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«¿Qué sentido tiene que yo lleve la mascarilla en mi pueblo cuando no pasa nadie por la calle?». Una conversación con Annabel Roda, de la Revista Salvaje

Annabel Roda es la redactora jefe de la revista Salvaje

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Quizá  habría que combinar la segunda y tercera acepciones del diccionario para determinar qué tiene de salvaje la revista Salvaje. En este caso, y dicho sobre una publicación, no domesticada y feroz. No domesticada como veremos al salirse del circuito comercial convencional y apostar por el papel de forma decidida; feroz por aplicarse con intensidad a unos temas muy concretos relacionados con los pueblos y el mundo rural.  Este proyecto arriesgado ha obtenido una excelente acogida en estos tiempos en los que tanto se habla de la España vaciada. Nadie mejor para hablarnos sobre Salvaje que su redactora-jefe, Annabel Roda, que además es natural de un pequeño pueblo de Teruel al que ha vuelto después de años.

En la portada de vuestro nuevo número aparece un surfista sentado visto desde abajo. Para una generación educada en el terror al mar desde la misma orilla gracias a la película Tiburón de Spielberg, eso significa que esa persona o va a morir o va a perder alguna pierna. Uno piensa: «por Dios qué angustia, está perdido». No sé si se ha tenido a esa película en cuenta, y a sus efectos en tantos espectadores, a la hora de escoger la portada

[Ríe] Pues no, no habíamos pensado en eso de ninguna manera, la verdad.

Ese pobre hombre…

Cubierta del número 5 de la revista Salvaje

El tema de portada suele coincidir con el reportaje más artístico fotográficamente previa selección de las fotografías que pueden encajar. A partir de ahí hacemos una votación entre ellas.

¿Cómo ha sido la publicación de este último número? No sé si os han pillado todas las dificultades procedentes del confinamiento y el estado de alarma a causa del coronavirus.

Nos afectó más en el número 4, el número de primavera. Teníamos ya una estructura más o menos cerrada y con la pandemia nos tuvimos que replantear seriamente incluir ciertas cosas sobre la Covid. Pero en este número de verano empezamos a trabajar ya cuando la situación estaba más distendida. El estado de alarma había terminado y teníamos muchos temas encima de la mesa. En ese sentido la pandemia no ha sido un problema, porque también trabajamos cada uno desde nuestra casa en distintos puntos de España.

¿Cuántos miembros componen el equipo fijo de Salvaje?

La revista se centra en cuatro pilares: Guillermo López, que es el director, Rafa Galán, que es el editor gráfico, el estudio de diseño gráfico Rifle, que nos hace el diseño y la maquetación, y yo, que hago de redactora-jefe por así decirlo.

¿Cuál fue la idea a partir de la que germinó esta publicación?

En este sentido puedo hablar con palabras de Guillermo López que es el fundador, yo llegué al proyecto un poco más tarde. Él siempre habla sobre que quería sacar un canal de comunicación o un espacio en el que poder estar orgullosos de nuestro campo. Siempre hace alusión a que gracias a su experiencia en los Estados Unidos se dio cuenta de que los norteamericanos tienen una tendencia a estar muy orgullosos de su Gran Cañón o de sus parques nacionales —o los mismos franceses de su Provenza—, en cambio en España tenemos una tendencia a menospreciar el campo.  Esos Estados estaban superorgullosos de su naturaleza, nosotros para nada tenemos esa relación, vemos el campo como algo alejado, la vida rural hasta hace nada y todavía hoy está menospreciada y llena de tópicos. Siempre asociamos a la gente de pueblo con un lado cateto e ignorante. Han hecho mucho daño, y eso ya es mi impresión personal, la imagen de Paco Martínez Soria [ríe].

Yo tengo ahora 45 años y siempre se me ha presentado el campo como algo, entre comillas, de lo que había que huir.

Yo debo decir que incluso ha sido la propia revista la que me ha hecho ver que no tengo que huir de mis raíces.  He nacido, he crecido y sigo viviendo en un pueblo. Mis padres sin embargo siempre me han inculcado eso de «no ser como nosotros». Después de estar casi un año en la revista me he dado cuenta de que el problema también es que el discurso de la imagen del pueblo siempre ha sido creado desde la ciudad. La gente de los pueblos no se ha sentido dueña de decir quiénes son.  Creo que es un problema primero de trabajar la autoestima de la gente rural y hacerles ver que lo que hacían y siguen haciendo tiene un valor fundamental.

En cierto modo la gente de los pueblos ha absorbido ese discurso de fuera.

Sí. Ha absorbido totalmente el discurso de la gente que se ha ido del pueblo y vuelve…como exitosa: «tú te has quedado, eres un fracasado». Ese discurso me lo he tenido también que trabajar mucho. He estado muchos años fuera. Volver al pueblo y vivir y trabajar desde allí es asumir que no soy una fracasada, que hay otras alternativas, que puedo decidir dónde vivir y tener las mismas oportunidades y la misma valoración que un joven que decide irse a la ciudad.

¿Cuál es tu pueblo?

Procedo de un pueblo de la provincia de Teruel que se llama Valderrobres, en la comarca de Matarraña. Está muy alejado tanto de la capital de provincia como del resto de capitales de alrededor. Está en una zona catalanoparlante y más cerca de Tarragona o Castellón que de Zaragoza o Teruel.

¿Cuántos habitantes tiene?

Tengo la suerte de que vivo en la capital de la comarca, y son dos mil personas. Pero la realidad de la mayoría de jóvenes en ella está en pueblos de menos de 500 habitantes. La vida es dura allí por muchas circunstancias y las oportunidades reducidas.

¿Al volver al pueblo te has encontrado con mucha gente a la que dejaste allí al irte o se han ido?

Se ha ido mucha gente. Hay un vacío de población enorme de los 18 a los 30. Y sobre todo de mujeres, porque somos las que al final estudiamos fuera y las que decidimos no volver por no existir una alternativa laboral. Las mujeres nos vamos porque no hay servicios para salir de los roles que te tiene marcados como cuidadoras. Las mujeres que viven en los pueblos tienen asumido que van a cuidar al tío soltero, a sus padres, a los suegros y al que venga. Yo trabajé en un proyecto en la zona con mujeres mayores de 40. Me encontré con caso de mujeres que ahora tienen 70 u 80 años que han llegado a cuidar a siete ancianos, algunos ni familiares directos debido a las circunstancias, puesto que no hay centros geriátricos o residencias… o guarderías. Todos los cuidados acaban recayendo en las mujeres.

¿Hay en esa franja de edad por tanto una mayor permanencia masculina? No sé si en su caso siguen apegados a trabajos duros de rol masculino, como labores agrícolas y ganaderas.

Se suelen quedar más hombres. De hecho muchos de esos jóvenes se quedan porque acaban heredando las empresas familiares. Además la oferta de trabajo que hay está enfocada a los hombres. Incluso me he encontrado ofertas laborales agrícolas o de jardinería que no aceptan mujeres. Se quedan más hombres en la zona que yo conozco. Habría que buscar datos para que me lo corroborasen, pero generalmente en la España interior hay un desequilibrio en este aspecto.

A partir de esta situación que planteas, no sé si común en toda España pero supongo que sí en gran parte, se habla también de la España vacía o de la España vaciada. Pero supongo que para «llenarla» se necesitaría un cambio. Realmente no parece que haya posibilidades de vuelta para la gente que se ha ido. O al menos no fáciles…

No las hay muy fáciles. No hay políticas que incentiven a la propia gente que ha nacido y crecido allí. Hay que trabajar, insisto, ese discurso sobre que quedarse no es fracasar. Hay que apostar por un territorio y porque la vida siga. Y por otro lado debe haber una apuesta por las políticas públicas. Yo pago los mismos impuestos que una persona de Zaragoza, pero la persona de Zaragoza tendrá muchas más posibilidades de sobrevivir a un ataque al corazón porque la ambulancia llegará mucho antes.

¿Qué políticas públicas harían falta en tu opinión? Parece que casi todo se centra en el turismo, que ahora ha quedado dinamitado por la crisis del coronavirus.

Efectivamente. Parece que el turismo rural es la única salida. Sobre él suelo decir: maldito turismo y bendito turismo [ríe]. Por una parte ha dado una alternativa laboral a las mujeres, pero por otra convierte a los pueblos en parques temáticos para la gente urbana o extranjera. Yo tengo ahí un dilema [ríe]. Lo que habría que hacer para incentivar son servicios, servicios, servicios…, incentivos para que la gente se quede y no hacer las políticas para el pueblo desde la ciudad. Un ejemplo claro de ello ha sido la situación durante el estado de alarma. ¿Qué sentido tenía cumplir las normas de la ciudad en pueblos donde no había enfermos? ¿Qué sentido tiene que yo lleve la mascarilla en mi pueblo cuando no pasa nadie por la calle? La mentalidad de las políticas públicas es totalmente urbanita.

Ya conectando más directamente con la revista Salvaje sí he observado que tenéis una enorme variedad de reportajes o crónicas. ¿Qué visión pretendéis dar de la España interior?

Queremos mostrar que hay una pluralidad de vidas, de historia y de iniciatativas que se cuecen en la España interior y la periferia. En próximos números queremos ligar más a que la vida ahí está muy ligada a la meteorología y a la naturaleza. Buscamos también voces en primera persona ligadas al mundo rural.

Aunque te ponga en un compromiso por tener que elegir, ¿si tuvieras que seleccionar uno o dos reportajes para enganchar al lector que no conoce Salvaje cuáles elegirías?

El primero de ellos un reportaje que sacamos en el número 3 y que hablaba sobre el problema de la falta de vivienda en el mundo rural. Tenemos pueblos llenos de casas vacías y sin gente. Irse al mundo rural no es fácil y el primer problema es una casa.  Es algo que se repite con cada persona que hablamos. Y sucede tanto en Teruel como en una comarca de Extremadura. El segundo ejemplo lo hemos publicado en este último número. La autora es una chica que quería homenajear la labor de su padre como esquilador, un trabajo manual que se ha ido perdiendo. La esquila de ovejas a tijeras es algo ya anacrónico, y se refleja también que la lana prácticamente se vende a precio cero. Es un trabajo que no tiene relevo generacional. No hay alternativa posible. Es una labor que morirá con su padre.

Algo que llama mucho la atención de Salvaje es que aunque cuenta con el apoyo de vuestras redes sociales y de una página web a modo de tienda… realmente se puede considerar como una revista puramente en papel, sin contenidos en la red, algo bastante llamativo. Hay modelos de revistas especializadas en diversos ámbitos pero prácticamente todas tienen un fuerte apoyo del trabajo en internet. No es vuestro caso. ¿Cómo se os ocurrió separaros hasta donde se puede hoy día de la parte digital?

Somos conscientes de que necesitamos la pantalla y las redes sociales para darnos a conocer, pero sí es cierto que queríamos que fuese papel, que fuese algo tangible para tener un espacio en el que desconectar realmente de tu entorno y poder tener una experiencia completa con la revista. Todo el mundo además sabe de la crisis del periodismo y queríamos volver a algo tradicional.

¿Qué balance hacéis con tras estos cinco primeros números? ¿Estáis contentos?

Para ser el primer año el balance es más que positivo. Estamos alucinados con este recibimiento y los constantes mensajes de apoyo de gente que agradece esta iniciativa, que se ha visto reflejada en muchos reportajes o que ve nuevas posibilidades a su modo de vida.

 

Puedes encontrar —o encargarla, si en ese momento no la tienen y no está ya ese número que buscas agotado, que esa es otra— la revista Salvaje en la generosa red de librerías con las que trabajamos. Desde Librerantes te animamos a que vayas a las librerías.

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