Aquí nadie había visto nunca a un negro

El terrorista negro

Capítulo I

¿Le han dicho que antes de su llegada a Romaincourt, aquí nadie había visto nunca a un negro, salvo el coronel que lo sabía todo del corazón de África y del vientre de Oriente? No, ¿verdad? ¿Usted ha oído hablar de todos modos del alboroto que reinaba en aquellos tiempos por culpa de los boches[tooltip tip=”1. En argot, nombre peyorativo para referirse a los alemanes.”]1[/tooltip], de los ritals[tooltip tip=”2. Nombre popular y peyorativo para referirse a los italianos”]2[/tooltip], de los bolcheviques, de los ingliches[tooltip tip=”3. Ingleses.”]3[/tooltip] , de los yanquis, y de montones de otros tipos que se metían, todos ellos, contra Francia, y habían decidido, vaya usted a saber por qué, poner el universo patas arriba con el único propósito de joderla? ¡El revoltijo, señor, el gran embrollo, como decimos entre nosotros! Trozos de Lorena en Prusia, Letonia pegada con Siam, fragmentos de Checoslovaquia por todas partes, con canacos en los bancos de hielo, con lapones cerca del ecuador, y él, aquí, en este agujero perdido de Los Vosgos, cuyo nombre no oyó pronunciar sino varios meses después de que lo descubrieran, medio muerto, en las lindes del bosque de Chenois.

Era la gran guerra, señor, el chale avvaire[tooltip tip=”4. «Mal asunto».”]4[/tooltip], como la llamaba yaya Leontina que en los sesenta años de residencia entre loreneses no había perdido nada de su deje de Sandgau. Usted no lo puede ignorar, nadie puede ignorar aquel periodo, incluso entre ustedes, a orillas del Limpopó.

Fueron los Valdenaire los primeros que lo vieron. ¡Padre e hijo, señor, en la temporada de los cólquicos! Iban a por níscalos amarillos y, de repente, el hijo, sorprendido, lanzó el grito de su vida al oír un ruido de bestia degollada. Cerró los ojos y señaló con el dedo una masa oscura e inquietante aplastada en un matorral de alisos, allí donde la tierra parecía menos embarrada. El padre, acudió, se sobrecogió, sudó la gota gorda, luego recuperó rápido su dignidad:

— En fin, Étienne, no es más que un pobre negro.

— Un espía de los alemanes, ¡en ese caso!

— Los alemanes ya no tienen negros y es por eso por lo que hay guerra… ¡Venga, hijo!

— Pero, padre …

— ¡Cállese, Étienne!

Los alemanes acababan de bombardear Épinal, y yo, Germaine Tergoresse, lo ignoraba todo de su tío. Ignoraba que se llamaba Addí Bâ, y que acababa de evadirse de una guarnición de Neufchâteau. Sobre todo, estaba muy lejos de imaginar que, meses después, vendría a habitar esta casa que ve usted ahí, exactamente al otro lado de la calle, a trastornar la vida de mi familia y a dejar su huella defnitiva en la historia de este pueblo.

Este insólito encuentro con los Valdenaire fue el comienzo de todo. No fui testigo de esta escena, pero sí sé que estábamos a finales de septiembre, un otoño triste en el que las bombas volaban en fragmentos bajo las patas de los gamos, en el que los perros lobos venían a gemir hasta las puertas de las casas. Toque a cualquier puerta y le describirán mejor que si Renoir hubiera llevado al cine su pequeña talla, su tez de aceite de ricino, su nariz de chiquillo, sus ojos de gato, sus ropajes de tirador, manchados de sudor y de barro, el matorral de alisos bajo el cual yacía, el olor de la turba, y el ruido de los jabalíes bajo los castaños.

Hacen falta montones de pequeñas casualidades para tejer una existencia, ¿verdad? Piense que esta historia no hubiera tenido lugar, que no estaría yo aquí perorando sobre su tío si Étienne hubiera obedecido a su padre. El destino quiso que más tarde, en la mesa, mientras atacaba su tofaille[tooltip tip=”5. Especialidad culinaria típicamente de Los Vosgos a base de patatas, tocino o panceta, cebollas, mantequilla y vino blanco con o sin ajos puerros.”]5[/tooltip], su boca se abriera sola, por decirlo de alguna manera, y soltara de un solo tirón:

— Entonces, a ese negro, ¿lo vamos a dejar en el bosque, padre?

Las fibras de su ser habían formado, sin embargo, una nasa muy sólida para tratar de contener esta pregunta. Por lo menos, eso creía. Lo había conseguido por el camino de regreso, e incluso todo el tiempo que le había sido necesario para sacar agua del pozo, arrancar las verduras del huerto, recolectar carbón y prender el fuego. Después, la barrera había cedido con una violencia tal que se había sentido liberado, a pesar del semblante descompuesto de su padre. Liberado del peso, más que triste por la enorme metedura de pata que acababa de cometer. En diecisiete años de vida en la tierra, nunca se había portado de tal modo. ¡Hablarle así a papá delante de mamá mientras estaban en la mesa, cuando afuera, estábamos en guerra

— ¿Tiene usted un negro en el bosque, Hubert?

La voz de su madre fingía el mismo tono que los demás días, neutro y acompasado, pero con una pequeña inflexión que dejaba adivinar un no se sabe qué, trágico y escandaloso.

— ¡Usted me oculta algo, Hubert Valdenaire!

Las faenas, el trato de usted, el atuendo oscuro, los ruidos de zuecos, los largos silencios interrumpidos por catarros crónicos y sofocos solían marcar el ritmo de la vida de la casa, pero bien sabía Étienne que cuando su madre decía Hubert Valdenaire, era señal de que las cosas dejaban de girar normalmente en este pobre mundo.

Su madre se había levantado bruscamente, mientras su padre ponía una cara lúgubre, mascando una corteza de pan untada con una capa de Brouère[tooltip tip=”6. Queso francés de la región de Lorena.”]6[/tooltip].

Minutos después, mientras se afanaba en el jardín para ordenar las azadas y trancar el gallinero, oyó por primera vez voces destempladas que venían del cuarto de sus padres. Después de haber guardado las cestas y la carretilla y como quiera que la febre de la curiosidad le impedía coger el sueño, pegó la oreja al suelo de su cuarto dispuesto en el piso superior, para oír mejor los cuchicheos que subían de la planta baja:

— Eso sería una locura y usted lo sabe perfectamente.

— Usted no hubiera dicho eso hace veinte años.

— Vale, ya no soy el mismo. ¿Dónde está el pecado?

— ¡Lleva un uniforme francés!

— Han quemado pueblos por menos que eso.

— ¡La va a espichar, Hubert!

— Pues bien, ¡que la espiche!

Un largo silencio transcurrió, entrecortado por el ajetreo habitual: toses, hipos, silbidos y la mano febril del padre rebuscando sus pastillas en el botiquín.

— Lo que yo quiero es vivir sin bombas, sin boches, y, sobre todo, sin negros. ¡Miremos las cosas de frente!

— Es muy triste, lo que está de frente.

Luego, tras un tiempo de refexión:

— Ese pobre negro no tiene ninguna escapatoria. El pueblo sí, tiene aún una. Estamos en guerra, Yolande.

— En ese caso, iré yo a buscarlo.

— Pues bien ¡vaya!

Otros ruidos insólitos, más intensos, más nerviosos: Étienne oyó chirriar pasos sobre la grava del patio, el pesado portal metálico abrirse y volver a cerrarse, y la voz enfermiza de su padre vibrar en la noche:

— ¡Nada más que ropas y vituallas y nada más! Vaya a despertar al chico, dígale que coja la linterna. Dígale que coja el fusil también. ¡Mire a ver si encuentra mis botas, mi gorra y mi bufanda!

Lo encontraron allí donde lo habían dejado debajo del matorral de alisos, ahora más insólito, más inquietante, más irreal bajo la luz temblorosa de la linterna. Estaba claro que no se había movido desde antes. Estaba allí inerte, a pesar de la violencia de los estertores; resuelto e imperturbable como todos los que habían decidido ponerse en manos del destino. Ya le era igual que fuera el hambre, el frío, los alemanes, los collabos[tooltip tip=”Bajo la ocupación alemana, los collabos eran los partidarios de un compromiso sin reservas con el bando de los de Hitler.”]7[/tooltip] o sencillamente un campesino con ganas de ajustarle las cuentas a un sucio negro que se había atrevido a arrastrarse hasta él.

— ¿Habla usted francés? — arriesgó Hubert al mismo tiempo que ayudaba al chico a descargar la cesta con las vituallas.

La pregunta no obtuvo respuesta, pero, curiosamente, hizo cesar los estertores.

— ¿Habla usted francés?

La voz del padre había perdido su convicción. Sabía que el otro no respondería. Se adelantó un metro o dos, mientras Étienne sacaba el contenido de la cesta. El hombre no se movió, lo que los tranquilizó. No podían explicárselo, pero sabían que seguía vivo. Si hubiera muerto, lo habrían presentido de alguna manera; el olor de la tierra, los crujidos de la madera, el temblor del aire, algo familiar e insólito a la vez les hubiera proporcionado la certeza.

Étienne alargó la hogaza y por primera vez sus ojos se en trecruzaron, y por primera vez este rostro oscuro, esta midada clara, esta alma tranquila y testaruda, se alojaron de golpe en él, defnitivamente.

El negro se comió el queso y el pollo, vació la botella de Contrexéville[tooltip tip=”8. Agua mineral natural que procede del municipio de Contrexéville en el departamento de Los Vosgos.”]8[/tooltip] pero rechazó con obstinación el fambre de cerdo y el vino. Étienne estuvo a punto de decirle: «No se ponga remilgoso, en el estado en el que se encuentra», pero se contuvo. Pensó que había sido a causa de la compasión que le inspiraba esta situación tan desoladora como inesperada; comprendería más tarde que era porque acababa de encontrar al hombre más inolvidable de su existencia.

Así pues, se limitó a guardar la loncha de tocino y la botella de vino; después, le alargó en silencio el saco de dormir, el edredón y el jersey.

— ¿Habla usted francés?

Por fin el hombre abrió con difcultad la boca y logró articular:

— ¿A qué distancia estamos de Chaumont?

Hubert no contestó. Su atención quedó atrapada en las palabras que acababa de pronunciar este desgraciado y en su tono propio, un tono de chaval precoz habitado ya por esta serenidad magnética e impenetrable propia de guerreros y de locos. Esta voz de serenidad imponente, aunque ligeramente nasal, que a partir de ahora ronda por nuestra tierra desde las colinas azules que percibe usted a lo lejos hasta las orillas del Marne.

Pero el negro repitió su pregunta, a la que nadie había pensado contestar.

— ¿Qué? ¿Piensa usted llegar hasta Chaumont? ¡Vaya idea! Dese por satisfecho al haber conseguido llegar vivo hasta aquí. Mejor será que se quede hasta el final de la guerra.

El hombre se levantó en ese momento, vaciló, estuvo a punto de caer de espaldas, logró agarrarse a una rama y sacudió su capote pesado de lluvia y de barro.

— Prefero morirme allí antes que aquí.

Vaciló un poco y añadió:

— Aquí se echa en falta el sol.

— ¡Ve usted, Étienne, está delirando! … Como usted quiera, pero, sobre todo, no diga que lo hemos visto.

Volvió a colocar el fusil al hombro y le hizo una pequeña señal a su hijo. Este sacó de sus bolsillos una vela y una caja de cerillas.

— Usted recibirá una comida cada día y una manta de recambio por mes. Es todo cuanto podemos hacer. El pequeño es quien vendrá a traérselo.

— Haré como que cazo ardillas —dijo Étienne— para despistar la atención de los boches. Buenas noches y sobre todo no se preocupe, no hay lobos por este lado del bosque.

— He debido estrangular el último esta noche —contestó el otro, orientando con dificultad la vela hacia su mano ensangrentada.

Étienne comprendió que cuando trajera el rancho mañana, debería traer también un puñal. Un fusil alertaría a los alemanes. Fue el comienzo de esta sorprendente telepatía que los uniría durante los tres años que pasó entre nosotros, y que, probablemente, los une aún hoy, éste en su tumba de Colmar y el otro de pie en medio de los avestruces, allá lejos, en una estepa de Australia.

Antes de que esa loca bretona viniera a arrancarlo de su tierra, Étienne me confiaba que le oía ciertas noches de tormenta, y que eso no tenía nada que fuera sobrenatural para él; era sencillamente la voz de un amigo que se acerca para reavivar el recuerdo de otro amigo. Fue, por cierto, el primer hombre con quien tejió algo esencial, en este bosque inhóspito lleno de lobos y asediado por los combates.

Al día siguiente, como todos los demás días, pasaron numerosas horas juntos mirándose sin decirse nada, masticando mendrugos. Puesto que no quería tocino y como había que economizar el queso, su comida consistía, esencialmente, en pan acompañado a veces con una sopa de coles o con un manojo de rabanitos. Por suerte, Étienne conocía cada palmo del bosque de Chenois; se alejaba para atrapar una becada o trampear una liebre, luego, hacía lumbre y asaba su caza, dejándolo darse un festín antes de llevar los restos a casa.

Cierto día, después de haber depositado la pitanza delante de la cabaña que el negro se había montado, le dio la impresión de que alguien lo seguía. Miró por encima de su hombro, escrutó por entre las fores salvajes y terminó por distinguir una silueta vestida con un impermeable gris. Mientras le hacía señales al otro para que se escondiera, reconoció la voz de su madre:

— ¡Soy yo, Étienne! ¡Dile que no tema!

Se acercó y pasó la cabeza por el agujero abierto que servía de puerta:

— He encontrado algo mejor para usted. Esta tarde, Étienne vendrá para conducirlo allí. Tome, le he traído queso.

Étienne no comprendió de inmediato. Sus ojos no se abrieron, su mente no se aclaró hasta la tarde, después de comer, cuando su madre se introdujo subrepticiamente en su habitación para meterle algo entre las manos:

— Toma, ya sabes lo que te queda por hacer.


1. En argot, nombre peyorativo para referirse a los alemanes.
2 . Nombre popular y peyorativo para referirse a los italianos.
3. Ingleses.
4. «Mal asunto».
5. Especialidad culinaria típicamente de Los Vosgos a base de patatas, tocino o panceta, cebollas, mantequilla y vino blanco con o sin ajos puerros.
6. Queso francés de la región de Lorena.
7. Bajo la ocupación alemana, los collabos eran los partidarios de un compromiso sin reservas con el bando de los de Hitler.
8. Agua mineral natural que procede del municipio de Contrexéville en el departamento de Los Vosgos.

9788412351279

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