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Antía sabe que las señales siempre estarán ahí para quien quiera verlas

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Las clases empezaban a las ocho y media y, apretando el paso, aún podría llegar puntual a primera hora. Sin embargo, Antía tenía otros planes para hoy

La niebla ha borrado el paisaje, el océano. Esto no se lo esperaba. Parece una señal, un mensaje: ¿buscabas el mar? Ya no está, ¡no lo hagas! Ahora estás ciega. A tientas, no tendrás valor. Pero Antía sabe que las señales siempre estarán ahí para quien quiera verlas, que detrás del suceso más insignificante, quien lo precise hallará las explicaciones que busca, mensajes cifrados del universo. Es Dios, cualquier dios y de cualquier naturaleza, que utiliza el mundo, la realidad a su alcance para comunicarse personalmente contigo. Y a pesar de todo, esta niebla que oculta el océano y amenaza con engullir también la playa y el pueblo, la carretera hasta el faro, parece adensarse sobre la costa solo por ella, para impedirle llevar a cabo el propósito con el que ha venido hasta aquí.

Es ridículo y, no obstante, hasta hace poco, sí creía en las señales, sí creía  conocer los códigos de esa conversación con lo divino, o con la naturaleza o lo que quiera que fuese esa fuerza sobrehumana que intuía más allá de su propia y limitada existencia. Ahora ya no, pero es tentador, todavía, dejarse querer y llevar por esa voz inescrutable y abrigadora, esa voz dispuesta siempre a responder a tus más íntimas inquietudes, a conducirte en la vida y reconfortarte con sus pruebas invisibles; a hacerte sentir que no estás sola, que alguien vela por ti, que todo tiene un sentido.

Hoy las señales han estado ahí para ella desde el principio, por todas partes. El más vacilante de los creyentes hubiese caído extasiado ante tales epifanías. Pero Antía ya no cree en ellas, a pesar de advertirlas todavía, de entretenerse sugiriéndose posibles significados. Se trata solo de un juego, una costumbre demasiado familiar como para desterrarla por completo. Un juego ahora vacío, sin aliciente, un cándido desengaño.

Mi vida en otra partePara empezar, esta mañana se ha quedado dormida. Primera señal, primer mensaje: ¡no lo hagas! Abrió los ojos pasadas las ocho y la oscuridad reinaba en su habitación a pesar de haber tenido la precaución de no bajar la persiana. De algún modo, se las había ingeniado para apagar el despertador mientras dormía. El cielo negro desafiaba al alba y los escasos coches circulaban silenciosos; sus faros como interrogaciones amarillas. La ciudad, al igual que ella, parecía no haber empezado a desperezarse. Pero lo más extraño, una señal que no podía tomarse a la ligera, era que su madre no la había despertado, como cada mañana, antes de irse a trabajar. Las clases empezaban a las ocho y media y, apretando el paso, aún podría llegar puntual a primera hora. Sin embargo, Antía tenía otros planes para hoy. Tomaría el camino de siempre hacia el instituto, pero pasaría de largo frente a la entrada principal y rodearía el edificio en dirección al polideportivo. Si se encontrase con alguien en este punto, ya había previsto lo que diría, que se había olvidado una chaqueta en los vestuarios durante la última clase de Educación Física y que iba a recuperarla antes de que alguien se la agenciase. Luego cruzaría la calle y descendería los escasos doscientos metros que separan el instituto de la estación de autobuses. Desde las ventanas de algunas clases del tercer piso se divisan los andenes y Antía había fantaseado muchas veces con subirse a uno de esos autobuses, confundirse con los demás viajeros y dejarse llevar por el enigma que encierra siempre cualquier viaje.

En la penumbra del pasillo, se detuvo frente a la puerta cerrada de la habitación de su madre. Que Antía recordase, era la primera vez que su madre se quedaba dormida. Tal vez estuviese enferma, aunque en las raras ocasiones en que lo había estado, nunca había dejado por ello de ir a trabajar, de levantarse temprano y prepararle el desayuno. No podía irse sin más y dejarla en la cama. Había imaginado una despedida más trascendental, menos precipitada. Durante las horas lentas del insomnio, sus pensamientos se habían enredado en una escena obsesiva de despedida. Una y otra vez se había representado mentalmente cada detalle, había absorbido todas las sensaciones posibles, toda la tristeza, toda la liberación, también el gesto último de inteligencia de su madre al comprender mudamente lo que, en realidad, estaba ocurriendo. Sería, en apariencia, la misma despedida de cada mañana lectiva, sin apenas palabras; gestos mínimos, murmullos somnolientos, someras explicaciones acerca de la comida que le dejaría preparada en la nevera, el tiempo de horno o microondas necesario para calentarla, pero, esta vez, cada palabra, cada gesto, serían definitivos. Nunca comían juntas. Su madre la despertaba a las siete y media y enseguida salía por la puerta. Antía desayunaba sola en la cocina todavía oscura, se duchaba y se iba al instituto. Regresaba y comía lo que su madre le hubiese dejado preparado. Las tardes eran una masa de tiempo indiscernible. Solía tumbarse en la cama y dormir un rato. Luego hacía los deberes y leía o simplemente holgazaneaba dejando que su mente vagase más allá de los confines de su cama, de su habitación y su casa en ese juego fantasioso que había  recuperado de su infancia, o que quizá nunca había abandonado del todo, pero que, en las últimas semanas, había vuelto a cultivar con renovado entusiasmo; imaginar otras vidas posibles y vivirlas, mentalmente, a ratos que podían abarcar largos años o ínfimos instantes en los que su imaginación se demoraba en una descripción obsesiva del detalle en apariencia más trivial, una décima de segundo atrapada en un paréntesis temporal propio de la narrativa de las novelas. Podía pasarse horas así, recostada o tumbada en la cama, enredada entre los cojines y la almohada, con los ojos cerrados, llenando de contenido alguna de las vidas que había ideado y que, como los capítulos de una novela o los episodios de una serie de televisión, iba nutriendo con nuevas aventuras, con hallazgos de un pasado todavía por inventar o de un futuro extrañamente conocido.


Este es un fragmento de Mi vida en otra parte que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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