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Althusser y el otro lado de la teoría [Por Jorge Álvarez Yagüez]

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Hélène, la compañera, la mujer de Althusser yacía sin vida aquella fría mañana de noviembre de 1980 sobre su apenas intocada cama, sin rastros de violencia en su cuerpo, como desmayada y al fin serena. Él con atisbo de conciencia de que algo terrible había sucedido, corre aterrorizado a buscar al doctor que estaba a pocos pasos de su apartamento en la misma École. La había estrangulado en uno de esos cortes del tiempo en que la locura establece su causalidad fatal, indescifrable, para sustraerla al curso cotidiano del familiar y comprensible acontecer.

Después, ya sabemos, el comienzo de un largo internamiento psiquiátrico que se verá rodeado de un enorme ruido mediático, que, en unos casos, como era de esperar, venía a apuntalar el nada inocente prejuicio que asocia íntimamente filosofía y locura, una vieja manera de neutralizar las reflexiones radicales de aquella; en otros, más insidiosos, se pretendía desempolvar ya gastados motivos propagandísticos de la guerra fría, como el que encontraba el hilo conductor del crimen en la ideología comunista de su autor, pues tal criminógeno ideal, como el stalinismo ponía de relieve, tenía un extraño modo dialéctico de resolver las contradicciones en el seno del movimiento. La raíz más honda del mismo se remontaba a la teoría misma: el marxismo. Hoy quizá nos sorprenda, pero tales nexos se mostraron en los medios más variados de forma abierta o velada. Y las superposiciones nocionales (sin razón-comunismo, locura-marxismo-filosofía) quedaban flotando en la confusa atmósfera de las informaciones.

Tal “periodismo” era evidentemente un modo particular de ajuste de cuentas, y de poner un vengativo final a lo que ya de por sí carecía de aliento. La muerte trágica de Hélène tenía que convertirse en símbolo del fin de una época. La locura y criminalidad de su autor servirían de desvelamiento último para todos aquellos que alguna vez habían creído en una emancipación social guiada por una renovada teoría marxiana, una nueva práctica teórica que debía traducirse en una nueva praxis. Althusser, en particular desde la segunda mitad de los sesenta, en virtud de su Pour Marx y Lire Le Capital, se había convertido en el principal adalid de aquel nuevo élanteórico que situaba en la práctica filosófica el punto capital (“primado de la filosofía”), y, sin embargo, abandonado, de la revitalización esperada. Y aún cuando sus mejores receptores se alineaban en grupos radicales de izquierda, maos y otros, y a pesar de sus críticas a su propio partido, nunca quiso abandonar el Partido Comunista Francés (PCF). Todo ello lo había de pagar, en todas esas facetas radicaba su mal: como filósofo, marxista y comunista. Corrían tiempos que hacían fácil tan mezquina empresa.

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Ciertamente, todo lo que había representado Althusser había entrado en declive hacía ya algunos años. La segunda mitad de los setenta vieron desaparecer una tras otra la plétora de pequeñas organizaciones de izquierda radical que habían surgido como contestación a la línea representada por los partidos comunistas. El curso seguido en el Vietnam posterior a la liberación, su entrada en guerra con China, el conocimiento del terror de Pol Pot y los jemeres rojos en Camboya, la realidad de la revolución cultural china con sus dirigentes ahora caídos en desgracia y un neoliberalismo que empezaba a resarcirse en medio de la llamada “crisis fiscal del Estado” servían de marco a lo que pronto se teorizó como “crisis del marxismo” y “crisis del sujeto revolucionario”. Un nuevo movimiento intelectual irrumpía con estruendo en Francia que acogía entusiásticamente la traducción (1974) del Archipiélago Gulag de Soltzhenitsyn: los llamados nouveaux philosophes, maoístas en el 68 la mayoría, Bernard-Henri Lévy, André Glucksman, Benoist, Bruckner, Jambet, Lardrau, etcétera. Ellos ubicaban el origen del Gulag en el propio Marx, ya no en alguna de las múltiples desviaciones posteriores, que siempre dejaban al maître penseur inmaculado. “No hay socialismo sin campo”, decía el tan prolífico como superficial B. H. Levy. Su La barbarie à visage humaine, que recibiría el Prix d´Honneur de l´essai de 1977, calificaría sin complejos el marxismo como “pensamiento reaccionario” —y, en una obra posterior, Le testament de Dieu (1978), la Biblia como “libro de resistencia”.  El caso es que, con o sin pirotecnia intelectual, lo cierto es que, con el fin de la expectativas revolucionarias, toda una cultura de izquierda fuertemente impregnada por el marxismo se derrumbaba, acompañada por un cierto retorno a lo individual, el repliegue de la política en la ética, la recuperación de la subjetividad. Hacia fines de los setenta, sin solución de continuidad, se empezaría a hablar ya de postmodernidad, Jean-François Lyotard (1979), anunciaba el fin de todo metarrelato legitimatorio, de toda concepción omnicomprensiva que sobre la historia pretendiera dar fundamento, entre otros, al proyecto de emancipación social, como lo había sido la Ilustración o el marxismo.

La muerte de Hélène cobraba, pues, un especial significado en ese finiquitador contexto. De hecho, los en otro tiempo ávidos lectores althusserianos, que en la afrancesada cultura hispana eran legión, encajaron la sorprendente noticia como retorno, como referida a un sujeto ya del pasado. El encierro psiquiátrico de Althusser lo haría desaparecer en un ensimismamiento infernal que le era ya conocido; y si su muerte biológica no sucedería sino diez años después, en 1990, esta exclusión del mundo haría que se calificara aquella como “segunda muerte” (Boutang), pero, en realidad, Louis Althusser había desaparecido antes.

[Este texto es el comienzo del artículo Althusser y el otro lado de la teoría,  uno de los trabajos que componen los artículos que conforman la selección Antolojía. Cinco años contra el ruido (fronterad, 2014). Lo puedes encontrar en papel en cualquiera de las tiendas VIPs de Madrid y en nuestra tienda online siguiendo este enlace.

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Sobre el autor: Jorque Álvarez Yagüez es doctor en Filosofía, colabora con revistas como Isegoría ,R.I.F.P., Claves, Debats, Pasajes y otras, es autor de Michel Foucault, verdad, poder y subjetividad (1995), Individuo, libertad y comunidad (2000) y Política y República, Aristóteles y Maquiavelo (2011). Con Santiago Lago ha coeditado La convivencia plural: derechos y políticas de justicia (2009).

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