Inicio»Puentes»Comenzar a leer»La policía a menudo se equivoca, o mienten o van de listos

La policía a menudo se equivoca, o mienten o van de listos

0
Compartidos
Pinterest Google+

Siempre he odiado las mentiras. Incluso las piadosas.

Ahora, tras el paso del tiempo, vuelvo a pensar en que aquellos años fueron posiblemente los mejores de mi vida, cuando conocí a Julia de aquella manera casual en la que ninguno de los dos podíamos imaginar que llegaríamos a ser importantes el uno para el otro; cuando comenzamos a descifrar nuestros misterios a la vez que fuimos descubriendo que, de algún modo, empezábamos a amarnos, a pesar de que nunca creí que pudiéramos acabar de una manera drástica y enigmática tras la que averiguaría muchas más cosas sobre ella de las que, posiblemente, hubiera deseado saber.

Lo primero que me llamó la atención de Julia, cuando la conocí, fue que tenía muchas cosas en común con aquella ciudad en la que nos encontramos. A pesar de su juventud, su mirada era igual de ajada y sinuosa que aquellas callejas de la Ciudad Vieja. Incluso el color ocre de sus ojos tenían ese punto de penumbra del caer de la noche en la ciudad, con el iris lamido por una enigmática media luz tan parecida a la de las farolas antiguas que colgaban de las casas de piedra besando con su luz de limón las encorvadas calles. Su voz pausada y sus palabras tan certeramente escogidas en cada frase, entraban en perfecta sincronía con el trazado de la calzada de piedra o con la estructura poderosa de los muros de la ciudad, cuando en nuestro paseo se empezaba a notar la brisa salada del mar en nuestros rostros. Ella parecía contener todo aquello que atravesábamos; como si cada una de las cosas que nos rodeaba fuera una parte propia de sí misma. Incluso su olor suavemente almizclado y sus cabellos alborotados en el primer aire de la noche tenían también —en mi imaginación— una relación inaudita con ese mar que nos encerraba. Su rostro, además, tan bello y recóndito, guardaba el mismo enigma que la propia Ciudad Vieja encerraba y que, de alguna forma, presentía o sabía que nunca llegaría a desvelar. Al menos por entero. De la misma manera que supe entonces, nada más conocerla, que la amaría hasta el dolor, porque ella era como el impacto de un Blues. Como una melodía simple que trae con fuerza honda la pesadumbre y la esperanza, el impacto de la realidad con la fuga de los sueños. El sabor mágico de la amargura que deja dulzor en la punta de la lengua y que te recorre las venas como si hubieses tragado fuego.

9788494500008-VANG-399x600

Elena, la hermana de Julia, fue quien llamó a la Policía desde mi casa.

Por teléfono no quisieron decir nada, ni tomar la menor nota de lo ocurrido. Se limitaron a informar de que tendríamos que acudir a la comisaría para formalizar la denuncia. Así que nos fuimos los dos juntos nada más colgar el teléfono, cabizbajos y en silencio en un vagón de metro que, aun estando repleto de gente apretujada, remarcaba nuestra soledad. Sin mediar palabra y sin apenas mirarnos. Su soledad y la mía cruzando una incertidumbre de la que aún no éramos capaces de vislumbrar hasta donde podría llegar a extenderse.

La Policía, a menudo, se equivoca. Se equivoca o miente. O van de listos.

No dieron ninguna importancia a la desaparición de Julia hasta pasados varios días de la denuncia. Se delimitaron entonces a rellenar de manera mecánica un formulario sobre la desaparición, donde fueron apuntando mis datos de contacto e información sobre Julia. Percibí pocas ganas en su trabajo, que finalizaron anotando como asunto «Posible abandono del hogar conyugal».

Si algo me extrañó, en ese momento, es que tuvieran esa absoluta seguridad de que se tratara de una huida hacia una nueva vida. Que se hubiera largado sin más, buscando el anonimato en su marcha, sin querer decirlo explícitamente ni a mí ni a nadie, únicamente llevando a cabo la acción de escapar, quizá con algún tipo, con esperanzas renovadas por la emoción y por la ilusión de tener una vida diferente a la que juntos habíamos llegado a crear.

Un abandono. A primera vista parece simplemente un abandono.

Esa seguridad arrogante contenida en las palabras pronunciadas por aquel agente de policía me hirió de inmediato. Me hizo ver que ni él ni nadie podrían ver jamás la historia de Julia y mía como lo que realmente había sido: algo excepcional y distinto; muy diferente a esas otras putas historias con las que nos querían identificar en la redacción de la denuncia y con las que nos igualaban de manera fácil y trivial, como si nosotros no fuéramos diferentes a otros que protagonizaron historias de desamor, de intrigante desidia y malquerencia, y que habían finalizado drásticamente con una huida hacia adelante para tratar de borrar las huellas que atrás dejaban, hasta perder en el mapa de sus recuerdos el camino de vuelta a casa.


Este fragmento pertenece al primer capítulo de VANG!, de José G. Cordonié, editado por Lupercalia. Puede adquirirlo en nuestra red de librerías.

 

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.