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A pesar de este tiempo tan extraño y lleno de brumas. Una conversación con José Luis Morante

Ahora que es tarde. 30 años de poesía

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La editorial La Garúa acaba de publicar Ahora que es tarde, antología poética de José Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956), 30 años resumidos en una obra que atiende a las principales obras de este autor ganador del premio Luis Cernuda y el San Juan de la Cruz. Morante ha combinado la creación literaria con la crítica y su trabajo durante muchos años en la enseñanza, labores estas como veremos que considera manan de la misma fuente. Su absoluta apuesta por la claridad y la coherencia destacan en un conjunto que además adelanta poemas de su su siguiente libro. Por lo que si atendemos al título de la recopilación…es tarde pero no tanto.

Ahora que es tarde, su antología de décadas de trayectoria, va a publicarse…y se topa con una situación inédita de pandemia y el consiguiente y famoso confinamiento. ¿Cómo ha afectado esto al libro? ¿Esta casualidad le dota de algún carácter especial?

Es un libro muy especial en mi trayecto porque supone un balance de 30 años de poesía y estaba concebido para la Feria del Libro. Cuando en marzo se produjo ese confinamiento general y todos nosotros habitamos la perplejidad, hablé con el editor, Joan de la Vega, de La Garúa, para ver qué fechas se escogían. Porque de pronto era como toda una arquitectura de poesía que se viene abajo.  Pero tanto el editor como la distribuidora Librerantes fueron valientes y se editó el libro al que el virus toca sólo tangencialmente por este motivo.

Son 30 años de poesía, supongo que no será fácil escoger qué poemas se agrupan en la antología y cuáles quedan fuera. ¿Qué criterio siguió?

Buscamos sobre todo no cultivar la impostura y sobre todo reflejar una imagen real de lo que ha sido el trayecto. Hay a veces que en la poesía se pone bótox o se hacen operaciones estéticas y se intentan reactualizar poemas que se escribieron hace 30 años. Yo he querido ser fiel a mi pasado para saber de dónde vengo y a dónde caminan los pasos de la hora. Así que no hay casi ningún poema retocado salvo algún pequeño aspecto formal o algún desliz ortográfico. Al seleccionarlos no he tenido sólo en cuenta el ombligo personal y mi criterio sino también la voz y la trayectoria crítica de algunas lecturas. Soy profesor, y en las numerosas lecturas en el aula he visto que había poemas que llegaban con mucha más fuerza al lector. Y esos poemas siempre me han parecido como esas señales de identidad, como ese núcleo urbano que hay que recorrer de inmediato. Lo que he procurado también es incluir poemas inéditos del libro en preparación para que hubiera como una especie de trayecto que no termina aquí. La poesía sigue a pesar de este tiempo tan extraño y lleno de brumas.

En esta labor de selección, y a veces de mínima corrección, se topa con poemas que elaboró hace mucho. ¿Cómo ha sido esa relación con su yo más joven al volver a leer y trabajar con esos textos? ¿Reconoce a aquel que usted fue?

Soy castellano, nací en Ávila y la coherencia y la lealtad me parecen valores esenciales. Algunas de las cosas que más me sorprende de nuestro tiempo son la ligereza y las mutaciones que hay en las certezas, como si estuviéramos caminando en un tiempo de incertidumbre, certezas líquidas u ocurrencias de un minuto. Los poemas que escribí cuando empecé en los años 90 o incluso antes, en los 80 me siguen hablando como lo hacen ahora mis canas o mi miopía. Forman parte de mi identidad y me reconozco en ellos perfectamente. Es verdad que el oficio se aprende con el tiempo y llegas a dominar unas estrategias expresivas que seguramente te hacen pensar que escribes ahora poemas de otra manera. Pero creo que un mundo poético personal se construye con una serie de temas y balances que permanecen en el tiempo. No ha sido por tanto un problema mirar al joven con barba y el pelo negro… sigo estando allí [ríe].

Hay algo que destaca dentro de su estilo. Con algunas variedades métricas, y lógicamente tratando temas distintos o los mismos temas de forma diferente por el paso del tiempo, sí se percibe una apuesta decidida por la claridad y sencillez. De hecho parece algo buscado con ahínco junto al mantenimiento del decoro, es decir, de no usar palabras malsonantes o vulgares. No sé si surge de su modo natural de escribir o ha sido realmente un propósito perseguido, como al menos da la sensación.

Varias causas venales me han llevado a la claridad. Por un lado la tradición de la línea clara de Machado o Jorge Manrique, si nos remontamos en la historia, hasta los poetas del medio siglo como Ángel González o Jaime Gil de Biedma. Es evidente la fidelidad a esa tradición literaria que no busca el hermetismo y el alejamiento del lector, sino que afronta un diálogo con él. Yo no hablo en lenguaje cifrado, sino con un interlocutor que está cerquita. Y hablamos en la mesa camilla de la confidencia.

Por cierto como…

Por otro lado…

No, no, dígame. Es que soy muy tendente a interrumpir.

Eso es una buena virtud: evita el monólogo dramático del poeta [ríe]. Decía que por otro lado otra de las frases que recordarás de tus tiempos de estudiante era que los alumnos no leían poesía porque era una especie de lenguaje solemne y críptico que estaba ahí pero cuyo sentido era imposible trascender. Tanto en mis ediciones críticas como en mi poesía siempre he intentado desmontar esa argumentación. Siempre he buscado que la lectura de poesía sea un hecho natural, no una cosa que llega de repente para unos cuantos iniciados. El lector debe de ser universal, por lo que la poesía no necesita de oropeles, sino de cotidianidad e intimismo.

¿Como lector disfruta de poetas herméticos?

Yo sé, como decía Cernuda, que la casa de la poesía tiene muchas habitaciones y todas ellas son habitables y hermosas. Dentro de la poesía hermética me encanta Góngora, me encanta la generación del 27 y el surrealismo, me encanta naturalmente Valente y todos los poetas de la poesía del silencio. Soy un lector continuo de otras formas de entender la poesía distintas a la mía. Sería un peligro beber siempre del mismo vaso o comer el mismo plato. Prefiero un gusto diverso.

Anteriormente hacía referencia a que los jóvenes no leían poesía al presentárseles como algo críptico. E igualmente indicaba que trataba de combatirlo. Como profesor, ¿qué tipo de poesía funciona con los alumnos?

Uno de los errores graves que hemos cometido a veces los profesores ha sido no leer en el aula. Al dar clases, puesto que he sido profesor en los últimos 30 años, algunos alumnos se acercaban a mí, y me decían «profe, eres un tío muy raro». Y yo contestaba «¿por qué». Y ellos: «jo, siempre estás con un libro en las mano». Para ellos, que estaban siempre con móviles, el estar siempre con libros les parecía una cosa extrañísima.  Para mi generación sin embargo el libro ha sido un compañero de viaje esencial. Los alumnos a los que yo he dado clase, de bachillerato, son alumnos que son muy emotivos y tienen una gran fuerza sentimental. Es esa gran adolescencia hormonal, que se dice, pero también es la adolescencia del compromiso y la fuerza vital. A ellos les llegan muy bien poemas de Blas de Otero, de Cernuda, o de Neruda, porque se identifican con ellos. La identificación de sentimientos y emociones propios con las palabras de los poetas es la clave absoluta de adentrar la poesía en clase.

A propósito de esa referencia que hace a los móviles, en 30 años de labor literaria también ha tenido tiempo de pasar de la etapa del papel, a la de la irrumpción de internet y la posterior de omnipresencia de las redes sociales. ¿Cómo ha visto estos cambios tan abruptos?

Parecía que iba a ser inevitable una lucha entre ambos formatos, digital y papel. Pero hay una convivencia. No soy nada pesimista. Cada tiempo tiene su lenguaje ya es necesario estar abierto a todo aquello que va cambiando la fisionomía de una época. Internet ofrece una biblioteca incontinente. Y los blogs o las revistas digitales han dado alas nuevas a la difusión literaria. Además la bitácora de un escritor es el mejor retrato de la actualidad literaria que tenemos.

Le ha dedicado a lo largo de su carrera una especial atención al aforismo, que ahora parece contar sorprendentemente con una edad de oro gracias a Twitter. De ser un género menor ha pasado a ser un género omnipresente. ¿Qué le parece este impulso en principio inesperado y fruto de la tecnología?

El aforismo nació en la antigüedad, está en presente en todas las épocas, en Mesopotamia, en Grecia, en Roma, en la edad media… en España su cultivo tuvo una época de oro a principios del siglo XX con José Bergamín, Miguel de Unamuno, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez. Es verdad que las redes han impulsado la palabra concisa, pero ni han inventado el haiku ni han inventado el aforismo.

Parece que hay, por decirlo así, una «burbuja» del haiku o del aforismo, pero también de la poesía considerada como «es poesía porque yo lo digo y aquí le doy al intro, por lo que el renglón que queda debajo es un verso».

Faltan filtros y el sosiego del estudio. La red supone también un cultivo masivo de la majadería. Y hay que decirlo y nadar a contracorriente. La gente sienta cátedra de una forma tan estrepitosa que creen que una estupidez es un aforismo. Encefalograma plano. Es verdad que si lo dices te pueden romper las gafas, pero queda el consuelo de las lentillas [ríe].

Compagina su labor literaria con la crítica. ¿Cómo lo ha combinado? ¿Hay algo —exagerando humorísticamente— de no hacerle a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran?

Una pregunta muy hermosa que siempre ha viajado conmigo fue la que me hizo una estudiante preciosa de la facultad de periodismo —digo esto porque llamaba mucho la atención al ser extraordinariamente guapa—, que me preguntó cómo llevaba las clases y la literatura al mismo tiempo. Y le conteste: nunca he pensado que fueran cosas distintas. Con la crítica y la creación literaria personal tampoco he pensado que fueran cosas distintas. La crítica es saber los elementos que componen el muro y la creación es la pared completa cuando se termina de pintar y se quita el último andamio. Son labores tan unidas y llenas de complicidad afectiva que realmente me ha resultado muy fácil. A veces tiene un peligro, y es que el trabajo crítico pueda comerse al literario personal. Este año se dio el premio Cervantes a Joan Margarit y mi edición crítica ha tenido mucha repercusión, pero no creo que esa labor tenga que anular la de Ahora que es tarde.

Ahora es tarde, cuenta con inéditos del próximo libro, nos decía. ¿Qué puede adelantarnos?

Creo que la edad nos hace caminar un poco sobre el escepticismo y la incertidumbre. Una de las cosas que se percibe en los poemas de la última época es que ahora mismo no estoy tan seguro de nada como estaba a los 30 ó los 40 años. Entonces tenía casi todo por hacer, y ahora a los 64 que voy a tener prontito tengo la sospecha de que…sigue todo por hacer [ríe]. Ese esfuerzo de tantos años es como el de esos padres que ponen toda su sabiduría en que los hijos tengan un buen trabajo y al final terminan en el paro [ríe]. Pues con esa sensación se escriben algunos de los poemas de Nadar en seco. Hay que aprender a nadar también cuando no hay agua, y eso es una labor de toda una vida.

 

Biografía de José Luis Morante

Ahora que es tarde
Cubierta de Ahora que es tarde (La Garúa, 2020)

Tras una larga experiencia docente, como profesor de C. Sociales, se dedica actualmente al quehacer literario. Desde 1989 vive en Rivas-Vaciamadrid (Madrid)  donde creó  la revista  Luna Llena y coordinó durante diez años Prima Littera. Su labor poética comprende nueve libros, desde  Rotonda con estatuas (Madrid, 1990) hasta Ninguna parte (Sevilla, 2013), con reconocimientos como  el Premio Luis Cernuda, el Internacional de Poesía San Juan de la Cruz, o el Premio Hermanos Argensola. Una amplia selección de su obra poética se recoge en las antologías Mapa de ruta (2010) y Pulsaciones (2017). Entre sus obras en prosa están el diario Reencuentros, el libro de entrevistas Palabras adentro y Protagonistas y secundarios, selección de artículos y reseñas. Ha preparado las ediciones Arquitecturas de la memoria, sobre Joan Margarit, Ropa de calle, sobre Luis García Montero, e Hilo de oro, sobre Eloy Sánchez Rosillo; también prologó libros de Luis Felipe Comendador, Herme  G. Donis, Javier Sánchez Menéndez  y Karmelo C. Iribarren. Ha publicado los libros de aforismos Mejores días (2009) y Motivos personales (2015), y la edición de Aforismos e ideas líricas de Juan Ramón Jiménez (Sevilla, 2018). En 2016 puso voz a la primera generación poética española del siglo XXI en la antología Re-generación. Colabora como crítico en la revista Turia y en el suplemento digital de Infolibre. Es responsable del blog literario Puentes de Papel.

En esta antología, Ahora que es tarde, reúne José Luis Morante treinta años de dedicación a la poesía: son ocho los libros publicados por él en este tiempo, con importantes premios como el «Luis Cernuda», el «San Juan de la Cruz» o el «Hermanos Argensola». El autor ha construido una obra sólida, un discurso coherente que se rige por tres pilares muy definidos a lo largo de toda su trayectoria:  la presencia de la otredad, los enlaces con la tradición literaria y la importancia de la metáfora del viaje.

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