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Ara. Un poema de Reynaldo Jiménez

Del libro Ganga II (Libros de la Resistencia, 2021)

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Ara

a Víctor Sosa

Cada hoja guarda el brillo
de su prodigio.

Cada hoja demora la hora
incólume como una colonia
de sacramentos.

Cada ligar de luces, ilusiona
con la emulsión presocrática
o la rosaura del día.

Cada día que pasa es una cosa.
Cada cosa que hago es una sola.
Cada sólido que cae está desnudo.
Cada cara que salta es una risa.

Pero no quiero entrar a repetir
me antes de haber abierto ape
nas esta boca de roca de coraz
onada.

Entonces paro el caleidoscopio.
Noto los vidriecitos amados
por ese espejo del que proviene
el fuego ilusionista de ser algo.

La morada de la diosa está viva.
Ella es esa mano
de alivio más su estrella.

Cada diosa una hoja, volátil
su incidencia de instante.

Cada cosa está en las hojas:
furtivo coincidir, alguna mañana,
con penas y risas y destiempos.

Apenas salpica esta luz.
Apenas el vaivén de su vibrar
el libro sin destino a ser librado
y que una mano oscura escribe
mientras la otra a su lado calla.

Calan las hojas no escritas
como centros de estrella libados
por la mirada, aunque soslaye
o delire, nunca sola.

Cada hoja pule el filo
de su esplendor.

Y cada deshojar en sí se da en sí.

Se vuelve a la grandiosa
hoja, desnuda
del ojo que duda, objeta.

Pájaro, el nombre se pierde
en un portal de iridiscencias:
cada fuerza trae fraseo.

Cada hija del espacio espera
a la escucha del aliento.

Cada lámpara
lejos, por el viento
inquieta.

Cada instante es una hoja.
Cada floja materia está encendida.

Estar y no estar la misma cosa:
una rosa espera,
una espira el oído y un habitar
encendido de ave en el ojo.

Las hambres desmadran:
hambre de oír, de ser oído,
estar perdido entre las hojas.

No confunden las que raspan
su pronta ausencia con la flora.

Ni preocupan ni me plantan
en un magma de preguntas
inconstante, ni a la distancia
de un solo paso su espesura.

Apenas miro allí donde no estoy.
Vellos, verdescencias.
A contraluz todas las hojas miran.

Cada mirada está perdida
si la cruzan las trazas de una hoja
en esa soledad de oleaje
adonde mundos pesan o persisten.

El origen verde
del mundo es el fin del mundo.
Arde lo que está cerca, porque habla.

Hoja en la frente del que sueña.
Hoja en la fuente que se preña
de una imagen respirada.

Roce de labios y de ocelos:
se besan esta hoja y el rocío.

Cada flor amazona da su ara.
Las flores abren los ojos.
Las hojas comen voces.

Hoja página, hoja vagina, hoja
mental. Hoja única, la misma,
elemental. Hoja del día, hoja
del trébol de cuatro puentes
cardinales. Hoja mordida por
la hora.

Hoja mojada en la luz.
Hoja quemada en vida.
Hoja, ventana.

En un tiempo amé a una hoja
que luego caería en ese charco:
cacería de otro centro.

Diosas adolescentes.
Dolores de parto de diosa.
Apariciones de cada día.

Hojosa infancia, matriz,
emperatriz del humus,
reino de las despedidas,
abolir del resplandor.

Y el río de nervaduras
«por una sola hora más».

Cada hoja busca su forma:
crecer y ser buscada.
Cada esperada es perfecta
a la mirada que espera.

Cuánto hacía falta —las hojas
que llegan de lejos para
permanecer— para permanecer.

De noche sin luna una hoja
con su luciérnaga quieta,
lisergia de ser en gira.

Escucha
la puerta sin muro.

Consigo unos brazos de Shiva,
los mástiles hechos sirenas.
En el segundo sigo porque la hoja
hiere.

Prefieren las hojas quedarse mirando.
Preguntan, esposas del árbol profundo.
¿Qué árbol, qué hojas? ¿qué
espesan, qué tocan?

Estoy desprendido de un nudo
tan parecido a ese búho del que aún
huyendo persigo por entre las hojas.

Se abre la primavera por vez primera.
Se vive a la vera del verdor que verá
a quien apenas lo vea.

Racimo, chorro de lumbre,
el aire encarna.

Hoja roja del liquidámbar, hoja
hueca de la monstera, hoja insomne
y sin espejo, hoja caída en la laja.

Ahora, diosa del hambre, pasa
intermitente y separa
el espacio para siempre volver.

Estela que una mirada deja,
faceta en las oceánicas hojas,
camino a casa, en otro lugar.

Rumor del pasto y las ramas.

Sobre el autor
reynaldo jiménezReynaldo Jiménez nació en Lima en 1959. Reside en Buenos Aires desde 1963. Ha publicado numerosas obras, entre las cuales La curva del eco (1998, 2008.), La indefensión (2001, 2010), El libro de unos sonidos. 37 poetas peruanos (2005), Shakti (2005, antología y versión portuguesa de Claudio Daniel), Ganga (2006, antología poética con selección de Andrés Kurfirst y Mariela Lupi), Esteparia (2012) y Olla de grillos (2018).

Ha traducido libros en portugués y francés. En los 80 integró la banda de artistas El Invitado Sorpresa. Con Fernando Aldao grabó La indefensión (2002) y Ex (2012), además de otras colaboraciones. Ha participado en numerosos eventos performáticos y literarios y ha dictado talleres de escritura en más de una decena de países.

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