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Aldo Manuzio. Sobre los malos editores (y más)

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Nos llega estos días Festina lente (apresúrate despacio), adagio latino comentado por Erasmo de Rotterdam y que es, en parte importante, un elogio al trabajo de un editor mítico:Aldo Manuzio

Este texto, exento del cuerpo de los «Adagia» de Erasmo espera ser un homenaje al libro y al proceso editorial desde sus inicios humanistas en el Renacimiento (en el formato en que lo conocemos actualmente). Erasmo cuenta su propia experiencia trabajando codo a codo con Aldo en Venecia durante nueve meses: «Al mismo tiempo fuimos arrastrados por mi gran temeridad los dos, yo a escribir, Aldo a imprimir».

Me permito decir bien alto mis propias experiencias. Cuando en Italia, yo, un holandés, edité mi obra de Adagios, cuantos eruditos allí había me ofrecían de buen grado los libros de autores todavía no divulgados por la imprenta que sospechaban podría yo utilizar. Aldo me hizo totalmente partícipe del tesoro de su biblioteca. Lo mismo hicieron Juan Lascaris, Bautista Egnatius, Marco Masurus, fray Urbano. Recibí ayuda de algunos que no había conocido personalmente y aun no de nombre. A Venecia solo llevaba conmigo la confusa y desordenada materia de mi futura obra y esto de autores publicados hasta entonces. Al mismo tiempo fuimos arrastrados por mi gran temeridad los dos, yo a escribir, Aldo a imprimir. El trabajo completo estuvo realizado más o menos en nueve meses y en el transcurso de este tiempo empezaron mis dolores por los nefastos cálculos que hasta entonces no había advertido. Así, pues, imagínate qué gran parte hubiera perdido de mi trabajo si los eruditos no me hubiesen provisto de libros manuscritos.

Erasmo de Rotterdam

***

Van a continuación algunos fragmentos de la obra. Edita Libros de la resistencia

Festina Lente. Erasmo de Rotterdam

Trabajo hercúleo, ¡por Hércules! [el de Aldo Manuzio], y digno de un espíritu regio; las grandes creaciones sumidas casi en ruina total restituirlas al mundo, investigar lo que está desaparecido, descubrir lo que está escondido, dar vida a lo destruido, completar lo fragmentario, corregir lo dañado de mil formas, principalmente por culpa de aquellos ramplones impresores para quienes el pequeño lucro de un poco de oro es más importante que la buena literatura en su conjunto.

Añade a esto, aunque exageres su alabanza cuanto quieras, que quienes protegen o amplían su país con la fuerza están entregados a su obra en un ámbito mundano y constreñido a espacios reducidos. Pero quien las letras salva de la ruina, pues esto es más difícil que crearlas, edifica en primer lugar una obra sagrada e inmortal no tan solo para interés de un solo país sino de toda la humanidad y de todos los tiempos.

Finalmente, en otros tiempos, esto era tarea de los nobles, entre los cuales pertenece a Ptolomeo la gloria más eximia; aunque su biblioteca se encerraba entre paredes domésticas y reducidas. Aldo esta erigiendo una biblioteca cuyas fronteras son las fronteras de la tierra.

Sobre los malos editores

Retorno al tema en el punto donde lo dejé no sin antes exponer mi queja contra ciertos impresores que hacen un flaco servicio a la literatura. No es nueva esta queja

[…]

Venecia, ciudad celebérrima por muchos títulos, es más célebre por la oficina de Aldo; de tal forma que los libros que se llevan a naciones extranjeras son vendidos enseguida por ser su origen tal ciudad. Pero algunos sórdidos impresores abusan del nombre por sucio negocio; de ninguna otra ciudad nos llegan ediciones de los autores antiguos tan pervertidas; sin ser respetados, sino todo lo contrario, los autores principales como Aristóteles, M. Tulio y Quintiliano, por no quejarme de las Sagradas Escrituras. Las leyes procuran que nadie cosa zapatos ni construya muebles si no fuere reconocido en su oficio por el gremio.

Pero algunos ignorantes de las letras editan a muchos autores, cuyas obras merecen sagrado respeto, tan mal que ni se pueden leer; tan perezosos que ni siquiera releen lo impreso; tan sórdidos que más pronto permiten que seis mil errores llenen un buen libro que con unas monedillas de oro pagar un corrector.

[…]

Ahora ya una innumerable caterva de tipógrafos lo confunde todo, especialmente en Alemania. No se permite a cualquiera ser panadero, el oficio tipográfico a nadie le está prohibido.

Sobre el trabajo entre autor, editor, su biblioteca y otros eruditos

Me permito decir bien alto mis propias experiencias. Cuando en Italia, yo, un holandés, edité mi obra de Adagios, cuantos eruditos allí había me ofrecían de buen grado los libros de autores todavía no divulgados por la imprenta que sospechaban podría yo utilizar. Aldo me hizo totalmente partícipe del tesoro de su biblioteca.

Lo mismo hicieron Juan Lascaris, Bautista Egnatius, Marco Masurus, fray Urbano. Recibí ayuda de algunos que no había conocido personalmente y aun no de nombre. A Venecia solo llevaba conmigo la confusa y desordenada materia de mi futura obra y esto de autores publicados hasta entonces. Al mismo tiempo fuimos arrastrados por mi gran temeridad los dos, yo a escribir, Aldo a imprimir.

El trabajo completo estuvo realizado más o menos en nueve meses y en el transcurso de este tiempo empezaron mis dolores por los nefastos cálculos que hasta entonces no había advertido. Así, pues, imagínate qué gran parte hubiera perdido de mi trabajo si los eruditos no me hubiesen provisto de libros manuscritos.


Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— Festina lente (apresúrate despacio) en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

Festina lente (Apresúrate despacio) es un proverbio latino comentado por Erasmo de Rotterdam pero también es, sobre todo, un elogio a la figura de Aldo Manuzio como impresor, quien había co-
menzado a utilizar dicho proverbio, junto con
el grabado de la figura de un delfín en-
roscándose en un ancla, como
marca de la calidad y
de la autentici-
dad de sus
libros.
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