que te vas a perder ese madrugada por estar dormido cuando ya viene lo que te perderás al día siguiente por idéntica razón. Un respiro, por favor.
Hasta esta sobreabundancia llena de nombres asombrosos que invitan tanto a mirar al firmamento como a agazaparse debajo de la cama en posición fetal, el estudio de la astronomía ha pasado por multitud de fases. La editorial fronterad ha decidido dedicarle la colección Astronomía para profanos, cuatro títulos: El cielo antes del telescopio, La exploración del cosmos, El universo y su expansión y Después del Big-Bang (estos dos últimos de próxima aparición).

El que acabo de leer es El cielo antes del telescopio, de Andrés Casinello, con dibujos de Raúl. En menos de 60 páginas nos traslada del siglo V a.c. a finales del siglo XVII. Su virtud es hacerlo de forma sencilla, a modo de charla, con cercanía. Un libro que puede ser leído y contado, gracias a esa especie de oralidad, por llamarla de alguna forma.

A modo de viaje, la historia parte de las dudas de Herodoto en relación a ciertos datos aportados por navegantes. A partir de ahí esta obra ofrece un repaso por los meritorios avances astronómicos de la antigüedad, hasta el punto de que muchos literalmente se hacían a ojo. Eso deja una sensación de asombro tanto ante la inteligencia de muchos de aquellos investigadores como acerca de su hambre de conocer y aprender. Anaxágoras, Aristóteles, Ptolomeo, Hesíodo, Aristarco, Eratóstenes, Copérnico, Kepler o Galileo… nombres propios que en distintas épocas, lugares y civilizaciones ofrecen un recital de sabiduría y un avance de la astronomía basado en la minuciosa dedicación y en la honradez intelectual. Pero esta pequeña obra divulgativa va más allá, y mediante ilustraciones y gráficos acompaña tales enseñanzas con la demostración de muchas de aquellas teorías de filósofos y científicos. Varias de las mediciones quedan así complementadas y resulta más fácil saber qué pensaban exactamente aquellos eruditos capaces de abrir caminos impensables en la considerada ciencia más antigua mediante una combinación de agudeza, pruebas y errores. En este caso se explican cuestiones como qué vieron en el cielo los griegos, el movimiento de los planetas o la distancia del sol a la luna. A la luna de entonces, cuando la superluna no venía día sí día también a la superfragua con su superpolisón de supernardos…

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9788494858185

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