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Barbillismo español, la plaga de las columnas

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Siéntese en un lugar incómodo, jamás una silla. Un poyete por ejemplo. No puede haber respaldo de ninguna forma. Encórvese hacia adelante. Un poco más. Un poquito más. Así. Para evitar el dolor de espalda apoye ahora el codo en la pierna. Y la mandíbula inferior en la mano, en concreto en el lateral del índice. A un lado de la cara, por tanto, sube el pulgar. También vale el puño, la versión tosca. Quédese así para siempre.

En ocasiones es incluso innecesario el apoyo. Las piernas quedan excesivamente abiertas o la postura está forzada. O incluso se está de pie. Sencillamente la mano sube hacia el mentón y se coloca en la misma posición, pero sin que sea realmente necesaria para evitar una torsión excesiva de la columna vertebral. La mano busca barbilla y la encuentra.

Esta es la posición barbillista. Y es ella la que une esas dos columnas, la vertebral y la escrita.

Barbillismo
Barbillismo tosco y barbillismo de pie, dos modalidades clásicas (foto: El Español)

Se suele decir que el gran problema del columnismo español es su excesiva politización. Un enorme porcentaje de los artículos se dedican a los dimes y diretes constantes entre los partidos, esto es, a la irrealidad fabricada por la propaganda simplista y el maniqueísmo que divide entre buenos y malos. Pero la pantomima de guerrilla entre unos y otros da juego y parece ser que paga, o ayuda a pagar, el alquiler. Se suele decir que hay otro gran problema en el columnismo español: que cualquiera puede tener su espacio y soltar lo que le venga en gana, es especial en los diarios locales, donde resulta incluso habitual que el propio columnista, con tal de poder expresarse, pide ese rinconcito gratis, que no cobra, ya se considera pagado con la posibilidad de que sus familiares y vecinos le lean. Se suele decir que hay un tercer problema en el columnismo español. Que te sabes ya lo que va a decir el columnista, por previsible y adherido a clichés de todo tipo en cualesquiera de los pocos asuntos que suele tratar.

Pero ¿que son estos problemas ante la verdadera plaga que asuela a este género periodístico antaño llamado articulismo? El virus del barbillismo se ha extendido con fuerza inusitada y prácticamente todos los columnistas militan ya en él.

Hace una décadas, el columnista era una firma. Nadie conocía su cara. Poco después empezaron a colocarse pequeñas fotitos al lado del nombre. Apenas se veía el rostro, se intuía. Y la foto era mala casi a propósito. ¿Este eres tú?, se le decía al columnista. Más tarde esas fotos se agrandaron y se agrandaron. Hasta eclipsaron al propio periodista, que era un trozo de texto al lado de su propia fotaza de estudio con poses de modelo.Y por último llegó el barbillismo, la desembocadura natural de esta tendencia a mostrar al columnista español.

El barbillismo participa de la foto de estudio. Pero va más allá. Expone al columnista en una foto de considerable tamaño, y con pose pensativa, interesante, reposada. Ya no interesan las miradas seductoras, más propias de un modelo o de un mal actor. El columnista parece decir: «lo sé todo siete», como en aquella parodia que realizaban Martes y Trece sobre Sánchez Dragó. La profundidad de su mirada, con la cabeza apoyada en la mano, conecta las vértebras sacras con las coccígeas y a toda esa columna con la columna del texto, como una sucesión que realizase el trayecto posaderas-cabeza-documento de Word o bien al contrario, pues el camino puede ser de ida y vuelta.

montano
Barbillismo clásico perfectamente ejecutado. (Foto: El Español)

Pero, ¿ahora que cualquiera puede ser su propio empresario y su propio columnista se respeta a este clásico de los diarios? ¿Justo ahora que su número se ha multiplicado por diez millones se tiene por intelectual? ¿Es eso el barbillismo? ¿Un reconocimiento a la labor de tantos atribulados opinadores? ¿Un modo de manifestar gratitud hacia la mezcla de saberes que representan? ¿Por fin se considera a la sección de opinión del diario como algo más que el envoltorio de las cartas al director?

Pues claro que no, hombre.

El barbillismo es la postura a la que obligan a permanecer al columnista para que no le dé tiempo a levantarse para escapar de las hordas que le hostigarán con cada uno de sus textos en las redes sociales. Con las rodillas tumefactas, las zona lumbar cansadísima, la mano imposibilitada ya para la defensa, el columnista español, convertido en punching-ball, ha de aguantar uno tras otro los insultos, vituperios, barbaridades y lanzamiento de cacahuetes verbales de todos aquellos que consideren ese día que hay que desahogarse con él o ella. El barbillismo es la etiqueta a fuego que señala al columnista como persona susceptible de perseguir por la simbólica calle con el simbólico periódico enrollado para darle simbólicos gorrazos.

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Barbillismo acrobático y asistido, el no va más. (Dibujo de Proceder Matutino).

Pero el barbillismo ofrece una doble perspectiva. Desde el punto de vista del columnista se percibe justo al contrario. Hay un sector de exquisitos lectores que valoran sus opiniones, y así quedan fijadas por ejemplo en los retuiteos; y una masa informe y poco ilustrada de detractores maleducados y poseídos por la furia, ante los cuales sólo queda el desdén, la burla o el ninguneo.

Y así, creando un universo complementario, el barbillismo consigue conjugar estos dos puntos de vista, engañando a ambas partes y poniendo la reacción al texto por encima del contenido de dicho texto.

Por eso es necesario un movimiento reaccionario, un poco eremita y naturalista, que pida con fuerza la vuelta a la fima sin foto. O como mucho a la foto chiquitita y mal hecha casi a propóstito, para que se le pueda volver a preguntar al columnista «¿este eres tú?» y a leer sin la rémora del linchamiento cotidiano por un lado, ni la dolorosa sensación de que la L3, L4 y L5 del atribulado articulista puede lesionarse de forma crónica de un momento a otro.


El dibujo que acompaña al texto es Proceder Matutino, a quien agradecemos su colaboración para ilustrar el texto. Si quieren seguir sus publicaciones no lo intente, será él, o ella, quien les encuentre a ustedes.

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