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Tolkien: el primer feminista

El autor es librero en Tusitala, una de nuestras —especialmente— recomendadas..

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En estos tiempos de cultura de la cancelación, donde se practica con demasiada frecuencia y escaso rigor el análisis del pasado bajo el prisma del furibundo presente, uno de los objetivos de esa especie de «caza de brujos» ha sido el buen viejo profesor Tolkien, autor de una de las obras más leídas de la literatura universal, El Señor de los Anillos. Mucho se habla y poco se lee, y para opinar con fundamento es imprescindible acudir a las fuentes. Veamos el siguiente pasaje, extraído del capítulo «El paso de la Compañía Gris», al comienzo del libro final de la trilogía, titulado El retorno del Rey:

—Vuestro deber está aquí entre los vuestros —respondió Aragorn.
—Demasiado he oído hablar de deber —exclamó ella—. Pero ¿no soy por ventura de la Casa de Eorl, una virgen guerrera y no una nodriza seca? Ya bastante he esperado con las rodillas flojas. Si ahora no me tiemblan, parece, ¿no puedo vivir mi vida como yo lo deseo?
—Pocos pueden hacerlo con honra.
[…] Y ella respondió: —Todas vuestras palabras significan una sola cosa: Eres una mujer, y tu misión está en el hogar. Sin embargo, cuando los hombres hayan muerto con honor en la batalla, se te permitirá quemar la casa e inmolarte con ella, puesto que ya no la necesitarán. Pero soy de la Casa de Eorl, no una mujer de servicio. Sé montar a caballo y esgrimir una espada, y no temo el sufrimiento ni la muerte.
—¿A qué teméis, señora? —le preguntó Aragorn.
—A una jaula. A vivir encerrada detrás de los barrotes, hasta que la costumbre y la vejez acepten el cautiverio, y la posibilidad y aun el deseo de llevar a cabo grandes hazañas se hayan perdido para siempre.

«Ella» es por supuesto la Dama Éowyn, sobrina del Rey de Rohan, que aspira a transgredir las normas de la sociedad machista en la que vive. Del propio texto se deduce que Tolkien sitúa su novela en un mundo premoderno de corte feudal, añado antes de que lluevan sobre él ridículas acusaciones de clasismo o belicismo. Desde luego que este mero pasaje no convierte a su autor en un pionero de la lucha feminista, más allá del provocador título del presente artículo, pero la contundencia del diálogo y la resolución de su protagonista no pueden pasarse por alto. El prototipo de mujer que desea una vida libre, aunque sea para emular gestas masculinas, puede parecer manido hoy en día, pero no lo era en 1954, fecha de la primera publicación de El Señor de los Anillos. Se me ocurre que la mismísima Virginia Woolf, contemporánea de Tolkien pero desaparecida antes de tener ocasión de leer su obra magna, probablemente hubiera celebrado el papel de Éowyn, siempre a la búsqueda de una habitación propia.

Abordaremos aquí también la otra habitual acusación contra Tolkien por parte de esa suerte de Inquisición retroactiva que no necesita de más sotanas y libelos que las redes sociales: por lo visto, que en la obra del escritor británico buena parte de los antagonistas sean de tez oscura lo convierte en un adalid del racismo. Teniendo en cuenta que su intención artística era, en palabras del propio Tolkien, «crear una mitología para Inglaterra», pretender protagonistas negros es una insensatez histórica, como lo sería pedirle al jamaicano Marlon James, admirador por cierto de Tolkien, que para su novela inspirada en mitos africanos Leopardo negro, lobo rojo hubiera usado héroes blancos. Por añadidura, una de las características principales de El Señor de los Anillos es la llamada a la unidad y la confraternización entre diferentes razas, en pos del bien común, que no es otro que su propia supervivencia y la del planeta que habitan. Por añadidura, se suele olvidar que, en una época durante la cual democracias consolidadas como Canadá o Estados Unidos seguían maltratando e incluso exterminando a sus poblaciones nativas, Tolkien tuvo la habilidad de introducir, precisamente en El retorno del Rey, a los woses, un pueblo ancestral que por su comportamiento y rasgos físicos recuerda a ciertas tribus americanas. Su papel en la novela es menor pero crucial en auxilio de los protagonistas, algunos de los cuales, significativamente, pertenecen a un reino que tiempo atrás tenía la terrible costumbre de perseguir y cazar a los woses como si fueran animales salvajes. Por añadidura, y ya vamos concluyendo, resulta que se acusa de racismo a quien contestó de esta manera, en 1938, a la editorial alemana que le pedía antecedentes arios como requisito para publicar El Hobbit, su primera novela:

Si debo entender que lo que ustedes quieren saber es si soy de origen judío, sólo puedo responder que desgraciadamente no parece que tenga antepasados de ese talentoso pueblo. Mi tatarabuelo vino de Alemania a Inglaterra en el siglo XVIII. […] Me he acostumbrado a considerar mi apellido alemán con orgullo. […] Sin embargo, no puedo abstenerme de comentar que si solicitudes irrelevantes e impertinentes de este tipo van a convertirse en la norma en cuestiones de literatura, entonces no está lejos el tiempo en el que un apellido alemán ya no sea fuente de orgullo.

Es pues imprescindible leer, informarse verazmente y contrastar antes de emitir opiniones. Lo contrario es de insensatos, como diría Gandalf. Para otra ocasión dejaremos el más conocido y celebrado carácter de ecologista avant la lettre del profesor Tolkien. Hay mucho que decir al respecto, ahora que, como el traicionero Saruman, el Enemigo «tiene una mente de metal y ruedas» y «ya no cuida las cosas que crecen».


 

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