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Yacía debajo de una palmera en el centro del sembrado de yuca

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Tras los herrumbrosos barrotes de una celda de la cárcel de South Beach, en Monrovia, puedo por fin tratar de reconstruir las circunstancias que rodearon la violenta tormenta que a punto estuvo de arrancar los tejados de muchas casas en la comarca de Dewoin, una luminosa mañana de domingo del año 1957.

La mañana se alzó sobre el hallazgo, en un sembrado de yuca, del cuerpo mutilado de Tene, la hija de una conocida familia de Dewoin, una familia que vive en Bendabli, a un tiro de piedra de Amina, el antiguo pueblo del jefe principal, a veinte millas de Monrovia, en la carretera de Bomi Hills.

Como el trueno en tiempo seco, el asesinato de Tene sorprendió a toda la región. La noticia se extendió por el campo como un incendio descontrolado. Pocas horas después del hallazgo, cientos de personas horrorizadas habían llegado al lugar para ver el cadáver. Las madres se ocuparon de llevar a sus hijas adolescentes, advirtiéndolas en estos términos:
—Ya veis, ¿eh?, cuando los mayores os decimos que escuchéis a vuestros padres, decís que estamos en una nueva era.
—Quien haya matado a esta niña es un loco… Un demonio sediento de sangre, o quizá buscaba sus órganos vitales para hacer sacrificios medicinales, observaban afligidos los curiosos, cientos de los cuales pasaron junto al cuerpo de Tene, que yacía debajo de una palmera en el centro del sembrado de yuca.

Asesinato entre las yucasLos doce hombres del jurado nombrado por el jefe del clan local, para que examinase el cuerpo, dictaminaron que Tene había sido asesinada con un instrumento afilado, una cuchilla o un machete. Le habían rajado la garganta, y ambas muñecas hasta el hueso, y tenía un corte encima de los ojos. A juzgar por el aspecto del lugar, Tene y su asesino habían debido de luchar un buen rato antes de que a la postre aquel la dominara.

Después de mucho parlamentar, todos los ancianos estuvieron de acuerdo en que, dado el avanzado estado de descomposición del cuerpo, este debería ser enterrado inmediatamente.
—Según la tradición –observó uno de los ancianos–, no se puede enterrar a Tene en el pueblo.

El jefe ordenó que se cavase una tumba a toda prisa, y Tene fue arrojada dentro.

Me llamo Gortokai. Kai, la última parte de mi nombre, significa hombre en lengua vai. Gorto alude a las vasijas marrones en las que hace mucho tiempo se vendía la ginebra holandesa. Es probable que, el día en que nací,
los ancianos de la aldea estuvieran bebiendo una caja de esa exquisita bebida, con lo cual se ahorraron la molestia de inventarme un nombre.

Crecí como hijo del tío Joma y su mujer, Sombo Karn, y con Tene y Kema, su hermana mayor. Un día, me dejaron a solas con Tene. Estábamos jugando a mamás y papás, cuando de pronto Tene se me acercó, y me pidió que le estrechase con fuerza la cintura. Temblé y retrocedí.
—Gortokai, ¿no ves que no somos hermanos? Me lo ha contado Mamá.

Entonces no entendí por qué me habían ocultado esa información. Mucho después, supe que mi padre había sido esclavo. Fue uno de los hombres reclutados como peones en las plantaciones de cacao españolas de la isla de Fernando Poo, y volvió a casa desencantado, pero aún imbuido de espíritu aventurero, a consecuencia de lo cual se asoció a un vendedor ambulante de cola. Por lo visto, en cierta época, a este caballero le salió mal un negocio, y, como parte de su trato con un campesino próspero de uno de los  asentamientos del río St. Paul, le pareció conveniente dar en trueque a mi padre. Yendo de aldea en aldea, años más tarde, acabó en la comarca de Dewoin, donde conoció a mi madre y se casó con ella. Si algo he heredado de mi padre, es el impulso de vagabundear.

Asesinato entre las yucas

El de la tercera cosecha, tras el estallido de la Guerra de Hitler, fue un año decisivo para mí. Me ocurrió algo que todo muchacho de la comarca de Dewoin anhela. Fui iniciado en el zowo, el más alto grado Poro que ofrece la tribu de Dewoin.

Mis padres adoptivos gastaron mucho dinero para la ocasión. Por una parte, estaban las tasas de iniciación; luego, mudas completas nuevas que me permitiesen cambiarme dos veces al día durante los cuatro días de festejos que seguían a la iniciación; y, por último, una serie de recepciones. Toda la caña que recogimos aquel año fue destinada al destilado de aguardiente para la iniciación.

Trece cosechas después, llegué a la conclusión de que era lo bastante hombre para tener mi propio hogar. Esto implicaba construir mi propia casa y tomar mujer. En mi búsqueda, empecé a decidirme por Tene, la hija del tío Joma y su mujer, Sombo Karn.

Tene acababa de cumplir trece años, y era hermosísima. Su piel color café y sus ojos eran cautivadores. Los hombres se enamoraban de ella con solo verla. Las chicas de su círculo la envidiaban por ello. Puesto que Tene tenía muchos admiradores, algunos de mis amigos íntimos me advirtieron de que, si quería que fuera mi esposa, tendría que recurrir a medicinas de amor fuertes para ganarme su corazón.

Cuando se me presentó la oportunidad, no dudé en dejar claro a Tene que la deseaba intensamente. Pero no tenía parientes cercanos en quienes confiar, y me di cuenta de que en eso estribaba la dificultad. Alguien tenía que interceder en todos los detalles que implica tomar mujer. La única de la que podía fiarme era Kema, la hermana de la propia Tene, que, en realidad, había adivinado mis intenciones respecto de su hermana, y durante largo tiempo las había alentado.

Confiaba en Kema tan incondicionalmente, que me creía todo lo que me decía sobre su hermana. Me recordaba mi importancia en la familia. Kema creía que, dado mi valor económico, sus padres no tendrían motivos para no concederme a su hija. En Bendabli todo el mundo sabía que yo era el principal sostén de la familia Joma. Mis padres adoptivos dependían de mí a la hora de la cosecha de arroz anual, la recolección de nueces de palma para hacer aceite, la confección de trampas y nasas para cangrejos para proveer a la casa de carne, y otras necesidades cotidianas del quarter.


Este es el primer capítulo de Asesinato entre las yucas que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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